La madre de mi sobrino decidió tomarse un descanso profesional largo para cuidar a su hijo durante sus primeros años. Fue una decisión personal que tomó libremente porque se lo podía permitir, nadie la obligó ni se sintió forzada por unas circunstancias poco propicias para la conciliación. El niño tiene suficientes personas en su entorno que podían echar un cable sin que la madre tuviera que renunciar a su desarrollo profesional ni al recorte obvio de la economía familiar.
Simplemente, ella quería estar involucrada al 100% en su crianza. Para muchos, es un ejemplo de madre que se hace presente y no quiere perderse nada de los primeros años de vida de su hijo, que vuelan y no vuelven. Para otros, eso es propio de una madre posesiva y controladora que no quiere perder de vista a su hijo y está obstaculizando su socialización. En esto de la crianza todo el mundo quiere opinar, ya se sabe.
El niño no fue a centro infantil alguno. Su madre se dedicó a leer y hacer cursos online sobre educación en casa e intentó establecer una rutina más o menos coherente. Hay que reconocerle el esfuerzo y los resultados, porque mi sobrino es un niño autosuficiente (dentro de lo que puede serlo a su edad), inteligente y muy despierto.
Pero el niño cumplió 3 años y a ella se le agotó el tiempo de excedencia que había solicitado, así que llegó el temido momento de entrar en el cole. Temido por ella, el niño tenía ilusión. Pero, al pobre mío, le está costando adaptarse.

Acostumbrado a la anarquía
Por mucho que su madre tratara de establecer una rutina y transmitirle obediencia y disciplina, el niño estaba en su casa, con sus cosas y con una figura de autoridad que no era otra que su madre, que él sabe que lo quiere más que a nada en el mundo. Fue llegar al aula y darse de bruces con la realidad: ni es el único para recibir atenciones ni había libertad alguna para las tareas.
A mi sobrino le está costando entender por qué tiene que terminar una ficha antes de ponerse a jugar con los otros niños, por qué tiene que comer o salir al patio cuando lo dice la maestra, y por qué esa misma maestra no está todo el tiempo a su lado supervisando lo que hace, como hacía su madre. La reclama y la desobedece continuamente. Que haya otros 20 niños en la clase es una cosa testimonial. Están de figurantes. Están de relleno, pensará él, que es el verdadero y único protagonista.
Otro día podemos debatir sobre el agente de socialización y la herramienta de modelado prosistema que es el colegio. Al colegio no solo se va a aprender una cuestiones básicas de supervivencia y cuidado personal para la autonomía, ni ciencias básicas para la cultura general y el desarrollo intelectual. Al colegio también se va para aprender a ser un ciudadano obediente y dar importancia al orden social.
No es una crítica, a mi no me parece mal. Pero que el colegio moldea y va restando creatividad y espontaneidad es un hecho. Nada tiene que ver con la vocación de maestras y maestros, ni con sus habilidades, que no pongo en duda.
“Otra vez ha llorado hoy”
La madre de mi sobrino dejó al niño en el colegio y volvió a su casa llorando. Luego se incorporó al trabajo y le costó adaptarse, porque no daba pie con bola pensando en cómo estaría su criatura.
Todo lo que mi sobrino le cuenta a ella le sirve para reforzar su punto de vista: que la maestra no lo hace bien, no lo atiende en condiciones y no da libertad a los niños para que sean niños. Su hijo estaría mejor en su casa, con ella, y no debería ir hasta que no empiece la etapa obligatoria.
Mi hermano es un convidado de piedra en esta historia. Desde que ella solicitó la excedencia, él echa más horas en su negocio para compensar. Ahora se siente incapaz de poner límites porque ella ha acaparado todas las decisiones de crianza. Intenta relativizar todo lo que el niño cuenta del colegio. La maestra es una buena profesional, según confirman el resto de madres y padres, que no tienen ningún problema con ella. Simplemente, el niño ha descubierto una fisura en la credibilidad de su “seño”: sabe que su madre estaba tan encantada de estar en casa con él como al revés, y utiliza todas sus herramientas para volver a la su vida anterior.
Su madre pone a la maestra como un trapo, cada vez más agresiva y nerviosa cuando habla de ella. El numerito que le va a montar se ve venir a kilómetros, y las consecuencias son difíciles de predecir. La verdad, no me gustaría ser ni la maestra ni la madre de ningún niño de su clase durante los años que dure el colegio. Ya es bastante difícil intentar entenderla todo el tiempo y acatar el espacio al que me relega por ser parte de la familia paterna. Ojalá me equivoque, pero creo que mi sobrino va a ser el principal perjudicado.