Me he rendido a la evidencia. Soy un puto desastre y aunque los cuarenta ya asomen la  patita por debajo de la puerta, a día de hoy, ese glamour intrínseco a la madurez femenina que nos venden en las películas sigue sin dar señales de vida. No sé si os pasa, pero yo  muchas veces tengo la sensación de vivir dentro de una serie de mal gusto en la que los  guionistas se descojonan a mi costa, porque si no, no se entiende. En realidad, reconozco que yo solita me basto y me sobro para meter la pata hasta el fondo, pero en ocasiones  cuento con la inestimable ayuda de mi madre para cagarla. Y nunca mejor dicho.  Queridas, hoy vengo a hablar de la vez que mi madre me dio laxantes en lugar de  ansiolíticos. 

Ha llovido bastante desde aquella fatídica tarde en la que mi dignidad, (junto a otras cosas menos elegantes) se fue por el retrete, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Aún  estaba en la universidad, los exámenes finales estaban a la vuelta de la esquina y yo, que soy una persona nerviosa a niveles estratosféricos por naturaleza, estaba que me moría  de puro estrés. La mañana del examen mis niveles de ansiedad estaba por las nubes y mi madre, que ya os digo, es una fuente inagotable de ideas de bombero, me dijo que me  tomase una pastilla para controlar los nervios. Y me pareció una idea cojonuda. 

Sospecho que el famoso efecto placebo me hizo efecto, porque enseguida me sentí  mucho más relajada. Y allí estaba yo tan tranquila en ese aula magna, haciendo mi  examen junto a otras cien personas, cuando de repente sentí lo que yo llamo «los  retortijones de la muerte». Intenté calmarme y al principio funcionó, pero a los pocos  minutos mi cuerpo me avisó de que ya me podía yo poner en jarras que aquello iba a salir con o sin mi permiso. Joder, joder, joder. Ahí me ví, soplando y resoplando como una  parturienta. Eso, sí, nada como una diarrea para terminar rapidito un examen. No he  escrito más rápido en toda mi vida. Cuando por fin terminé, me dirigí a los servicios como  un corredor de marcha: con el culo bien apretao’ y dando pasitos muy cortos y muy  rápidos.  

Una vez echada la nutria al río, me olvidé del mal rato y me reuní con mis amigas para  celebrar el final de los exámenes. Decidimos ir al supermercado a comprar bebidas y  armar una buena fiesta por la noche. Cuando no llevábamos ni cinco minutos en el súper,  aquellas ganas imperiosas de columpiar el tamarindo volvieron a aparecer con mucha  más fuerza que antes. ¿Pero qué me estaba pasando? ¿Me estaba descomponiendo por  dentro? ¿Iba a morir? Fue entonces cuando allí, en el aquel pasillo entre los yogures con  bifidus y las natillas de chocolate, recé todo lo que sabía (que era más bien poco) para no  soltar lastre allí mismo.  

Con la cara desencajada les grité a mis amigas que tenía que hacer pis y que iba al baño  del bar de la esquina. Y para allá que me fui corriendo sin perder un minuto, todo lo rápido que mis andares de Chiquito de la Calzada me permitían en aquel momento mientras me  encomendaba a la Virgen de la Macarena. Os juro que hubiese sido capaz de matar si  alguien se hubiese interpuesto en mi camino. Sudando la gota gorda y disimulando lo  mejor que pude, pedí una botella de agua antes de entrar al servicio para hacer gasto  porque sentí una pena inmensa por aquel camarero que después tendría que convivir  durante horas con semejante olorcito radiactivo. 

Después de pasar el peor momento digestivo de mi vida, volví a reunirme con mis amigas  con el miedo a que en cualquier momento tuviese que salir corriendo a buscar otro  servicio en el que liberar a los rehenes. Cuando llegué a casa, no me dio tiempo a  contarle nada a mi madre, porque ella ya estaba esperándome muerta de risa para  confesarme que había confundido la caja de los laxantes con la de los ansiolíticos. Desde  entonces, evito dos cosas: hacerle caso a mi madre y sobre todo, pasar por delante del  bar de la esquina junto al súper.

Mar Martín.