La primera vez que uno conoce a los padres de su pareja suele ser un momento realmente incómodo. Quieres que salga perfecto, te preocupa no dar una buena impresión o no gustarles. En mi caso, una de mis preocupaciones era mis kilos de más. Mi chico era delgado, amaba el deporte y tenía un metabolismo maravilloso que le hacía no engordar comiese lo que comiese. ¿Y si todos en su familia eran igual que él? Pero resultó no ser así. Quedamos en una cafetería y cuando vi llegar a su madre me relajé. Era una señora bajita, muy guapa y gordita. Supuse que teniendo ella ese tipo de físico no me juzgaría a mí por estar gorda también.
Todo salió bastante bien, sus padres fueron encantadores y me invitaron a comer a su casa el domingo siguiente para que conociese al resto de la familia. Con lo bien que había ido aquel primer encuentro, no imaginaba que en la siguiente ocasión esa señora me haría pasar por uno de los momentos más incómodos de mi vida.

El domingo todo parecía ir bien. Estaban los hermanos de mi chico, sus padres y una de sus tías. Estaba sentada a la mesa con todos, escuchando una anécdota divertidísima sobre mi chico de cuando era niño que estaba relatando su padre. Entonces entró mi suegra con una bandeja enorme de lasaña humeante. Se me hizo la boca agua, olía a gloria bendita. Tras dejarla en la mesa, mi suegra fue de nuevo a la cocina y volvió al salón con dos platos más: uno para ella y otro para mí con filetes de pollo a la plancha y ensalada de lechuga y tomate. «Querida, aquí tienes para aliñarla a tu gusto», dijo pasándome un cuenco con una vinagreta. Me quedé en shock y dije que no hacía falta que me hubiera hecho algo distinto al resto, que me gustaba la lasaña, y entonces ella me contestó: «No es ninguna molestia, hija, ¡las mujeres como nosotras no nos podemos permitir una bomba de calorías como esa!». Fue tan surrealista que no supe ni reaccionar. El resto de la comida me sentí como si hubieran puesto un foco sobre mí. El ambiente se había enrarecido, pero nadie dijo nada más al respecto. Yo solo quería que se acabara y marcharme de allí.

Lo hablé con mi novio y me dijo que ella no lo hacía con maldad, que llevaba viendo toda la vida cómo se preparaba para ella una dieta a parte y que lo había hecho con buena intención para mostrarse atenta conmigo. No me quedé muy conforme, pero bueno, lo dejé estar.
Sin embargo, aquello se repitió en otras ocasiones. Durante una merienda, hizo un bizcocho de chocolate pero a mí me preparó una macedonia de frutas. Otro domingo de almuerzo, cocinó menudo de garbanzos con su pringá, pero para mí preparó una tortilla de espárragos verdes y de postre fruta, mientras el resto comía helados. Y allí nadie decía nada al respecto, yo por falta de confianza, mi chico por no disgustarla y los demás comensales por incomodidad.
Al final, mi pareja acabó hablando con ella. Pero no sirvió de mucho, porque en la siguiente ocasión me dio a elegir entre las dos comidas delante de todos los demás, diciendo que ya me había preparado «mi menú» como el de ella, pero que si no lo quería lo tiraba y me ponía un plato de lo mismo que al resto. Obviamente, le dije que me pusiera lo que me había preparado, por educación. Pero ese día tomé la determinación de que eso tenía que acabarse. Hablé con mi pareja y le expuse mi plan. El accedió, pues le había molestado que su madre ignorase lo que había hablado con ella y siguiera haciendo lo mismo.
Al siguiente domingo, fuimos a almorzar con todos los demás. Mi suegra hizo lo de siempre: sacó la fuente con la comida general para todos y después sacó mi plato y el suyo, con una ensalada de tomates y pimientos con atún. Mi chico se sirvió paella, una ración bien contundente, y entonces nos miramos e intercambiamos nuestros platos con una sonrisa. La cara de la señora era un poema cuando dijo: «Oye Julio, ¡que la ensalada es de tu novia! ¿La vas a poner a comer arroz a la pobre con lo que eso engorda?». Y entonces no fue Julio quien contestó, sino yo.

Le dije que no se preocupase por mí, que me encantaba el arroz y que habíamos decidido que, a partir de ahora, quien se comería mis «menús ligeros» sería su hijo, que siempre me decía que le apetecía más lo mío que lo que comían todos los demás, mientras que a mí me pasaba al revés. Y entonces dijo aquello tan habitual como falso que escuchamos las personas gordas demasiado a menudo: «Pero mujer, que yo te preparo eso por tu salud».
Fue la gota que colmó el vaso. Con suavidad y educación, sin alzar la voz lo más mínimo y manteniendo mi sonrisa, le dije que eso no era cierto, que no le preocupaba mi salud sino mi apariencia, porque no le gustaba que estuviera gorda al igual que no se gustaba a sí misma por la misma razón. Le aclaré que mi salud, que por cierto estaba perfectamente, era solamente cosa mía y que si quería preocuparse por la salud de alguien que empezase por la suya y dejase de fumar, por ejemplo.
Como podréis imaginar el resto del almuerzo fue bastante tenso, pero no me permití flaquear en ningún momento. Si ahora cedía o me retractaba de cualquiera de mis palabras las cosas volverían a ser como antes. Me tomé la paella, un helado y dos copas de vino mientras mi suegra me miraba con el ceño fruncido, claramente enfadada.

Fue incómodo, sí, pero aquello marcó un antes y un después. Ojalá no hubiera tenido que llegar a ese extremo, ojalá mi suegra hubiera escuchado a su hijo cuando le dijo que aquello no estaba bien, pero a pesar de todo mereció la pena. Mi suegra no volvió a ponerme un plato diferente jamás. Ella, sin embargo, siguió haciéndose para sí misma sus «menús ligeros» en cada comida, pero jamás dejó de fumar. Supongo que la salud, para ella, solo se medía en centímetros de cadera. Una lástima. Y sí, mi pareja y yo nos casamos, como habréis advertido al ver que me refiero a su madre como «mi suegra».
Este tema no se volvió a hablar públicamente pero, de vez en cuando, mi pareja y yo rememoramos con satisfacción lo bien que salió mi plan y cómo me liberé con maestría del yugo de «mi menú especial». Porque cuando la gordofobia es disfrazada de cortesía, hay que hacer todo lo posible por destaparla y enfrentarse a ella.
Escrito por Carol M. Basado en una historia real anónima.