CUANDO APARECIÓ SARA… Y DESAPARECIÓ MI PADRE
Hoy os voy a contar una historia. Para situarnos un poco en mi historia, conviene saber que crecí sin madre y que pasé buena parte de mi infancia viviendo con mis abuelos, en su casa. Mi padre estaba presente de forma intermitente, y yo me trasladaba a nuestro piso cuando regresaba de alguno de sus viajes. Aun así —o quizá también por eso— fui una niña feliz. Extraña, sí, pero feliz. Lo de “extraña” merece capítulo propio y llegará más adelante.
La historia de hoy trata de comuniones, vecinas y abuelas que no pueden aguantarse la risa.
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Mis abuelos paternos, con los que me crie hasta los cinco años, vivían en un pequeño barrio de una gran ciudad. Esos barrios en los que todo son casitas y que habían formado parte del extrarradio hasta que la ciudad los absorbió. Esos barrios en los que, en verano, se sacaban las sillas al portal y las señoras se sentaban a charlar las noches calurosas (en bata) de los cotilleos del barrio. Esos barrios donde había un colmado y todo el mundo se encontraba allí, quisieras o no, y tenías que pararte a hablar. Pues en ese barrio me crie yo hasta los cinco años.
Una mañana de sábado, como cada sábado, tocaba la limpieza general, que por descontado organizaba mi abuela como buena generala, y que mi tía ejecutaba entre gruñidos, blasfemias y malhumor. Yo, como buena habitante de esa casa, tenía que ayudar. Lo que más me gustaba era pasar el aspirador, cosa que, por lo visto, hacía fatal porque mi tía —la misma que me subía mis vasos de agua cuando a media noche me sentía a punto de morir deshidratada— iba detrás de mí pegándome bronca, plumero en mano. Cuando ya asumía que lo del aspirador no era uno de mis fuertes, me dedicaba a saltar en el sofá, cosa que a mi abuelo le ponía de los nervios.
Siempre he sido muy de saltar, yo. Saltaba en el sofá, saltaba en la cama, saltaba mientras andaba… saltaba. Básicamente, saltaba como una cabra por doquier. Trepaba, también. Trepaba árboles, rocas o cualquier cosa trepable. Aquí era cuando mi abuela resoplaba porque me había vestido con esos leotardos que picaban como una mala cosa y que siempre se me iban deslizando hacia abajo hasta que mis muslos se rozaban. Odiaba los leotardos y los vestidos con pompones que mi abuela me ponía. Lo hacía para que no me confundieran con un chico. Mis padres habían tomado la decisión de no ponerme pendientes (muy moderno para los años ochenta) y llevaba el pelo con un corte de muchacho porque peinarme era misión imposible. Y ya no digamos recogerme el pelo… Era una batalla entre el peine, mis pelos lisos que se escapaban locos y mi padre y su gran “traza” para hacer coletas. Solución: la nena con el pelo corto.
Volviendo a los sábados: uno de ellos, en concreto, en el que curiosamente mi padre convivía con nosotros, estábamos en plena batalla campal de limpieza cuando suena el timbre. Mi querida abuela, a la que a partir de ahora llamaremos La Güeli, va a abrir rauda y veloz, extrañada porque un sábado por la mañana no se va a casa de nadie: toca limpieza y eso lo sabe todo hijo de buen vecino. Al abrir la puerta, La Güeli saluda efusivamente y oímos desde el comedor la voz chillona de una de las vecinas. En ese momento oímos tres palabras: “comunión”, “Sara”, “vestido”.
Mi tía entra en pánico, porque no somos una familia especialmente sociable, y menos si apareces por sorpresa; yo me paralizo en el sofá sin entender nada, y mi padre, que casualmente estaba allí, decide huir. ¿Huir? Sí, como lo leéis. Huir.
¿Pero huir por dónde si no hay escapatoria? Estamos en el comedor, no se puede huir del comedor. ¡No hay salida!
Así que veo con mis ojos de 4 años cómo mi padre —mi padre el señor barbudo; mi padre con el que cocino croissants franceses y que me ha traído unos patines negros y rojos que son lo más de lo más; mi padre que me toca la guitarra y me canta para ir a dormir; ese hombre que para mí es un árbol donde esconderme calentita, un refugio…— se levanta de un salto del sofá y se esconde dentro de lo que llamábamos el trastero. Que no era nada más ni nada menos que el hueco de debajo de la escalera, donde mis abuelos guardaban cosas varias como todos los zapatos de La Güeli, chaquetas y “tesoros” que yo buscaba a veces. Y allí que se mete mi padre, cerrando la puerta.
Yo, en pijama, de pie en el sofá porque había estado saltando (para variar), me quedo ojiplática sin entender nada. Se escuchan pasos y entran en el salón-comedor la vecina chillona, seguida por su hija vestida de tarta de merengue, con el pelo embadurnado de perlas y “cosas brillosas”; un vestido blanco que deslumbraba, largo hasta los pies. Me quedo en shock.
¿Puede alguien llevar un vestido tan feo?, me pregunto. ¿Dónde va con ese merengue? ¿Cómo va a trepar si se va a quedar enganchada? Todo muy normal, vaya, para mi hilo mental.
Así que, cuando La Güeli, para soltar tensión tras mirar por el salón-comedor y supongo que preguntarse dónde estaba mi padre y cómo había conseguido desaparecer como Houdini, dice: “Sara hace hoy la comunión y viene a enseñarnos el vestido. Lo guapa que va”.
Mi tía, con la escoba y el plumero, sonriendo enseñando todos los dientes —lo cual me parece rarísimo, porque mi tía cuando se ríe se ríe fuerte, como una fuente de agua corriente—; mi abuela buscando con los ojos a mi padre desaparecido, esfumado, teletransportado; Sara con su vestido merenguil y su sonrisa orgullosa; la madre de Sara, con su voz chillona, que me pellizca fuerte el carrillo —cosa que me duele y me dan ganas de pegarla (nunca he tenido demasiado autocontrol, cosas de mis “extrañeces”)—… Así que, detectando un ambiente hostil, suelto:
—¡MI PAPÁ SE HA ESCONDIDO DEBAJO DE LA ESCALERA!
A mi abuela se le desencaja la mandíbula, a mi tía se le cae la escoba, yo sonrío pensando que lo he logrado. Sara no entiende nada. Su madre se calla por primera vez y se hace el silencio. Nos miramos las unas a las otras: segundos, minutos, horas… Y poco a poco, la puerta del trastero se abre y sale mi padre. Mi señor padre. Sale de dentro del trastero y dice:
—Hola.
Solo eso. Un “hola” con la mirada fija en el suelo. Yo no entiendo nada de nada. A ver, mi padre se ha escondido y no entiendo bien por qué. Mi tía sigue sonriendo con todos los dientes al descubierto; mi abuela pone cara de “me está entrando un cabreo que no sé si reírme o empezar a repartir chanclas voladoras”, y Sara y su madre se retiran con dignidad aludiendo que bueno, que ya va a empezar la misa y tienen que llegar a la parroquia.
En cuanto se van, entra mi abuela hecha una furia y le grita a mi padre que por qué se ha escondido, que en qué pensaba, que se le ha ido la perola (no así, pero más o menos); mi tía descoyuntándose de la risa; mi abuelo, que no sabe lo que está pasando porque acaba de llegar a casa; y yo… yo con el corazón lleno de amor por tener una familia diferente.
Parvaty
