Conocí a Dani en el instituto. Él era unos años mayor que yo, así que sólo nos  conocíamos de vista, pero mis amigas y yo estábamos locas por él y nos dedicábamos a  buscarle por los pasillos entre clase y clase. La verdad es que no se puede decir que  fuéramos muy discretas, así que el chaval no tardó en darse cuenta y, para mi sorpresa,  empezó a fijarse en mi.

Yo me sentía como en una nube, no me lo podía creer podía  creer: el chico más guapo de todo el instituto, por el que todas suspiraban, quería estar  conmigo. 

Empezamos a salir y, como en todas las relaciones de maltrato, el principio de nuestra  historia fue un cuento de hadas: viajes súper románticos, citas increíbles, complicidad  absoluta, muestras de cariño constantes… Me trataba como a una princesa, su familia me  adoraba y sus amigos me hacían sentir como una más del grupo. No sabría decir en qué  momento exacto todo empezó a cambiar pero su verdadera cara fue saliendo a la luz a  pequeños pasos y terminó transformándose en otra persona totalmente diferente. Yo  trataba de quitarle hierro a algunos gestos, malas palabras y comportamientos  reprochables; justificaba su mala actitud, sus desprecios y sus celos enfermizos. No  quería reconocer que aquel novio tan maravilloso se había esfumado, que ya no quedaba  apenas rastro de aquel chico tan dulce del instituto. 

Sin embargo, empezaron a ocurrir cosas que ni yo misma fui capaz de justificar para  sentirme mejor. Supongo que cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde para  hacer caso a todas aquellas bandera rojas, a ese sexto sentido que me decía que algo no  estaba bien en él y en su forma de tratarme. Insultos, las marcas de sus dedos en mi piel,  tirones de pelo, control absoluto sobre mis amistades, mi dinero, mi físico e incluso el trato que podía tener con mi propia familia a la que llegué a dar de lado. 

 

Por supuesto, nuestras relaciones íntimas eran otro ámbito en el que él ejercía un poder  despótico sobre mí sin importarle lo más mínimo si yo estaba de acuerdo o no con ciertos  hábitos. Si yo me negaba a hacer algunas cosas él conseguía hacerme sentir culpable, ya que según sus palabras «lo que un hombre no recibe en casa, sale a buscarlo fuera». Así  que por miedo a perderle empecé a ceder en todo lo que él me pedía. Desde consumir  drogas duras mientras manteníamos relaciones hasta desnudarme para otros tíos a  través de webcam o acostarme con él delante de completos desconocidos que me  pedían que llevara a cabo un sinfín de humillaciones. Son sólo algunas de las cosas que  hice contra mi voluntad, otras muchas todavía no me atrevo a confesarlas en voz alta. 

Cuando parecía que no podía sentirme peor conmigo misma, hubo una madrugada que  marcó un antes y un después no sólo en la relación con Dani si no en mi propia vida.  Después de una noche de fiesta, yo estaba un poco borracha y muy cansada, así que le  dije que lo único que me apetecía hacer era dormir. Por su puesto, él se enfadó pero  aparentemente la cosa quedó ahí. Sin embargo, un par de horas después me despertó  bajándome el pantalón y la ropa interior a lo bestia. Le pregunté qué hacía y le pedí que  parase, pero lejos de detenerse me tapó la boca con la mano para que no me escuchasen sus padres que dormían en la habitación de al lado y me penetró. Intenté empujarle,  quitármelo de encima, pero no pude, así que al rato me rendí. No podía procesar lo que  estaba pasando. Sencillamente me quedé ahí, paralizada, llorando. No llegó a terminar,  me preguntó muy enfadado por qué me ponía así, se dio media vuelta y al poco tiempo se quedó dormido. Me gustaría decir que en ese mismo instante me levanté y me marché,  pero me quedé allí medio desnuda, desarropada, mirando al techo mientras me secaba  las lágrimas. No fui capaz de moverme en toda la noche. 

Por la mañana, él seguía enfadado conmigo y yo seguí sin salir corriendo. Por desgracia,  tardé más tiempo del que me hubiese gustado en atreverme a romper la relación. Sentía  un miedo atroz a su reacción y a qué pensarían los demás si se enteraban de todas las cosas horribles que yo había hecho en vez de las cosas que él me había hecho a mi. 

Gracias al gran hombre que hoy en día es mi pareja, me terminé armando de valor y puse fin a siete años de infierno. Tuve que pasar por muchos años de terapia hasta ser capaz  de asimilar lo que había pasado y ponerle nombre, por fin, a lo que me había hecho. Fue  muy duro y, a día de hoy, sigo cargando con algunos recuerdos horribles de aquella  época. Sin embargo, me siento enormemente orgullosa de mi misma por haber sido  capaz de salir de ahí y reunir la fuerza para empezar a sanar.

 

Mar Ausarta