Tenía dieciséis años cuando Laura empezó a formar parte de mi vida. Al principio no fue una amistad, ni mucho menos, y eso es justo lo que hace que todo resulte tan inquietante ahora. No parecía raro.
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Laura trabajaba como voluntaria en el centro cultural del pueblo. Tendría unos cincuenta y pocos, siempre correcta, de esas personas que están pero no llaman la atención. Con el tiempo, empezó a preguntarme por mis planes y mis sueños. Yo tenía dieciséis años y estaba desesperada porque alguien me tomara en serio. Ella lo hacía. Durante dos años, la vi como una adulta de confianza.
Esa época coincidió con un drama familiar: mi abuela se vino a casa de mis padres porque se quería separar de mi abuelo. Ella estaba destrozada y solo sabía decir que no podía perdonarle. Mi abuela le contaba a mi padre que mi abuelo la había engañado con una mujer del pueblo. Decía que estaba segura porque alguna vez había llegado oliendo a perfume. Mi abuelo ni llamó ni dio explicaciones; simplemente siguió su vida.
Cuando vi a mi abuela más animada, nos apunté a un taller de ganchillo en el centro cultural. En cuanto llegué, ya noté algo raro. Laura no estaba en recepción. Al rato entró a repartir los materiales; todos la saludaron y yo fui directa a presentarle a mi abuela, pero ni me miró. Repartió todo sin cruzar miradas conmigo. Me pareció rarísimo.
Justo cuando salía por la puerta, vi cómo miraba a mi abuela. La miró de arriba abajo, con rabia, como si no quisiera que estuviera allí. Fue un momento rápido, pero entonces entendí demasiadas cosas a la vez.
No paraba de pensar en si Laura se había acercado a mí genuinamente o si sabía perfectamente quién era yo; si había estado manipulándome para sacar información. Me sentí traicionada. Al día siguiente volví al centro cultural y me enfrenté a ella. Le dije que era una miserable y una vergüenza de persona. Ella aguantó el chaparrón y en ningún momento se excusó ni pidió disculpas.
Nunca le dije a mi abuela que sabía con quién la engañaba mi abuelo o que yo había sido amiga de esa mujer. Solo pensar en eso me revolvía las tripas. Mi abuelo vendió la casa y ya no forma parte de nuestras vidas. A día de hoy, no sé nada de Laura y prefiero que así siga siendo, porque me siento muy culpable cada vez que lo pienso.
SOFÍA ESTRELLA