Mi suegra fue hasta hace poco tiempo una mujer fuerte, resiliente y muy activa. Sin embargo, a raíz de enviudar, la salud la fue abandonando poco a poco. Fue como si su cuerpo hubiera decidido ceder a la tristeza y todo se viniera abajo. Con el paso del tiempo recuperó el ánimo, sin embargo, su fortaleza física no regresó.

La mujer pasó de ser independiente, de hacer vida social, cuidar de su casa, de sí misma e incluso de sus nietos, a estar constantemente de un médico a otro y a necesitar ayuda para hacer la compra, preparar la comida o asearse como Dios manda. Y lo peor de todo es que no decía nada. Intentaba seguir llegando a todo lo que llegaba, aun cuando cada vez le costaba más. Se resistió todo lo que pudo a los achaques de la edad que había ido logrando esquivar hasta entonces. Hasta que ya no pudo más y por fin pidió ayuda.

Sus hijos empezaron a valorar la opción de contratar a alguien que le echara una mano en su casa e incluso visitaron algunas residencias. Privadas, claro. La lista de espera en las públicas es de locos. Yo no quería meterme, pero no estaba muy de acuerdo en cómo lo estaban enfocando. Suerte que mi marido tiene una forma de ser y pensar muy similar a la mía y la idea salió de él.

Se lo planteó a sus hermanos, le dieron no pocas vueltas y, finalmente, se lo propuso a su madre. La mujer se mostró tan encantada que me dio la sensación de que era lo que quería desde un principio y no se había atrevido a decirlo a las claras. Así que, en cuestión de pocos días, lo pusimos en práctica. Desde hace casi un año mi suegra nos paga un sueldo por cuidarla y todos tan felices.

Se mudó a nuestra casa después de negociar el dinero que quería aportar y que aceptamos cuando conseguimos que bajara la cifra a una cantidad razonable y que no le obligara a poner en alquiler su vivienda.

Pretendía pagarnos casi lo mismo que le costaría la residencia, lo cual no era justo. Porque es verdad que estando con nosotros ella no tiene que hacer nada más que estar tranquilita. Pero también es verdad que ni su hijo ni yo somos sanitarios ni tenemos formación específica en ese campo. La cuidamos todo lo que podemos, eso sí. Aunque eso solo signifique estar pendiente de ella, de que se tome la medicación, de cómo se encuentra y de llevarla al médico cuando le toca y a urgencias cuando notamos que está sufriendo y la mujer no se atreve a decirnos nada para no preocuparnos o generarnos una molestia.

Ella está feliz sabiendo que aporta para cubrir sus gastos (y más), y nosotros felices de que ella no esté sola y pasándolo mal.  

 

Anónimo

 

 

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