(Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real)

Nos ha pasado, una de esas historias que es una en un millón, que te suenan a leyenda urbana, que la escuchas y dices ‘no me lo creo’, pero es que hay veces en la vida que la realidad supera la ficción por increíble que parezca. 

Llevaba con marido 9 años, cinco de matrimonio y finalmente decidimos buscar el bebé. Todo iba genial, sabíamos que tendríamos una niña desde el cuarto mes (en el tercero no se dejaba ver), toda la familia estaba volcada, iba a ser la primera bebé en ambas familias y tenía más ropa en el armario antes de nacer que Ann Hathaway en Princesa por Sorpresa.

 

Era una bebé MUY esperada, pero vino con sorpresa. Resulta que nació siendo negra de piel, bueno, más bien mulata, pero bien oscura, nada que ver con mi piel o con la de mi marido. Fue una sorpresa para todo el mundo, si no me la llegan a dar nada más haber salido de mí hubiera dudado hasta de si me la hubieran cambiado, pero no, vino directa de mi barriga a mis brazos sin salir de la habitación. A mi me pareció lo más bonito que había visto nunca, me enamoré en el segundo en el que la vi, sin embargo mi marido no sintió lo mismo. 

Ni siquiera la tomó o la abrazó, simplemente comentó en voz baja ‘¿es negra?’. Mi marido no es racista, quiero aclararlo, no le molestaba el color de la piel de la niña por el color en sí, si no por lo que significaba. Salió de allí sin tocarla y sin tocarme, me dejó sola y recién parida con ella.

Volvió cinco horas más tarde, claramente molesto y enfadado, ni siquiera se acercó a la cama, prácticamente desde la puerta me preguntó ‘¿es mía?’, lo miré con cara de qué me estás contando, le dije que por supuesto, que yo jamás le hubiera puesto los cuernos, que había tenido relaciones sexuales con nadie que no fuera él desde hace nueve años, que me dolía que pensara eso.

Después de él vinieron muchos más a preguntar lo mismo. Nadie entendía, si quiera yo misma. Pero no sabéis como dolía que todo el mundo, tu familia y amigos pusieran en duda tu fidelidad, me conocen perfectamente y saben que yo JAMÁS haría eso, al principio daba explicaciones, luego me negaba en rotundo. Menos mal que tenía a mi madre, de verdad os lo digo, no sé cómo hubiera superado ese post-parto sin ella. 

Me creyó, no me cuestionó, me apoyó y me dijo que el tiempo lo ordenaba todo, qué razón tenía.

Os ahorro toda la parte traumática y vamos directamente a la parte en la que mi marido, la persona de mi vida, no me cree bajo ningún concepto y dice que sin prueba de paternidad no se hace cargo de la niña. Yo le digo que sin problema, pero que si me lo vende como un ultimatum, sea cual sea el resultado, yo no quiero tener nada más que ver con él. Me dice que adelante, que sin evidencia científica, él no cree nada de lo que yo le diga. Hacemos la prueba, sale que él es el padre de mi hija. 

Nos separamos, me voy a vivir con mis padres, se extiende el rumor por todo el barrio, ya nadie duda de mí, pero yo estoy recelosa de todo el mundo, me aíslo poco a poco y me centro en mi bebé y en mi familia. 

Días después viene a suplicarme perdón, a pedirme que no rompamos lo que tanto a costado construir, que lo deje disfrutar de la niña, que me necesita, que nos necesita. Finalmente me cuenta que su padre no es su padre, que su madre fue infiel con un hombre negro. Pero que ella estaba fatal, que tenía asumido que jamás se sabría, que creía que se iría con el secreto a la tumba y que ha pedido por favor que no se entere nadie.

Le prometí que yo no lo contaría, pero que no quería tener nada que ver con él. Que nos divorciaríamos por lo legal y que la custodia de la niña sería la que el juez determinase oportuna.

No sé si me he pasado, pero yo no quiero compartir mi vida con alguien que no confía en mi palabra, con alguien que sólo se fía de mí si hay evidencia científica.

 

Anónimo

 

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