Mi suegra es una señora especial. Tiene un carácter bastante complicado. Es muy seca, muy brusca a veces y no se calla, dice las cosas sin importarle si con sus palabras hace daño a la gente.
Todo esto lo he descubierto con el tiempo, pero cuando empecé con mi novio y me la presentó, yo lo pasé fatal. Soy una persona muy reservada y su forma de ser me intimidaba mucho. Además, me hacía sentir mal con ciertos comentarios que hacía.
Al principio no me los hacía a mí, pero me daba por aludida. Mi novio es un chico muy delgado y yo estoy entradita en carnes. Pues siempre que íbamos a su casa a comer le decía a su hijo cosas como: “¡No comas más pan que te vas a poner fondón!”. Le limitaba los platos que podía comerse, no le dejaba repetir y le ponía caras acusatorias. Además de sugerirle que hiciera más ejercicio para perder esa barriguita que estaba echando.

Como os comentaba, no me lo decía a mí directamente, pero viéndole a él que es un palo y yo que me sobran unos kilos, pues ese tipo de comentarios y gestos me hacían sentir mal. Pero el verdadero problema empezó con los regalos.
La primera vez que me regaló ropa fue en mi cumpleaños. Yo llevaba ya con mi pareja casi dos años, pero hasta entonces no había recibido nunca un regalo de parte de su madre. Abrí la caja emocionada, pensando que mi suegra había querido tener un detalle conmigo. Dentro había un vestido precioso, de gasa y con un estampado de flores que era totalmente de mi estilo. Me encantó. Pero cuando vi la talla me quedé un poco abatida, eran dos tallas menos de la que uso.
Quise creer que había sido un error, que mi suegra se había equivocado de talla. Agradecí el regalo y le comenté que me encantaba el vestido, pero que necesitaba el ticket de compra para cambiarlo porque me iba a estar pequeño. Lo que ella me respondió me dejó ojiplática.
—¡Ya lo sé! Pero es para que te motives y adelgaces —me soltó con una sonrisa.

Quedé muda. No sabía si reír, llorar o soltar alguna respuesta sarcástica, así que sonreí falsamente y no dije nada.
Pensé que aquello se quedaría en una desagradable anécdota, pero se repitió. En Navidad me regaló una blusa ajustadísima, también de una talla mucho menor a la mía.
—Pronto te quedará perfecta —dijo mientras los demás familiares seguían abriendo sus regalos sin notar el dardo envenenado que acababa de lanzar.
Después de ese segundo obsequio, hablé con mi novio, que se limitó a excusar a su madre. Me dijo que ella era así con todo el mundo, que era una persona muy crítica y que tenía la mala manía de meterse en la vida de los demás, pero que no se lo tuviera en cuenta.
Pero lo de los regalos no era todo. Cada vez que organizaba comidas familiares, se las ingeniaba para preparar platos cargados de ingredientes que yo no podía comer. Soy intolerante a la lactosa, algo que ella sabe perfectamente, pero eso no impedía que sus recetas siempre incluyeran queso, nata o cualquier otro lácteo.
—Ay, se me olvidó —decía con fingida sorpresa cada vez que le recordaba mi intolerancia.
El colmo fue un domingo en el que preparó lasaña y me puso delante una ración cubierta de queso fundido.
—Bueno, por una vez no te va a hacer daño —dijo con un tono que no admitía protesta.
Me sentía constantemente juzgada y ninguneada por una persona que debería, al menos, tener un trato cordial conmigo. Después de aquel almuerzo de lasaña, en el que acabé comiendo ensalada, con el correspondiente comentario por su parte de que me venía mejor eso porque era más saludable que la lasaña, decidí que era el momento de poner un límite.

Esa tarde, cuando regresamos a casa, hablé con mi novio de manera firme. Le dije que entendía que su madre era una persona complicada, pero que yo no tenía por qué seguir soportando su actitud desconsiderada. Le pedí que hablara con ella y le dejara claro que sus comentarios sobre mi peso y sus regalos con segundas intenciones eran inaceptables.
La conversación con su madre, según me contó después, no fue sencilla. Ella se ofendió y aseguró que yo estaba exagerando. Dijo que sus regalos eran «con buena intención». A pesar de sus excusas, mi novio logró que entendiera que debía moderarse.
Durante las siguientes semanas, las cosas mejoraron ligeramente. Dejó de hacerme comentarios despectivos y cambió los menús por recetas que yo podía comer. Pero la prueba de fuego fue mi siguiente cumpleaños.
Mi suegra me entregó una bolsa de regalo con una sonrisa. Abrí el paquete con cierto temor, esperando encontrar otra prenda dos tallas menor. Para mi sorpresa, era un bolso. El regalo perfecto para no insinuar nada ni mandarme ninguna indirecta.
A pesar de ese gesto positivo, sabía que no podía bajar la guardia. Las personas no cambian de la noche a la mañana.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.