Hay lugares tan oscuros del Internet que dan para inspirar series tan desgarradoras como Adolescencia o tan cómicas como Machos alfa. En esos rincones recónditos, que pasan inadvertidos para el común de los mortales, se suceden las conjuras contras las mujeres, los rojos, los moros y otras “dolencias” de la humanidad, a juicio de los Hitlers de hoy día.
Pero esos son lugares profundos y dañinos a los que yo no llego. No hablo de los foros ocultos, sino de sitios que permanecen a la vista de todos. Conversaciones tan públicas y accesibles que podrían estar en el perfil de Instagram de tal o cual periódico o influencer.
Hace unos años que entré en un foro con amplísima mayoría de hombres. Hombres hetero, diría. Mi intención no era observarlos, menos aún desenmascararlos, sino participar de la conversación como una usuaria más. Algunos de los temas que trataban me interesaban mucho de forma genuina y directa.
Al ser un foro de hombres y tratar cosas típicamente masculinas, decidí escribir en neutro. Nunca he revelado que soy una tía. No creo que no les importara. Estoy segura de que algunos, acostumbrados a tratarme en masculino, se sentirían engañados si me revelo como mujer.
La desolación de los José Luises
Las conversaciones en las que suelo participar no tienen nada que ver con la política ni con movimientos sociales como el feminismo, pero de vez en cuando hay temas de actualidad que trascienden por algún motivo y los mensajes de los “opinadores” se suceden. Ahí es cuando se me viene el mundo encima. Pongo ejemplos.
Una vez saltó a los hilos principales la noticia de un futbolista acusado de abuso a un par de chicas. El 90% de los mensajes ni se planteaban la posibilidad de que las chicas lo hubieran pasado mal. Los posts a los que se adherían la inmensa mayoría de los usuarios:
“Ha enterrado su carrera para el resto de su vida porque, aunque luego se demostrara que es mentira, si una tía te quiere hundir, te va a hundir. La ley ya no es igual para todos”.
“A ver, chica, tú te vas al reservado con un futbolista y ¿qué esperas que pase? ¿Que saque el parchís?”.
Y había mensajes extremos del tipo:
“Deberíamos dejar de follar con las tías y que tuvieran que meterse calabacines, por perras”.

Otra vez la noticia que se mantuvo en primera plana fue la de una influencer que, a lágrima viva, contaba la verdadera pesadilla que estaba viviendo con un tío que la estaba acosando a niveles de thriller. El 90% de los mensajes era del tipo:
“No me dan ninguna lástima estas tías, que lo único que quieren es hacerse famosas a toda costa. Vives de vender de tu vida, ¿qué esperabas? Si de verdad la están acosando, cosa que dudo, lo que tiene que hacer es ir a la policía”.
Una minoría de mensajes quiere aportar sensatez. De vez en cuando aparece algún usuario que se desfonda en explicar que lo que los demás están diciendo es misógino. Lamentablemente, pasan desapercibidos entre todo el ruido que hacen los mayoritarios, luego lo que se produce en el foro es una espiral de silencio: escriben los usuarios que se adhieren a la corriente mayoritaria de opinión para reforzar su pertenencia a la comunidad; el resto se calla por no sentirse fuera, por no recibir etiquetas del tipo “planchabragas” o por anteponer su salud mental a una tarea tan agotadora como hacer reflexionar a lo foreros.

Lo peor de todo esto es que, como digo, yo no entré en el foro con intención de hacer un estudio sociológico ni nada por el estilo, solo por participar de ciertas conversaciones. Y, a veces, me he contagiado tanto con el espíritu del foro que he canalizado mi lado más machista al escribir, que existe. Alguna vez he releído mis mensajes y me he avergonzado de haber escrito algo que ya permanecerá imborrable. Es un ejemplo de cómo, sutilmente, nos plegamos a las mayorías y nos hacemos parte del rebaño.
La machosfera no es eso que opera de manera oculta, sino que se manifiesta por todas partes en el vasto mundo de internet. Tiene más tentáculos de los que imaginamos, como el sistema patriarcal. Y contagia no solo a quienes entran de manera colateral, como yo, sino a jóvenes permeables.
Hace poco he decidido no dejarme llevar por el desánimo y seguir ocupando un espacio online que no tiene que ser solo de «joseluises». Cuando me siento a tono, contesto y confronto. A veces de forma pedagógica y empática, otras con mordacidad e inquina. Es un frente en el que creo que merece la pena estar e intentar no perderse. Quizás algunos de esos mensajes minoritarios sirvan como pequeñas luces encendidas en el fango.