Hasta hace no mucho, la maternidad no ocupaba los primeros puestos de mi lista de deseos. Sí, siempre me han gustado los niños y nunca había descartado la posibilidad de ser mamá algún día, pero sentía que de ahí a serlo había un abismo. Lo cierto es que mi instinto maternal propiamente dicho no despertó por completo hasta que empecé a salir con Aron. Él era súper niñero y me contagió esa pasión por los bebés que, hasta entonces, había permanecido un tanto oculta en mí. De repente, la idea de traer a un crío a este mundo ya no parecía tan descabellada, sino todo lo contrario: se convirtió en un sueño.
Sin embargo, no fue hasta pasados un par de años que aquella idea comenzó a tomar forma. Un día nos sentamos a hablar y nos dimos cuenta de que habíamos llegado al mismo punto de la relación, que ya no nos conformábamos con soñar despiertos, sino que necesitábamos dar el paso e intentar ser padres de verdad. Al mes siguiente dejé de tomar la píldora y nos pusimos manos a la obra como dos locos, pero después de un año buscando el embarazo no conseguimos dar con ese ansiado positivo.
Decidimos ir al médico para quedarnos más tranquilos, sin esperar que fueran a darnos ninguna mala noticia, pero por desgracia no todo iba a ser de color de rosa.
Después de realizarme un montón de pruebas, no solo me diagnosticaron hidrosalpinx, sino que además me encontré con que tenían que someterme a una intervención quirúrgica para extraerme las trompas. ¿El resultado? Nunca podría ser mamá de forma natural. Si quería seguir persiguiendo mi sueño, este pasaba necesariamente por un ciclo de fecundación in vitro.
Sinceramente, me vine abajo. Seguía teniendo posibilidades de concebir, pero saber que jamás podría lograrlo por mí misma fue un palo muy duro que me costó meses aceptar. Aron estuvo a mi lado, tratando de animarme y hacerme ver el lado positivo para que nunca perdiera la esperanza.
Después de asimilar el tremendo golpe y pasar por quirófano, nos pusieron en lista de espera con la idea de comenzar en cuanto estuviese recuperada. Por suerte, no tardé más de tres o cuatro meses en iniciar el ciclo de estimulación ovárica. Todas aquellas que hayáis pasado o estéis pasando por este duro proceso ya conocéis más que de sobra el infierno al que nos tenemos que enfrentar: estrés para inyectarse la medicación, miedo de no hacerlo bien, pavor a que no funcione, cambios de humor, dolor, fatiga, hinchazón…
Aquellos días lo pasé fatal y me vi inmersa en un mar de miedos y de dudas. Cuando quise compartirlas con mi pareja, él me dijo que era una exagerada, que siempre me ponía en lo peor, que dejase de darle vueltas, que estaba insoportable, que entendía que todo era producto de las hormonas pero que él se tenía que comer todas mis neuras.
No me esperaba que Aron reaccionase de aquella forma y, a medida que pasaban los días, iba sintiéndome más sola. Cada vez que le comentaba cualquier síntoma o molestia, él le restaba importancia. Empecé a guardarme para mí misma todas mis inquietudes, a buscar información y apoyo por mi cuenta en foros de internet. No quería que me regañase otra vez, no quería que aquello nos costase la relación, tal y como le había pasado a otras parejas que no fueron capaces de soportar la presión que conlleva una FIV.
Para más inri, el tratamiento no estaba funcionando. Al parecer, mis ovarios no estaban colaborando todo lo que cabría esperar y me aumentaron la dosis, advirtiéndome de que si no veían resultados tendríamos que cancelar el ciclo. Aquel día salí de la consulta hecha un mar de lágrimas.
Lejos de abrazarme en silencio —que era lo que realmente necesitaba en aquellos momentos—, Aron me dijo enfadado que ya estaba bien, que me iba a costar la salud, que me calmase porque si no aquello no iba a funcionar. Cuando tuve que llegar a ponerme hasta tres inyecciones diarias, me sentí un poco sobrepasada y me costaba mucho más de lo habitual meterme el pinchazo. En lugar de darme ánimos, mi pareja me echaba en cara que no tuviese agallas de hacerlo rápido, como si fuera tan fácil.
Lo cierto es que en ningún momento me dijo sentirse orgulloso de mí, ni me dio una palmadita en la espalda por todo lo que llevaba a cuestas. Por eso, empecé a ponerme la medicación en el cuarto de baño, sola, a mi aire.
Recuerdo con especial angustia una de las tres medicaciones en concreto. La ginecóloga me avisó de que podía ser un pelín dolorosa y, de hecho, resultó serlo bastante. Cuando salía del baño con la cara descompuesta y masajeándome la zona, él simplemente ponía los ojos en blanco.
Por desgracia, mi cuerpo reaccionó exageradamente al tratamiento y tuvimos que parar debido a la hiperestimulación de mis ovarios. Tuve que guardar reposo durante unos días, durante los cuales Aron se desentendió completamente. Era yo quien limpiaba, quien cocinaba y quien se encargaba de sacar al perro, entre otras cosas. Y un día, en el que tuve que sentarme en el suelo de la entrada porque me mareé después de limpiar el arenero del gato, me di cuenta.
No es que me sintiera sola, es que estaba terrible e irremediablemente sola.
Ni siquiera estaba embarazada y ya tenía cientos de tareas a mi cargo como si fueran una obligación exclusivamente mía, incluso estando enferma. Por no hablar de la falta total de empatía hacia mis sentimientos o el desprecio. ¿Qué me esperaba en un futuro si finalmente conseguíamos ser padres? ¿Seguiría desahogándome en un foro con un puñado de desconocidas por temor a lo que mi novio pudiera pensar de mí?
Decidí hablar con él del tema y, para mi sorpresa, él continuó en sus trece: todo está en tu cabeza, siempre me culpas a mí, yo te estoy aguantando, claro que te apoyo, solo es que eres muy intensa, eres muy exagerada, no puedes tomarte las cosas así. Resumiendo: era yo la que lo estaba haciendo todo mal.
La verdad es que desconozco si el batiburrillo de hormonas tuvo algo que ver o no, pero no me vi con fuerzas para continuar ni con aquel proceso ni con Aron. Después de cuatro años de relación, descubrí que no podía contar con mi pareja en uno de los momentos más complicados de mi vida. Aquel chico dulce y cariñoso resultó ser un niño egoísta y amargado con un sentido de la empatía que brillaba por su ausencia.
Siempre he oído que nunca terminas de conocer a una persona… y cuánta razón.