Mi vida sexual ha sido siempre poco llamativa. Aunque también podría usar otros calificativos cómo escasa, triste o incluso pésima… Tanto en frecuencia como en calidad, pero sobre todo en cuanto a calidad. El mejor sexo que he tenido ha sido conmigo misma y eso que tengo 35. Todos aquellos con los que me he acostado me han decepcionado de una forma u otra, algunos más que otros.
Quizás ha sido mi mala elección para los hombres o mi mala suerte. O también el hecho de que preguntarle a un tío en la primera cita si folla bien es sinónimo de que te diga que si con toda su gran masculinidad viril hombre de las cavernas. Jamás un tío te dirá que folla mal. La mayoría se creen actores porno. Y claro… no existe un currículum sexual que pedir, ni referencias de parejas anteriores con cartas de recomendación.
No os vayáis a creer que busco el hombre perfecto que me empotre contra una pared y me haga gritar su nombre cómo en las películas. No. Alguien me dijo una vez que quizás es que soy de esas mujeres adictas a la literatura erótica y a las películas románticas. Y que quizás por eso esté idealizando el sexo como el placer supremo y la conexión perfecta y claro: Así es imposible que nadie te satisfaga.

A ver… Soy consciente de que con 15 años o incluso 20 pudiera ser… Mis expectativas estaban nubladas por las fantasías que me metía entre pecho y espalda día sí, día también. Pero con 35… mira no. Me conformo con que un polvo dure más de 5 minutos. Con que no tenga que decirle a tío que sólo tengo 3 agujeros en el cuerpo y que uno de ellos no está por ejemplo, en mi ingle. Me conformo con que el tío no me dé un beso en el cuello y luego piense que con eso ya voy más lubricada que un smothie de aloe vera. Pero sobre todo me conformo con que alguien me coja y me escuche cuando digo como quiero algo.
Odiaba profundamente cuando alguien me cogía y me decía: Bueno… eso es que no has probado al adecuado, a mí nunca me ha pasado.
¡Joder! Pues genial para ti, me alegro que tu vida sexual fuera una descripción de 50 sombras de Grey.
Y entonces apareció él. Y no os creáis que fue cosa de llegar y besar el santo… No. Después de tantos años de insatisfacción sexual y de mentiras masculinas, lo que pudiera decirme un hombre a la primera de cambio me lo tomaba a risa. Cuantas veces había escuchado ya eso de: Déjame a mí y verás que cambias de opinión. Y al final lo único que cambiaba era mi mal humor.
Situación: Ave, Madrid-Barcelona. Viaje de trabajo de última hora. Y yo con un mosqueo de la hostia porque no me apetecía perder el finde en un reunión.
Y ahí que me encuentro, pasando los controles en la estación, con mi maleta de mano y mi maletín. Con cara de hastío y molestia y lo veo… Hombre de negocios de mediana edad, atractivo, con traje caro y zapatos relucientes. Pelo oscuro y canas haciendo juego con la barba, parecía salido de un anuncio de colonia de Hugo Boss o algo así. Me mira, lo miro y él continua con lo suyo. Me llamó la atención un segundo, pero luego se me fue de la retina. Empresarios y hombres de negocios cómo él los veo por docenas a diario dónde trabajo. Mucho menos buenorros… pero los veo.
Busco mi asiento, coloco mis cosas y me siento y oigo un:
-Hola.- Levanto la vista y lo veo. Le digo yo también hola con educación y saco un libro. En dos horas y media me ha dado tiempo a leerme muchos libros y además no me corto un pelo. En aquella ocasión estaba con una novela erótica llamada Priest.
Me mira, mira la portada. Y alza una ceja.
-Imagino que no es una historia sobre un cura devoto y casto.- Me dice. La verdad es que no tenía ni idea de a qué venía ese comentario, sobre todo porque no lo conocía de nada y no teníamos tanta confianza. Lo ignoré pensando que sería lo mejor. Pero era complicado leer con aquellos ojos mirándome. Decidí que si me iba a la cafetería no tendría que aguantarlo. Me salió el tiro por la culata porque aparece a los pocos minutos. Se disculpa y me sonríe.
Al final decido no ponerme a la defensiva y le continúo la conversación. Os juro que no sé en qué momento unos pequeños comentarios sobre negocios y completamente neutrales se convirtieron en una discusión sobre sexo. Lo miré y me reí, ¿qué coño iba a hacer? Sabía que en algún momento me diría eso de que él era un crack en la cama y toda esa palabrería que ya había escuchado antes, y aunque el hombre estaba de toma pan y moja, yo no estaba por la labor de probar suerte, cómo en la ruleta rusa.
En ese momento se rió, pero después se puso más serio y me dijo algo así como que él no alardeaba. Y de repente me dice: Puedes comprobarlo tú si quieres.

¿Estás de puta broma? ¿Era una especie de cámara oculta? Porque aquello empezaba a parecerse a un libro de esos que tanto me gustaban a mí. A la típica película caliente. Me negué, le dije que no lo conocía de nada, y que además no estaba dispuesta a echar un polvo de 5 minutos en un baño del tren y que fuera decepcionante. Y no va, me mira y encima con toda la seguridad del mundo me suelta: Hubiera sido un placer.
¡Y hala! Yo ya estaba que me subía por las paredes. Porque encima el tío no lo había dicho con prepotencia ni en plan machirulo. ¡No! Lo había dicho con tranquilidad, con seguridad. ¡A tomar por el culo! Se me quedó cara de subnormal y las bragas mojadas. No lo negaré.
El resto del viaje me dediqué a continuar leyendo, él con el teléfono. Y al llegar a destino se levanta, coge sus cosas, se acerca a mí y se despide con un beso en la mejilla y me susurra al oído que estará en la ciudad hasta mañana y que lo llame si me apetece. Me da una tarjeta y se larga. ¿Pero de qué libro erótico se había escapado este hombre? ¿Estábamos locos o qué?
¿Aún así qué hice esa noche? Pues llamarlo, total de perdidos al río. Que podía ser un lunático, sí. Pero estaba dispuesta a arriesgarme.
Quedamos, cenamos, hablamos, y no se insinuó en toda la noche. ¡Pues anda coño! Resulta que eso me encendía más. ¡Habrase visto!
Acaba todo, pagamos… Importante y conveniente: Su hotel al lado del restaurante. Chico listo. Nos despedimos, me da un beso en el cuello y me dice:
-Podemos dejarlo aquí o puedes dejarme esta noche…
¡Joder! Yo creo que me sonó sexy porque nunca me habían hablado así, o porque llevaba días sin follar. No sé. Os digo que nunca se me había hecho tan lento la subida de un ascensor. Llegamos a su habitación. Me besa, pero de verdad, en condiciones. No como si un perro estuviera bebiendo agua. Me quita la ropa, y lo primero que hace es meterse entre mis piernas sin ni siquiera sugerírselo. No sabía que se podían hacer tantas cosas con la lengua y los dedos. Os lo juro… Y con el resto ni os cuento.
Mi primer empotrador de verdad, que felicidad… Que pensaba que iba a romper la pared de la habitación e íbamos a aparecer en la del vecino. Y encima no se cansaba… Nunca sabré si es que tenía un súper poder o que… Pero aquella forma de follar no era normal. O quizás es que yo no estaba acostumbrada. Ni en mis mejores fantasías me habían dado como aquella noche. ¡Creí que se me iban a saltar los empastes! Que habilidad, que energía que… ¡TODO!
Me presenté al día siguiente a la reunión sin haber dormido y con problemas para sentarme, pero no me quejaré de eso. No lo llamé más… No creí que fuera de esos. O quizás me pareció mejor así. Mis amigas dicen que lo soñé porque suena a película.
¡Pero yo tengo su tarjeta en mi mesita para demostrarlo!