Nunca me ha llamado la atención en absoluto eso de conducir. Tampoco ayuda el hecho de que no necesite un coche para desplazarme, ya que, por suerte, puedo moverme por toda mi ciudad en transporte público. Sin embargo, todas mis amigas fueron sacándose el carnet de conducir y, cuando quise darme cuenta, yo era la única que no lo tenía. No era algo que me preocupara especialmente, pero desde que cumplí los dieciocho, mis padres no dejaban de darme la turra con el tema y, finalmente, decidí apuntarme a la autoescuela solo por dejar de escucharles.

Por circunstancias de la vida con nombre de novio tóxico, mi autoestima no estaba atravesando su mejor momento. Aunque a aquellas alturas de la película ya estaba soltera y me encontraba bastante mejor conmigo misma, aún quedaba un camino muy largo por delante y mucho trabajo por hacer. Ese fue otro de los motivos que me llevó a querer sacarme el carnet: el hecho de demostrarme a mí misma que era capaz de conseguir todo aquello que me proponía y, sobre todo, que era fuerte, valiente y muy válida. Y ahí estaba yo, a mis casi treinta palos, luchando contra mis fantasmas.

Siempre he sido una persona bastante impaciente, así que las clases teóricas se me hicieron un poco cuesta arriba; lo que yo quería era examinarme cuanto antes y quitarme aquella presión de encima. Con todo, empecé a cogerle el gusto a eso de ir a clase y hacer test se convirtió en una rutina. Además, el hecho de que mi profesor fuera un tío súper enrollado y divertido, que hacía las clases bastante amenas, ayudaba mucho. Era un tipo joven con el que enseguida hice buenas migas, ya que yo era la única alumna con una edad parecida a la suya.

A los pocos meses, aprobé el examen teórico y pude empezar a coger el coche para hacer prácticas. Lo cierto es que estaba muerta de miedo, ponerme al frente de un volante me imponía muchísimo. Con todo, mi profesor supo darme ánimos e infundirme el valor suficiente y, a la segunda o tercera clase, ya me sentía mucho más confiada. Durante aquellas clases tuvimos más tiempo para conocernos algo mejor y, para mi sorpresa, descubrí que teníamos bastantes cosas en común, como nuestro grupo favorito. Nos pasábamos las horas conduciendo y escuchando música mientras yo aprendía a tomar una rotonda o a aparcar.

No es que nos hiciéramos amigos, ni mucho menos, pero sí había cierta complicidad, aunque nunca dio muestras de ser un cerdo ni de que tuviera ningún tipo de interés romántico o sexual en mí. Sin embargo, un día, en el que yo conducía súper concentrada en hora punta por la autovía, sentí cómo ponía su mano en mi muslo, muy cerca de mis partes. Me quedé en shock y la verdad es que no supe cómo reaccionar, así que me quedé muy quieta, con miedo a tener un accidente de tan nerviosa como me puse.

Sospecho que interpretó mi silencio como una especie de invitación, ya que su mano fue subiendo y empezó a acariciarme por encima del pantalón. Fue entonces cuando reaccioné moviendo las piernas con fuerza hacia un lado para quitarme sus manos de encima. Tuvo que agarrar el volante porque por poco estampo el coche contra el guardarraíl de la carretera. Conduje hacia la autoescuela en un silencio absoluto, como si nada hubiera pasado. No hablamos del tema y él no se disculpó.

Cuando llegamos, no pronuncié una sola palabra. No sé por qué. Supongo que sentía una mezcla de miedo, estupefacción y vergüenza, porque, en el fondo, sabía que alguien podría pensar que yo le había incitado a ello. Pero el universo quiso que, de camino a mi casa, me encontrara con una de mis amigas y no pude evitar romperme y echarme a llorar. Fue ella quien se presentó en la autoescuela minutos después para avisar a mi profesor de que fuera buscándose un abogado, mientras los allí presentes tuvieron que sujetarla para que no le agrediera. Mientras tanto, ajena a todo ello, yo estaba en el hospital sufriendo el mayor ataque de pánico de toda mi vida.

Al principio no quise denunciar; me daba miedo que todo aquello quedara en nada y que, encima, me tachasen de loca, de haberme inventado todo. Prefería intentar pasar página, cambiar de autoescuela y olvidarme de todo. Pero no fui capaz.

A los pocos días, una chica con la que había ido a clases teóricas me escribió para decirme que se había enterado del incidente por mi amiga y, cuando le conté el motivo por el cual todo había terminado de aquella forma, me confesó que ella había pedido el cambio de profesor meses atrás por la misma razón. Resulta que no era la primera vez que aquel tipo hacía algo así, y al ver que sus actos no tenían consecuencias se sentía completamente seguro.

Fue entonces cuando decidí que tenía que denunciar, por mí y por todas las chicas que podían verse en aquella situación en un futuro. Mi compañera también se animó a denunciar y, pasados unos meses, cuando se corrió la voz, pudimos comprobar, con mucha tristeza, que no éramos las únicas.

Nos enteramos por otras personas que seguían yendo a aquella autoescuela que otras dos chicas, que también habían sufrido abusos por parte de este chico, habían interpuesto una denuncia al saber que no estaban solas. Bastante tiempo después supe que la autoescuela había cerrado sus puertas porque mucha gente se dio de baja como consecuencia de todo este follón.

Me encantaría poder contaros cómo este tipejo recibió su merecido, pero por desgracia lo único que conseguimos fue que le condenaran a pagar una multa irrisoria y que le despidieran. Por suerte, no he vuelto a verle nunca.

Me costó mucho tiempo retomar las clases y conducir a solas con un hombre se convirtió en una pesadilla para mí. Con todo, a día de hoy me encuentro totalmente recuperada y puedo decir que conseguí superar todos mis miedos y aprobar el examen práctico a la primera, como una campeona.

Envía tus movidas a [email protected]