Mis amigas me habían contado que cuando habían quedado por primera vez con alguien de Tinder o cualquier app de ese estilo habían tenido una cena, un polvazo o directamente un fracaso estrepitoso. Pero lo mío fue un subidón de autoestima. Prepara café, que te cuento.

Llegué de vacaciones al pueblo donde siempre habíamos veraneado, el pueblo donde nació mi padre. Era mi primer verano soltera, después de 18 años de puro aburrimiento marital. Bueno, no te voy a engañar: al principio hubo mucho amor y hasta tuvimos hijos, pero los últimos años fueron bastante insípidos.

Pasaban los días y tenía susurros en los oídos, como si fuera la voz de Pepito Grillo. Descubrí un angelito en mi hombro izquierdo diciendo: disfruta de la familia, ve a explorar sitios nuevos, lleva a tus hijos a lugares donde tu padre te llevaba de pequeña. Pero… en el hombro derecho tenía a esa diabla quisquillosa que no paraba de decirme: bájate otra vez Tinder y disfruta de la vida, que además de madre e hija, eres mujer y ¡qué mujeraza!. No les hice ni caso. Seguí con mi plan establecido.

Así que empecé a llevar a mis hijos a sitios chulos, hasta que se cansaron y un día de esos en los que se quisieron quedar con los abuelos, yo me fui a casa de mi hermano a cenar y a pasar el fin de semana. Estuvimos cocinando rico, relajándonos, dando paseos y, en un momento de silencio, escuché otra vez a la diablilla. Entonces no la silencié, le presté atención y ahí, entre un momento de descanso en una hamaca y esa calma que surge cuando tus hijos no están, fue cuando me descargué la app.

Ya sabía qué me encontraría allí dentro. Incluso había buscado información para tener un perfil chulo sin parecer una mojigata ni una leona en pleno celo. Además, ya me la había descargado en otra ocasión, aunque me la quité enseguida. Ahora estaba dispuesta a quedarme, a probar, a conocer a alguien y ver qué surgía. Quería ser coleccionista de momentos.

Un match, una estrella, un “buenos días” y comencé una conversación muy interesante con un chico que parecía bastante friki. Aprovecho para contarte que los frikis no decepcionan: tienen planes divertidos y diferentes. Fíate de los frikis.

En sus fotos había una con un gato. Eso era una garantía: quien tiene un gato es buena gente.
Otra foto con un delantal —no recuerdo con qué dibujo—, lo que sí recuerdo es que no llevaba nada más debajo. Aparecían, en una esquina de la foto, dos redondeces blanquitas a la altura del final de la espalda. Buen culo, pensé. Este dato también es importante: las veces que he quedado con personas que enseñan el culo en sus fotos, me lo he pasado teta. Culo, teta… esta frase es para ponerla en una taza, lo veo.
Otra foto con gallumbos de Goku y cara de feo, haciendo carantoñas. Lo reconozco, ahí me ganó. No por el paquete, mal pensada, sino por la frikada de Goku. Llevo uno tatuado en el brazo derecho, así que pensé que era una señal. Estas cosas que hacemos las frikis: pensar que cualquier chorrada es una señal del universo y luego nos casamos tres veces, trabajamos de mil cosas, nos mudamos, besamos ranas o sapos… y todo es culpa del universo.

Vamos a lo interesante: la cita.

Estuvimos hablando varios días, compartiendo fotos casuales, preguntándonos cómo estábamos y construyendo un vínculo bonito. Entre esas conversaciones, D (así lo vamos a llamar) me contó que una de sus pasiones era la fotografía. Me pasó un enlace de su página web y hasta tuvo un reconocimiento por una de sus fotos. Era preciosa desde mi punto de vista de observadora, porque no tengo ni idea de fotografía, ni de técnica, ni de cámaras, pero sé que era sensual y artística a partes iguales.

Llegó el día. Quedamos a una hora en el paseo del pueblo. Aquí tengo que hacer un inciso importante: era la primera vez en mi vida, con 40 tacos, que me subía al coche de un desconocido. Bueno, no era tan desconocido, pero me entenderéis las que tenéis más o menos mi edad.

Yo tenía a mi angelito del hombro izquierdo diciendo: ¿Dónde vas, alma de cántaro? Tira pa casa. Y en el hombro derecho, la diablilla estaba haciendo ese baile con los brazos que se mueven en dirección contraria al cuerpo, mientras tarareaba una canción. Qué contenta estaba la cabrona.

Entre nervios y ganas llegó D. Lo saludé rápido dentro del coche y nos fuimos a la playa. Ese era el plan: cita en la playa para ver el atardecer.

Algo que me sorprendió mucho fue cuando abrió una neverita pequeña que llevaba y me dio un té frío. Me dijo que en una de esas fotos que compartimos me vio bebiendo uno y pensó que me gustaría. Estuve a punto de pedirle matrimonio. Vaya detallazo.

Y aquí vino el momento clave de la cita. Sacó la pedazo de cámara de fotos y me dijo:
—La traje por si te apetecía que te hiciera una sesión con el atardecer. Solamente si estás cómoda y confías en mí; llegaremos donde tú quieras llegar.

Me hizo unas fotos preciosas, menos una en la que me alcanzó una ola por sorpresa y salgo con cara de dinosaurio rugiendo. Pero las otras son un recordatorio de que, aun teniendo 40 años y siendo madre, seguía siendo sexy, guapa y podía ser solo mujer, sin más adornos.

Me sentí diosa empoderada. Él me iba indicando y yo iba posando.

Acabé desnuda, de espaldas a él. Solo se veía una silueta, con un moño alto y unos pendientes enormes. Un sol rojizo de fondo, el sonido del mar y un chico con una cámara recordándome e inmortalizando un momento que decía, sin hablar, que era más que una jefa, que una madre, que una hija… Era yo y solo yo.

Me hice una taza con una de esas fotos, sí, la del culo, y cada vez que la veo me acuerdo de ese momento en el que mi autoestima creció hasta esconder el sol.

Y no, no hubo polvo. Al despedirnos me dijo que si le regalaba un beso, y eso es lo que se llevó: un beso con sabor a mujer que se acaba de reencontrar.

Raquel Romarís