Mi mejor amiga y yo tenemos una relación de esas que se forjan en el colegio. Coincidimos como compañeras de pupitre cuando teníamos 8 años y desde entonces nos volvimos inseparables. Estudiamos juntas hasta la carrera, pues ambas queríamos dedicarnos a lo mismo. Nos hemos acompañado en todas las etapas de nuestras respectivas vidas: primeros besos, primeros amores, primeros desengaños, primera discoteca, primera copa… y un sinfín de primeras veces más. Y de segundas, terceras e infinitas. Siempre hemos estado ahí la una para la otra. Ni siquiera nuestras Erasmus, a destiempo y en diferentes ciudades, lograron enfriar nuestra relación. Nos llamábamos cada dos por tres, nos manteníamos al día por WhatsApp y nos visitamos siempre que pudimos.
Como podéis imaginar, el tema de nuestras correspondientes bodas es algo que hemos hablado en más de una ocasión. De niñas nos gustaba inventar vestidos de princesas y novias y los dibujábamos de todas las formas y colores, y fantaseábamos con lo guapísimos que serían nuestros príncipes azules. Y esos pensamientos de niñas con mucha imaginación dieron lugar a charlas entre risas ya de veinteañeras, cotilleando los catálogos de vestidos de novia de las marcas más famosas en el portátil.
Hace seis meses, mi amiga comenzó a conocer a un compañero nuevo de su oficina, Javier. Tras dos o tres citas, recibí la llamada que ya me esperaba diciéndome que estaba pillada hasta las trancas de él. Ella siempre ha sido bastante enamoradiza, mientras que a mí me cuesta más llegar a ese punto, ya que normalmente necesito tener confianza con la persona antes de sentir algo más fuerte. Así que, acostumbrada a este tipo de reacción por su parte, no le di la importancia que ahora sé que tenía. Porque a los 6 meses, mientras tomábamos un café juntas como cualquier otra tarde, me soltó que se habían comprometido. Estaba eufórica, chispeante, irradiaba nerviosismo y felicidad. Mientras que yo, por mi parte, estaba en shock, alucinando y mirándola con cara de incredulidad.
Y en lugar de darle la enhorabuena y abrazarla, sólo me salió decir: <<Tía, ¿estás loca? Que solo lleváis seis meses, apenas le conoces aún>>. Ella se paró en seco y su sonrisa se desvaneció. Se hizo un incómodo silencio que pareció durar una eternidad. Entonces se levantó con lágrimas en los ojos y salió por la puerta de la cafetería. Y yo no hice nada por detenerla. No me podía creer que mi amiga, siempre tan cabal y responsable, estuviese tomando esa locura de decisión. Ni siquiera me lo había presentado aún, cosa que me hizo pensar siempre que no iban en serio. Estaba tan confundida que me sentía hasta enfadada. No entendía nada.
Dejé pasar unos días, y como no tuve noticias de ella, decidí pasarme por su piso. Lo que no había contemplado es que podía no estar sola. Llamé y para mi sorpresa abrió la puerta un hombre que tendría más o menos nuestra edad. Se presentó como Javier mientras me hacía pasar y me informaba de que mi amiga llevaba un par de días acatarrada y con fiebre, metida bajo las mantas en el sofá.
Pasé al salón y me encontré cara a cara con mi amiga, que estaba hecha un pifostio envuelta en mantas. Empezaba a reprocharle que no me hubiese llamado al ponerse enferma justo cuando apareció Javier por la habitación con una bandeja. Traía leche caliente con miel y unas pastillas antigripales. Se acercó a mi amiga y la ayudó a incorporarse delicadamente mientras la sostenía. Y vi los ojos con los que la miraba, toda mocosa, con ojeras y el pelo sucio, como si fuera el ser mas preciado de la tierra, y cómo ella le devolvía la misma mirada. Estaba claro que si alguien sobraba allí, era yo.
Entonces lo entendí de golpe. Y me sentí fatal. Había prejuzgado a mi amiga, su relación y su decisión sin tener ni idea de lo que había entre ellos, sin haber sido capaz de entender hasta ese preciso momento que si dos personas se quieren, se cuidan y se entienden, no importa cuánto tiempo lleven. Que no todos sus comienzos iban a ser encaprichamientos que se pasan al rato, porque algunos amores comienzan fuertes, veloces y verdaderos desde el principio, y eran igual de válidos que los amores que se cuecen a fuego lento y van dando pequeños pasos en su crecimiento. Al final, la diferencia entre el éxito y el fracaso la marca el dar con la persona adecuada. Y ellos parecían haber dado en el clavo encontrándose el uno al otro. Nadie sabe qué pasará mañana, o dentro de diez años, si seguirán juntos o no, pero, ¿hay alguna relación que se atreva a asegurar su supervivencia al futuro? Al final lo importante es disfrutar del hoy y dejar que el destino se escriba a su tiempo.
Por lo pronto, yo me pienso poner manos a la obra para prepararle a mi mejor amiga su boda soñada. Que a mejor dama de honor, no va a ganarme nadie.
Escrito por Carol M., basado en una historia real.
