Guapísimo, divertido, inteligente, con buena conversación, gustos similares a los míos, cariñoso, sensible… el día que le conocí pensé que había ganado la lotería. Y lo cierto es que no andaba muy desencaminada, porque años después descubrí que con Fernando me había tocado el Gordo, la Bonoloto y la Quiniela juntas, solo que no en el mejor de los sentidos.
Los mejores testimonios en whatsapp
Nos vimos por primera vez en la boda de unos amigos en común. Cuando vi a aquel monumento vestido de traje, rezumando sex appeal y envuelto en aquel halo de sofisticación, por poco me atraganto con el champán. Fernando era de esa clase de hombres que llaman la atención, poseedores de un qué sé yo, de una clase natural que consigue que todo el mundo se gire para mirarlos allí donde van. Intentaba quitarle mis ojos de encima para evitar que el pobre se sintiera acosado por mi parte, pero en una de esas miraditas, él me mantuvo la mirada y sonrió. Y yo, siempre elegante y refinada, por poco me caigo de culo en medio del restaurante.
No tuve que devanarme demasiado los sesos preguntándome cómo podía entrarle, ya que el alcohol y el ambiente jaranero de la boda hicieron el resto.
Poco después, Fernando y yo estábamos bailando en mitad de la pista como si nos conociéramos de toda la vida, muertos de risa y sin necesidad de darnos mayores explicaciones. Pusimos el broche de oro a aquella celebración etílica con unos cuantos besos clandestinos y un intercambio de teléfonos, con la esperanza de volver a vernos otro día. Nunca hubiera imaginado que aquella frase que tantas veces había oído a lo largo de mi vida fuera a hacerse realidad, pero lo cierto es que así fue: de una boda siempre sale otra boda.
Después de aquel día, volvimos a quedar unas cuantas veces más hasta que lo nuestro se fue poniendo cada vez más serio y, cuando quisimos darnos cuenta, ya había pasado un año y medio y estábamos viviendo juntos, con planes de convertirnos en marido y mujer de por medio.
Estar con él era como vivir dentro de una película romántica y cada día que pasaba a su lado daba gracias por la suerte que había tenido de conocerle. Sus amigos estaban encantados de que por fin hubiera encontrado a una chica que le hiciera tan feliz y, sobre todo, que fuera capaz de hacerle sentar la cabeza. Y es que Fernando nunca había tenido novia conocida hasta entonces, solo algún que otro rollete sin importancia que no había ido a ninguna parte y que ni siquiera les había llegado a presentar.
Cuando descubrí el pastel mucho tiempo después, las piezas empezaron a encajar, pero por aquel entonces saber que yo era la única chica tan importante como para dar el paso que él había dado me hacía sentir especial.
Tiempo después, ya casados, no sentía que nuestra vida hubiera cambiado en absoluto. Mi marido seguía siendo el mismo hombre maravilloso de siempre: respetuoso, amable, bondadoso y muy, pero que muy sexy. Porque definitivamente nuestra vida sexual era increíble antes de casarnos y continuó siéndolo después. Todo el mundo, sobre todo mis amigas casadas veteranas, me decía que podía sentirme afortunada, y es que aseguraban que, con el paso del tiempo, el matrimonio convertía el sexo en algo monótono y mecánico. En nuestro caso, he de decir que nunca fue así.
Los años fueron pasando y, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos celebrando nuestro quinto aniversario de bodas.
Llegados a este punto, me gustaría decir que hubo cosas extrañas, que su comportamiento se volvió raro, que ya no me buscaba como antes, que vi fotos o mensajes de otra persona en su teléfono o que decidí ignorar las señales de alerta. Pero es que no hubo ninguna bandera roja que me hiciera sospechar que mi marido me estaba siendo infiel. Supongo que por eso el palo fue más épico.
Aquella tarde llegué de trabajar y Fernando me estaba esperando sentado a la mesa de la cocina, muy serio. De inmediato supe que algo había pasado y, en efecto, no me equivocaba, solo que en ningún escenario hipotético de mi cabeza imaginé lo que estaba a punto de escuchar de labios de mi marido.
Me soltó a bocajarro que llevaba un tiempo viéndose con otra persona, que no había sido un simple rollo pasajero, sino que se había enamorado y que esa persona, además, era otro hombre. Me confesó que siempre había tenido dudas acerca de su sexualidad, que había decidido interpretar un papel de heterosexual porque no quería enfrentarse a una salida del armario y que conmigo se sentía muy a gusto.
Sin embargo, hacía meses que había conocido a este hombre y se había terminado de dar cuenta de que era gay y de que, por mucho que me quisiera, no estaba enamorado de mí.
Pensé que era una broma. Nosotros éramos felices, nunca había dado muestras de que no sintiera nada por mí, no podía ser. Sin embargo, cuando se puso a llorar en medio de la cocina y a pedirme perdón, supe que iba en serio.
Estaba tan shockeada que no fui capaz de llorar y, cuando creía que aquello no podía ir a peor, me pidió el divorcio. Me dijo que le gustaría dejar el tema zanjado y que se estaba planteando pasar por el altar con su pareja. Reconozco que hay que ser muy valiente y tenerlos muy bien puestos para frenarlo todo, ser honesto con uno mismo y decir en voz alta algo que sabes que va a romper tu vida en mil pedazos.
Pero ¿por qué esperó tanto tiempo para decirlo? ¿Por qué tuvo que dejar que me enamorase de él hasta las trancas para aclarar sus ideas? ¿Acaso fui una especie de tapadera, un experimento?
Fue tal el palo que me llevé que apenas conservo recuerdos de aquellos meses. Nos divorciamos todo lo rápido que pudimos y, por lo que sé, él volvió a casarse tal y como quería.