Yo soy una chica común.
Una tía del montón con una vida normal.
Lo más extraordinario que me ha pasado ha sido que mi novio entró en un reality, se hizo famoso, me dejó y… ¡menos mal!
Mira que aún lo tengo medio reciente, eh, pero es que no sabéis que alivio siento.
No fue hasta que me dejó que entré en razón y me di cuenta de que estaba totalmente anulada.
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Por él dejé a mi familia, mis amigos, mi casa, me lié la manta a la cabeza y me mudé al extrarradio de una ciudad italiana.
Nos conocimos en Ibiza.
De madrugada, en una playa.
Sólo estábamos él, yo, la luna, el Mediterráneo y… sí, lo reconozco, alguna que otra sustancia estupefaciente.

Con eso y todo, el nuestro fue amor a primera y borrosa vista.
Tanto que a las pocas semanas encontramos trabajo en Palma y nos fuimos a vivir juntos.
¿Qué tendrán los italianos que los hace tan irresistibles?
Mi chico era genial.
Uno de esos locos divertidos y entrañables que te hacen sentir que llevabas toda la vida dormida y que ahora por fin estás viva de verdad.
Te enamoras como nunca, quieres vivirlo todo, no puedes perderte nada.
Pero te convences de que, si lo pierdes a él, te bajas de ese tren y nunca más podrás volver a subirte a uno igual.
No creo que esto me haya pasado solo a mí, o no lo quiero creer.
El tema es que me fui a Mallorca por él. Después a Valencia, luego a Barcelona.
Y cuando me dijo que debía volver a Italia porque un colega suyo podía ayudarle a entrar en un reality show, tampoco dudé.
Era su sueño.

No es que soñase con aquel programa en concreto, soñaba con la fama.
Si es que estar en el candelero por esos medios se puede considerar un mérito.
En aquel momento no lo cuestioné, me limitaba a apoyarle y a confiar ciegamente en sus planes.
Hizo una serie de castings y, tal y como se supone que pasaría, fue seleccionado.
Mi novio quería ser famoso, yo no.
Así que acordamos que entraría soltero. No porque rompiéramos, seguiríamos juntos, pero él actuaría como si no tuviera fuera una novia esperándole ansiosa.
Pese a que hubo momentos en los que me dieron ganas de plantarme en los estudios para montarle un pollo, el chico se portó bastante bien. Dentro de su papel, pero bien.
Lo cierto es que me sentí orgullosa de su comportamiento a lo largo del tiempo que permaneció en el reality.
Fue después cuando todo se jodió.

Volvió a casa contento por lo lejos que había llegado, no tanto por volver a estar conmigo, creo yo.
Me convenció de que lo mejor era alquilar otro apartamento, por eso de que no nos viesen juntos y se destapase la mentira sobre su soltería.
Sería solo mientras durase el programa.
Y luego solo hasta que terminase el verano.
Apenas nos veíamos porque no podía acompañarlo a los bolos ni andar por ahí con él entre una de sus apariciones televisivas y la siguiente.
Me encontré más sola que nunca en una ciudad que casi no conocía y en la que no tenía a nadie.
Mientras anhelaba las migajas de atención que me tiraba ‘cuando podía’ el chico por el que lo había dejado todo.
Porque un buen día, nada más llegar a casa del aeropuerto, me dijo que teníamos que hablar.

Rompió conmigo sin siquiera molestarse en fingir que le daba un poco de pena.
Tenía un discursito preparado que vino a decir algo así como que le sobraba.
En esencia era eso, no solo no le hacía ninguna falta, sino que además le estaba estorbando.
Y yo lloré, pero no porque no me lo hubiese estado viendo venir ni porque no imaginara la vida sin él.
Lloré de rabia.
Me dolía el orgullo y me sentía idiota, tonta de remate.
Pero bueno, metí mis cosas en dos maletas y me volví a España en el primer vuelo que pude pagar.
Aquella vida no era para mí, aquella chica no era yo y no sabéis lo que me alegro de que me dejara para que así me diera cuenta de una vez.
Anónimo
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