Esta historia me pasó hace varios años, pero cada vez que la recuerdo pienso lo mismo: hay experiencias que te quitan las ganas de repetirlas… de por vida.
Todo comenzó un sábado cualquiera. Fui con una amiga a una discoteca de moda de nuestra ciudad. La emoción estaba a tope, la música a todo volumen y el ambiente cargado de gente con ganas de divertirse. Allí lo vi: un chico buenorro. Nos intercambiamos los números. No me lo podía creer: guapo, encantador… y un poco picarón. Resultó ser un ex participante de Mujeres, Hombres y Viceversa. ¿Lo recordáis? Era como La isla de las tentaciones de la época.
Follodramas y relatos eróticos, el canal
Alfonso —que así lo llamaré— estaba bastante bien de dinero. Me llevaba a restaurantes donde solo mirar la cuenta te daba un infarto, paseos en barco, escapadas románticas… y el sexo… bueno, el sexo era de otro planeta. Cada vez que recuerdo sus abdominales y cómo lo hacíamos, me tiemblan las piernas. Estaba loca por él, perdida, flotando en una nube durante meses. Todo parecía perfecto… hasta que no lo fue.
Poco a poco, Alfonso —picaflor a leguas— empezó a pasar de mí. Hasta que un día me propuso un plan “diferente”, uno que solía hacer cuando tenía pareja (aunque lo nuestro no era exactamente eso). ¿Adivináis? Exacto: un intercambio de parejas en uno de los locales de moda. Dudé. Mucho. Pero ingenua de mí, pensé que así se daría cuenta de que yo era la única chica con la que quería estar. ¡Error!
Llegó el gran día. Me vestí lo más sexy y despampanante que pude: vestido negro ajustado que no dejaba nada a la imaginación, tacones de infarto, maquillaje perfecto. Quería que se atragantara al verme. Y él, con su atractivo natural y una camisa con un par de botones desabrochados. Lo miraba y yo solo quería disfrutar de aquel dios del Olimpo… yo sola.
Entramos y había una luz tenue, un ambiente sexy que invitaba a hacer cosas que mejor no contar. Comenzaron a acercarse parejas muy atractivas. Yo las rechazaba todas, diciéndole a Alfonso que ninguna me convencía. Cada vez me sentía más tensa, con la adrenalina a tope y el corazón latiendo a mil por hora. Hasta que Alfonso empezó a olerse el pastel: llegó la pareja que él quería y esta vez ni me preguntó.
Me quedé blanca y no sabía dónde meterme. Fui al baño, respiré profundamente y me repetí: “Tú puedes, tú puedes…”. Estaba temblando como un flan, pero fui valiente y volví a la habitación donde el resto me esperaba.
Allí estaban los tres: la chica estaba completamente desnuda y los chicos besándola y acariciándola. El otro chico, al verme a mí, dejó que Alfonso continuara con su chica y empezó a besarme suavemente el cuello, mientras Alfonso ya empezaba a bajar al pilón con su pareja.
Yo solo quería salir corriendo de allí. Me sentía sucia, nerviosa, sobrepasada y, para nada, excitada. Así que, por impulso, empujé al chico con todas mis fuerzas y salí sin mirar atrás. Y lo cierto es que no me arrepiento: hay gente a la que todo eso le pone a cien, pero no es mi caso.
Alfonso, para variar, nunca volvió a contactarme, y mi amor por él se desvaneció por completo.
Así que sí, soy una persona aburrida: quiero una relación tranquila con un chico que quiera lo mismo que yo. Pero, oye… al menos tengo una anécdota que hará que me miren raro en cualquier cena. Y si alguien me pregunta por qué me meto en esos líos, solo sonrío y pienso: “Aprendí la lección de la forma más divertida”.
Sofía Estrella