Hemos sido engañados. Me lo tomo con humor porque mira… No tengo otro remedio. Mi mujer ha hecho y deshecho a su antojo, condicionando mi vida y la de mis hijos. Llevo casado una década con una mujer que, a día de hoy, no conozco. Hemos sido padres de tres niños y lleva dándome la turra con el cuarto desde hace meses. Me he negado, ya que es una locura. Yo quería dos, pero llegaron los gemelos y no íbamos a devolver uno, pero traer a un cuarto crío de manera voluntaria me parece un suicidio. Ante mi negativa, ella se ha enfrascado en sí misma y apenas me dirige la palabra.

Pensé que se le pasaría. Le organicé unas vacaciones sorpresa, a todo tren, para que desconectara y se relajara. Reconozco que tiene un trabajo que le genera mucho estrés y comprendo que a veces necesite encontrar vías de escape mental para superar el día a día. Creí que el plan de las vacaciones había funcionado. Lo hubiese jurado. Ella estaba mejor, más comunicativa y haciéndome ver que aceptaba mi decisión de no querer más hijos. No sé, la noté feliz otra vez. Percibí ilusión. Y tanto que estaba entusiasmada. Había sustituido a nuestro cuarto hijo por comprarse una vivienda a 1.000 kilómetros de nuestra actual casa.
A 1.000 kilómetros
Ella es de otra ciudad. Bueno, de otra comunidad autónoma. Nos conocimos en la universidad, nos enamoramos y ella decidió quedarse conmigo. Yo nunca quise marcharme de mi barrio. Soy hijo único, mis padres están enfermos y me necesitan. Ella lo sabía, lo aceptó en su momento y se vino a vivir conmigo, cerrando cualquier opción de regresar a su casa. Nos casamos, tuvimos hijos… Hemos pasado más de media juntos y, de repente, saca sus ahorros del banco y se compra una vivienda en lugar de procedencia. Ahí, pared con pared con sus padres. Una oportunidad única, según me contó mientras preparaba el equipaje.
Después de los 15 días de vacaciones, no tardó ni una semana en organizar todo el tinglado y ponerme delante la encrucijada más grande que me han hecho en mi vida. Informada con abogados, con su traslado laboral hecho, me dijo que o nos íbamos o se iba ella con los niños. Os juro que casi me peta la cabeza. No podía creérmelo.
Sin embargo, era muy real. En estas semanas, nunca ha mirado para detrás. Le da igual mi opinión. Ni siquiera teme por mis amenazas; porque sí, la he amenazado. Los niños son de mi ciudad, están escolarizados aquí, tienen su vida hecha aquí. No puede ella coger y llevárselos por una enajenación mental.

Una estrategia de lo más fallida
Sin tiempo para reaccionar, he decidido seguirle la corriente hasta que consiga una solución. No obstante, cada paso que damos es en su dirección, eclipsando por completo mis deseos. He hablado con mi jefe y, por fortuna, me permitiría teletrabajar la mayor parte del tiempo, aunque tenga que asistir a la oficina alguna que otra vez al mes. El camino parece allanarse en su dirección y no he sabido gestionar la disputa, ni mucho menos proponerle un divorcio por lo contencioso. Yo la quiero, pero está siendo muy egoísta. Quizá, de existir esta posibilidad de mudanza, yo no me hubiese casado con ella. Al contrario que ella, yo nunca le mentí. Hablamos de política, religión, número de hijos, educación y estilo de crianza y lugar de residencia antes de firmar ese papel. Ahora, se ha saltado a la torera todo nuestro pacto y yo me estoy ahogando por momentos. ¿Y mis padres? ¿Me afectará al trabajo? Yo quería que mis hijos se criaran en mi barrio.
Mientras me asaltan las dudas, ella ya ha encontrado comprador para mi piso. Quiere que la casa nueva, a 1.000 kilómetros de la mía, sea de los dos. O, de lo contrario, de ser suya, podría echarme cuando ella quiera. Literal. Soy un desgraciado bien jodido.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real.
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