A mi marido le gusta cocinar. Mucho. Desde pequeño. Y, además, se le da bien. Cocina prácticamente a ojo. Y cuando prueba las cosas, sabe que especias o hierbas añadir para mejorar el plato. O si me he pasado de sal sabe arreglarlo.
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Yo, por otro lado, cocino porque hace falta. No es que no me guste, es que me parece una pérdida de tiempo el pasarme dos horas guisando algo que va a desaparecer en diez minutos. Y no tengo ningún tipo de inventiva. Cocino siguiendo instrucciones y recetas varias. No me saques de ahí, que no se que especia va bien con que carne, o qué hacer si el guiso me ha quedado demasiado dulce.
Por este motivo, cuando nos fuimos a vivir juntos era lógico que él se encargara de la cocina.
Por unos años todo fue bien. Mi maridillo se encargaba de las cenas a diario, y de las comidas el fin de semana.
Hasta que tuvimos a los mellis.
Aunque fui yo la que tuvo que pasar cinco días en el hospital esperando a parir, la que tuvo que sufrir una cesárea y su respectiva recuperación, y aunque fui yo la que tuvo que pasar por todo el embarazo, por lo visto el trauma lo sufrió él.
El pobrecito sufrió de una especie de amnesia rara que hizo que se olvidara de dónde estaba la cocina, de para qué servía, e incluso de dónde estaban las ollas y cazuelas. De dónde estaba el sofá o la play no se olvidó, no. Sólo de la cocina. No sé, imagino que, en alguno de los ratos en los que se fue a por un café en el hospital se debió de caer y golpearse la cabeza y tuvo un traumatismo craneoencefálico severo, que le afectó a la parte del cerebro que se encarga de cocinar. O algo parecido.

El primer mes sobrevivimos porque mis padres estaban en casa con nosotros, y cocinaban ellos. El segundo, sobrevivimos a base de comida que habíamos dejado preparada. Por suerte, planificar se le da bien, y antes de parir compramos un segundo congelador que llenó de comida ya hecha que nos duró como unas 6 semanas.
A partir de ahí, empezamos a sobrevivir a base de comida a domicilio. Y cuando eso empezó a hacer mella en la economía familiar (porque, por desgracia, donde yo vivo el permiso por maternidad solo te da dinero para comprar pipas), empecé a cocinar yo. Cosas sencillas que no llevasen tiempo. Pero el cuerpo, por muy buena que estén unos filetes empanados, me empezaba a pedir a gritos algo con verduras.
Así fue como fui aprendiendo a cocinar nuevas cosas. Y ya, desde que me volví moderna y me abrí cuenta en Insta, pues empecé a hacer cositas más elaboradas, siempre siguiendo una receta.
Con mi marido tuve una crisis grande en la que me llegué a plantear medidas drásticas, pues no movía el culo del sofá ni, aunque le fuera la vida en ello. Hablamos, e hicimos un nuevo reparto de tareas. Funcionó, pero sus cenas se basaban en tirar lo que fuera a la airfryer y hacer la verdura que tocase hervida y listo. Esfuerzo ninguno para alguien que solía hacerlo todo a mano y desde cero.
Pero bueno, cumplía con sus labores y comíamos lo que había que comer. Verduras, proteínas, y algún tipo de hidrato.
Yo, por mi parte, empecé a probar mas cosas y a intentar hacer la comida divertida para los peques. Nada del otro mundo, cortar las verduras en formas divertidas, ponerles el pure de patata con forma de oso, cosas así. Mis hijos comen de todo hoy en día, algo habré hecho bien.
La sorpresa vino hace unas semanas. Recogimos a los peques del cole, y nos estaban contando emocionados lo que habían comido en el cole, cuando soltaron la bomba.
Su comida favorita era la de mamá, después la de la yaya, después la de la cocinera del cole, y la menos favorita la de papá, porque era muy aburrida.
Si al principio os he dicho que a mi marido le gusta cocinar, otra cosa que también le gusta es ganar. A lo que sea, da igual. Fregará los platos más veces de las que le tocan solo por poder decir que ha ganado si lo conviertes en un concurso. Y por lo visto, que sus hijos le dijeran que, de todas las personas que cocinan para ellos, él iba en último lugar, hizo que, milagrosamente, de repente recordara dónde estaban las ollas, las cazuelas, las especias, e incluso la máquina de hacer pasta.

¡Milagro! ¡Milagro! ¡Ha recuperado la memoria! Ese mismo fin de semana, tuvimos pasta de dinosaurios para comer. El domingo por la mañana, como día especial, tortitas con forma de unicornio para desayunar. Y suma y sigue.
Llevamos tres semanas ya que la casa parece un concurso de Masterchef, para ver quién hace la comida o la cena más divertida.
Me estoy planteando enseñarles a los peques a decir que mamá les limpia el culo mejor, para ver si así decide encargarse él de la tarea.
Andrea M.