Hay regalos que te marcan: un viaje sorpresa, el anillo de compromiso cuando tu novio te pide matrimonio, un pastelito de los que te gustan… Y luego está el regalo que me hizo replantearte hasta mi matrimonio: una faja reductora.
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Y que conste que no fue mi marido el artífice de tal despropósito de regalo, pero fue colaborador y eso me dolió más que mil traiciones.
Celebramos mi 35 cumpleaños en casa. Pusimos un picoteo, unas cervezas e invitamos a unos amigos, a mis cuñados y a mi suegra.
Esta última apareció con una bolsa de una tienda de ropa íntima, de esas típicas tiendas que hay en los barrios que llevan allí toda la vida, que la dueña y dependienta, que está a punto ya de jubilarse, conoce a tu suegra porque lleva vendiéndole sujetadores media vida.
Cuando vi aquella bolsa ya supuse que no podía ser nada bueno. Pero quise ser optimista y pensé que igual me había comprado un picardías o un conjunto bonito de lencería, para que le hiciera por la noche el helicóptero a su hijo.
Pero, ¿qué suegra te va a regalar algo sexy que te haga parecer un ángel de Victoria Secret? Pues, obviamente, ninguna.

—Es algo práctico —dijo.
Pues un conjuntos lencero ya no es, pensé yo.
Abrí el paquete y mi cara debió de ser un poema. Era una faja fea como ella sola. Al menos si hubiera sido negra, pero no, color carne. De esas que te la pones, te ve tu marido y se le baja el asunto para para siempre.
En la caja se podía leer en letras bien grandes: “Reduce hasta una talla al instante”.
O sea, que según mi suegra yo necesitaba reducir una talla. Y no mañana, no con dieta o con ejercicio. No. Lo necesitaba al instante.
Miré la caja. Miré a mi suegra. Miré a mi marido. Volví a mirar la caja.
—¡Te va a estilizar muchísimo! —añadió ella, sonriente.
Estilizar. Ese verbo que las señoras utilizan cuando no quieren decir “disimular” la barriga que tienes.
En ese momento creo que me empezó a salir humo por los oídos, porque una cosa es que tú te mires al espejo y pienses: “uff, igual he cogido unos kilos”. Y otra muy distinta es que tu suegra decida que te hace falta una faja reductora para que no se te noten tanto los michelines.
Yo no dije nada durante cinco segundos. Cinco segundos en los que pasé por todas las fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y ganas de lanzarle la faja a la cabeza.

—¿Te gusta? —preguntó.
Ahí exploté.
—¿Me estás llamando gorda? —solté.
Silencio.
Mi marido, que hasta ese momento estaba feliz comiéndose un trozo de tarta, hasta se atragantó.
—¡Pero qué dices! —respondió ella, ofendidísima—. ¡Es un regalo! ¡Pensaba que te iba a gustar!
Y empezó la retahíla de excusas para hacerse la víctima: que si yo siempre malinterpreto todo, que cómo me va a llamar ella gorda, ¡por dios bendito!, si ella usa una igual y está encantada. Además, que antes de comprarla le preguntó a su hijo y le dijo que sí, que era un regalo estupendo.
Entonces miré a mi marido con los ojos inyectados en sangre. Yo ya estaba buscando mentalmente teléfonos de abogados divorcistas. Él, con cara de no saber dónde meterse, se levantó del asiento y balbuceó:
—Cariño… yo… yo solo le dije la talla a mi madre… no sabía qué iba a comprar…
¡Ah, claro! Todo tiene sentido ahora: mi suegra, la mujer que me había regalado la faja, no era la culpable, sino que yo tenía a un marido cómplice que había colaborado en mi humillación. Respiré hondo, conté hasta diez y decidí que era el momento de explotar.
—¿Cómo que solo le dijiste la talla? —solté—. ¿Estabas al tanto de que me iba a regalar un trozo de lycra para insinuar que estoy pasada de kilos? ¿O no?
Mi marido levantó las manos, como pidiendo clemencia, mientras su cara se ponía roja, blanca, azul y finalmente gris, como si fuera un semáforo humano colapsando.
—Pero… es que… yo no sabía que iba a ser una faja así… —insistió—. Solo dije que tu talla es la 44… no pensé que fuera a comprar esto.
Lo mejor fue cuando ella añadió:
—Además, cogí una talla más por si acaso.

La fulminé con la mirada. Pero como no quería seguir dándole coba a mi suegra, metí la dichosa faja en su bolsa y le solté un “gracias” desganado. A lo que ella, que no se puede quedar callada, contestó de una manera muy condescendiente:
—¡Ay hija! ¡Pues no te la pongas!
La conversación acabó ahí. Y también mi fiesta de cumpleaños porque yo no tenía ganas de seguir abriendo regalos.
Y por la noche, cuando todos se habían ido, la bronca con mi esposo fue épica. Él dice que su madre le preguntó mi talla y que le dijo que me iba a comprar una faja, pero él se defiende diciendo que no sabía que me iba a sentar tan mal, que él pensaba que una faja era una prenda que usamos todas las mujeres, que no lo veía como algo malo.
Pues no querido. No lo usamos todas las mujeres. Algunas estamos orgullosas de nuestras lorzas y no queremos embutirnos en una prenda elástica como si fuéramos un chorizo.
Él se disculpó mil veces. Mi suegra jamás. Al fina cogí la faja y la vendí en el Vinted. Era de una marca cara y estaba nueva con las etiquetas, así que me dieron un buen dinero por ella.