Mi pareja y yo vivimos a cientos de kilómetros de distancia de nuestra ciudad de origen, que es la misma en ambos casos. Nos trasladamos aquí de manera temporal, pero las condiciones de vida favorables han motivado que echemos raíces: el clima, las oportunidades laborales, los círculos crecientes de amistad, los atractivos de ocio… Ya sabéis.

El problema es que vivimos de alquiler. La situación de la vivienda cada vez es más insostenible en general, de manera que nos urge tener algo en propiedad para lo que pueda sobrevenir en el futuro. Entre otras cosas, porque nunca se sabe cuándo te pueden subir el alquiler o invitarte a que te marches para que entre el hijo de la casera, por ejemplo, o porque la quiere poner de alquiler vacacional.

Querríamos invertir en una vivienda propia, pero no tenemos dinero suficiente. La vida nos arrolla. Hemos conseguido tener ahorros significativos en alguna ocasión, pero no nos han durado. A veces porque hemos tenido que usarlos para ir tirando porque todo se ha encarecido mientras nuestros ingresos han permanecido igual. Otras veces porque el flujo de trabajo ha decrecido mucho y no nos daba. Incluso una vez tuve que someterme a una intervención quirúrgica bucodental costosa y no me daba con mis ingresos regulares.

La solución

En esas circunstancias estábamos cuando hace poco se nos presentó una posible solución factible. Mis padres suelen venir mucho de visita al sitio en el que residimos ahora. El entorno les gusta desde siempre y ahora, que ambos están a punto de jubilarse, se plantean comprar una vivienda aquí. Más aún con la motivación extra de tener aquí a su hija.

A través de herencias y de lo que han ahorrado en toda una vida de trabajo duro, ellos tienen liquidez suficiente como para afrontar el pago de la entrada de una vivienda que, lógicamente, estaría a su nombre. Lo que no desean es tener que afrontar el pago de una hipoteca en cuotas mensuales porque eso recortaría su dinero disponible mes a mes. Además, después de haber pagado su casa con muchas fatigas, y con la edad que tienen, no quieren echarse esa carga.

Lo que mis padres nos han planteado es que ellos pagarían la entrada de una casa aquí y nosotros nos mudaríamos y pagaríamos las cuotas de la hipoteca en concepto de alquiler. A mí me parece buen trato porque no supondría grandes cambios más allá de la mudanza, ya que seguiríamos pagando alquiler. Solo que, en lugar de pagárselo a una desconocida para vivir en una casa que nunca será nuestra, se lo pagaríamos a mis padres y ayudaríamos a ampliar un patrimonio familiar del que yo seré beneficiaria directa el día de mañana.

Las reticencias de mi pareja

Mi pareja no acoge la iniciativa con tanto entusiasmo como yo, algo que entiendo. Para empezar, no estaría invirtiendo directamente en una casa propia, ni siquiera mía, sino de mis padres. Si algo sucede el día de mañana y rompemos, toda la inversión que él hiciese caería en saco roto. Pero ¿acaso no es lo mismo con el alquiler actual? ¿Qué beneficio a largo plazo está obteniendo él ahora, más allá de vivir en una casa y un entorno que nos gusta? Ningún beneficio.

Otra de sus reticencias tiene que ver con el compromiso a largo plazo. Nuestra estancia aquí se ha alargado por una serie de circunstancias, pero todos nuestros familiares y amigos están en nuestra ciudad de origen. Su familia se ha ampliado y los nuevos miembros le tiran, como se suele decir. Él dice que es feliz aquí, pero sé que en su horizonte personal está la idea de volver. A veces lo ve en un horizonte de cuatro o cinco años. Pero otras veces, cuando pasa algo importante allí (una boda, un funeral, etc.), visualiza nuestro regreso como algo inminente. Él tiene trabajo aquí, pero ni es fijo ni es de su sector. Yo trabajo desde casa.

Si mis padres invierten en una vivienda cuyas cuotas hipotecarias nosotros tenemos que abonar, teme quedarse “atrapado” aquí. Sin embargo, mis padres ya nos han dicho que, cuando decidamos volver, podríamos pagar las cuotas que quedaran de hipoteca a medias.

Un último obstáculo que mi pareja pone tiene que ver con la posible alteración de su vida cotidiana. En una casa que sería de sus suegros, sus suegros pueden aparecer cuando quieran y él se vería obligado a compartir espacio con ellos. Tienen buena relación, pero, aún así, es una alteración que yo misma temo que nos afecte demasiado.

La solución, en este caso, sería encontrar una vivienda con suficientes estancias como para que cada cual haga su vida de manera independiente, o lo más independiente posible. En eso manda el mercado inmobiliario y la inversión que mis padres quieran hacer, que tampoco es alta.

Está claro que es una decisión importante que nos atañe solo a nosotros y hay que sentarse a meditarla bien, pero las opiniones externas y neutrales siempre dan perspectiva. ¿Cómo lo veis?