Os escribo esta historia con Arya en mis pies, después de dos años de angustia, lágrimas y poca esperanza.

Mi perra tenía tres años cuando se escapó. Fue la noche de las fiestas de mi ciudad, que se celebran en verano y se tiran muchos petardos y fuegos artificiales. A Arya le daba mucho miedo, yo lo sabía y me ocupé de reducirle el ruido lo máximo posible.

Cerré todas las persianas, puse música de fondo e incluso le puse una tela para hacer el Tellington Ttouch y que se sintiera más segura. Pero nada funcionaba. Ella se pasaba las tardes debajo de una silla, temblando, con vómitos y sin dejar que nos acercásemos. Estábamos deseando que acabasen las fiestas y, justo el último día, se escapó.

Yo volví a casa para estar con ella durante la traca, que es el evento final y más ruidoso de las fiestas, pero no me dio tiempo. A la que abrí la puerta de casa, Arya salió despavorida entre mis piernas y se echo a correr a la calle. Yo salí corriendo detrás, pero era imposible pillarla y como había petardos, ella iba cambiando de dirección bruscamente, se metía debajo de coches y los atravesaba, aceleraba muchísimo y no me escuchaba mientras yo gritaba su nombre, desesperada y llorando. La perdí enseguida, volví a casa corriendo y cogí el coche.

Quise dar vueltas por la ciudad, pero casi todo estaba cortado por la traca y era imposible pasar. Avisé a mi familia y amigos, y los que pudieron, porque muchos estaban en la traca, vinieron a ayudarme.

Si alguna vez habéis perdido a vuestra mascota, conocéis el dolor, la angustia y el desespero de su búsqueda.

No paré hasta que fue madrugada, hasta que la traca pasó y todo estaba más tranquilo, por si salía, pero no hubo suerte. Me pedí la baja en el trabajo y estuve dos semanas buscando como una loca, publicando fotos en redes sociales, llevando fotos a todos los refugios y perreras de la zona, empapelando la ciudad, haciendo recorridos conocidos para ella y visitando sus sitios favoritos, pusimos su chip en alerta de robo y hasta contraté un rastreador de mascotas (sí, existen), que fue el que me dijo que lo más probable era que alguien la hubiera cogido. 

Seguí con mi campaña, temiéndome lo peor, con miedo a recibir una llamada diciéndome que habían encontrado a mi perra atropellada o muerta por ser sparring de algún miserable. Me la imaginaba con mucha hambre y sed, vagando por alguna carretera, o encerrada en casa de alguien que quisiera venderla, sin atenderla, o sufriendo, enferma, herida. Era un sinvivir, no podía evitar que mi cabeza se pusiera en las peores situaciones, me sentaba en el sofá y pensaba “mientras tu estás aquí, ella está sufriendo”. Fue muy duro.

Estuvimos varios meses insistiendo en encontrarla, incluso recibimos un par de llamadas que nos dijeron que creían haberla visto en una zona de campo abierto, pero no nos llevaron a nada. Al final no nos quedó otra que empezar a transitar su duelo y aceptar que no iba a volver. Fue una época muy triste, poca gente comprende de verdad el dolor de perder a una mascota.

Pasaron los meses y los años, yo ya no revisaba las actualizaciones de las protectoras y hacía mi vida intentando no pensar demasiado en Arya, tenía su foto en mi estantería y cada día la miraba esperando que estuviera bien, pero sin dolor, sin culpa. Había aceptado que no podía hacer más y que, siendo realistas, quizás mi perrita ya no estaba en este mundo. Pero joder, cómo me equivocaba. 

Un día estaba en casa limpiando y recibí una llamada. Era un chico de mi ciudad, un conocido que en su día nos ayudó bastante a difundir el caso de Arya y que la conocía de sobras. Me dijo que unos amigos suyos que vivían en una zona que estaba a más de una hora de nuestra ciudad, habían subido fotos a Instagram de un perro que estaba solo por allí, avisando por si alguien lo conocía, y que ese perro se parecía mucho a Arya. Me dijo que les había llamado corriendo y les había pedido que lo cogieran, que creía que conocía a la dueña, y que hacía un rato le habían confirmado que ya la tenían.

Mientras le escuchaba, el corazón me estaba dando un vuelco, me estaba emocionando a la vez que pensaba que seguramente esto tampoco llegaría a ningún lado, pero entonces, interrumpiendo nuestra llamada, me entró otra llamada de un número larguísimo, le puse en espera y contesté.

Era un veterinario. Confirmó mi nombre, me dijo que le habían traído a una perra para identificar y que había saltado la alerta del microchip, que me llamaba para confirmar que tenían a Arya.

Empecé a llorar, a temblar y a dar las gracias sin que se me entendiera nada. Le pregunté la dirección y le pedí que por favor al revisase bien, que llevaba perdida dos años y me preocupaba su estado, le dije que estaría allí lo antes posible y me fui corriendo a por el coche.

De camino llamé a todo el mundo, a absolutamente todo el mundo, a mi familia, a mis amigos, a la gente que nos había ayudado, a todos. No se lo podían creer y yo no podía parar de llorar, emocionada por verla de nuevo.

Llegué al veterinario y me pasaron a una consulta. Allí estaba mi niña, más delgada, más mayor, pero con la misma carita de ángel. No pude ni decir su nombre, me arrodillé en el suelo llorando y ella vino corriendo, dando saltos y aullando. Intentaba abrazarla, pero ella estaba muy emocionada, hiperactiva, solo lloriqueaba, saltaba y me lamía la cara. Los veterinarios que estaban allí, también se emocionaron.

Una vez me confirmaron que estaba bien, más allá de algunas garrapatas y heridas leves, la subí al coche y nos fuimos a casa, donde estaba mi familia y la escena del reencuentro se volvió a repetir.

Pasamos unos días que no queríamos separarnos de ella. No sabemos dónde estuvo o qué le pasó, ella seguía siendo la misma perrilla loca y enseguida se adaptó a su vida otra vez.

Nosotros no podemos estar más felices. Solo puedo deciros que las cosas no siempre acaban mal, que hay veces que gana la esperanza y que, sobre todo, le pongáis chip a vuestras mascotas.