Cuando los padres de Alicia se mudaron a mi edificio hace treinta años, no imaginé que aquella niña se convertiría en mi mejor amiga. Era genial, porque vivíamos puerta con puerta y podíamos pasarnos casi todas las horas del día juntas. Desde entonces, siendo bien pequeñitas, a Alicia le encantaba jugar a mamás y papás, porque ya tenía muy claro que el sueño de su vida era ser madre algún día. Yo no lo tenía tan claro, pero mi mejor amiga sabía que su felicidad en un futuro, pasaba por ser mamá sí o sí.
Está claro que, con el paso de los años, los deseos y los puntos de vista, afortunadamente cambian. Yo quise ser bailarina, doctora y presentadora para terminar siendo una feliz aunque mediocre redactora en un medio local. Sin embargo, Alicia nunca dejó de asegurar que su objetivo en la vida, era ser madre, que no había otra cosa que tuviera tan claro como eso. A medida que fuimos creciendo y conociendo a algunos chicos, mi mejor amiga rompía con ellos cuando se enteraba que ser padre no estaba entre sus prioridades o que ni siquiera llegaban a planteárselo en serio. Ya podía ser el tío más estupendo del mundo, que si no cumplía con el requisito, Alicia le daba puerta.
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Y ciertamente, hacía lo correcto. Puede que fuera una decisión un tanto drástica, ya que llegó a romper con chicos que, juraría, fueron muy pero que muy importantes para ella. Sin embargo, bien pensado, no podía reprocharle nada, ya que de aquella forma, ninguno de los dos perdía el tiempo. Ella no tenía por qué renunciar a su deseo de ser madre y ellos no tenían por qué verse obligados a algo tan serio como una paternidad que realmente no deseaban. Y así pasaron los años, mientras éramos testigos de cómo los hombres iban y venían por su vida sin que ninguno «estuviera a la altura» para nuestra amiga.
Hasta que un día, un chaval se cruzó en su camino y todo cambió. Y en qué momento. Se conocieron en una academia de idiomas en la que Alicia empezó a dar clases de inglés y desde entonces, sin que las demás supiéramos muy bien cómo, empezaron a salir. Desde que le vimos por primera vez, todas -excepto ella- estuvimos de acuerdo en que el tipo emanaba una mala vibra. Era como si estuviese encantado de haberse conocido y actuaba como si en realidad le estuviese haciendo un gran favor a nuestra amiga sólo por salir con ella. Era condescendiente, paternalista, soberbio, inmaduro…una joya. Sin embargo, ella parecía ser muy feliz, así que supusimos que nada más importaba.
Para nuestro horror, a los pocos meses, Alicia se quedó embarazada. Sí, era una buena noticia porque sabíamos lo feliz que era, pero no podíamos dejar de preguntarnos cómo era posible que un tipo como aquel tuviera entre sus planes ser padre y, sobre todo, ¿cómo demonios iba Alicia a criar a un niño o una niña con semejante figura paterna? No tuvimos que esperar mucho para conocer la respuesta, ya que al poco tiempo nos confesó que lo habían hablado a fondo. Eso sí, lo primero que quiso dejar claro fue que sería ella quien se haría cargo del bebé y quien adquiriría toda la responsabilidad, ya que él no estaba dispuesto a cambiar su modo de vida.
Nos quedamos muy locas cuando Alicia nos dijo que a pesar de todo, iba a seguir adelante con el embarazo. Todas creíamos que habían sometido a nuestra amiga a una lobotomía, porque no tenía sentido. Estábamos de acuerdo en que el deseo de ser madre a cierta edad era algo que podía llegar a angustiar, pero ser madre a cualquier precio era una locura. Cuando el bebé llegó a este mundo, su padre -por llamarle de alguna forma-, no se responsabilizó de él, tal y como ya avisó en su momento. Sí, seguían juntos como pareja, pero actuaba como si aquella criatura fuera un capricho pasajero de su novia, un grano en el culo que tarde o temprano desaparecería. Alicia no tardó en volverse loca, ya que sin ayuda de aquel tipo, estaba a punto de perder la cabeza y no daba abasto para alcanzar a todo.
Era ella quien se levantaba cada noche, quien cambiaba cada uno de los pañales, quien le alimentaba, quien le llevaba al médico, quien le acunaba… Un día mi mejor amiga nos confesó que no hacían más que discutir, que era un impresentable y un sinvergüenza que no se hacía cargo de su propio hijo. Él era un mero figurante. No obstante, él ya había dejado claro que así sería desde el principio, ¿no? A pesar de todo, como suele decir, más vale tarde que nunca: decidió romper con él y hacerse cargo del niño ella sola, tal y como venía haciendo desde el principio.
A día de hoy, seguimos sin entender qué vio en aquel tío y por qué el deseo de ser madre pudo con ella de tal forma que ni siquiera se detuvo a pensar con quién y a qué precio, iba a crear una pequeña vida.