Las últimas navidades dejaron grandes momentos familiares para recordar. La mayoría fueron buenos, pero el que voy a contar ahora no lo fue. De hecho, entra en mi top tres de «momentos tremendamente incómodos vividos a lo largo de mi vida«.
El tema de los regalos navideños fue todo un reto para mi marido y para mí. Andábamos bastante tiesos de pasta porque nos casábamos en diez meses, así que todo lo que entraba iba destinado a subsistir y lo que sobraba a ahorros para la boda.
En nuestras familias todo el mundo acostumbra a hacer regalos de Reyes, no solo a los niños, sino también entre los adultos. Esto supone un aumento de gastos bastante grande al tener que comprar un regalo para cada persona. Pero como nos encanta esta tradición, nos negamos a bajarnos de ella pese a nuestra situación económica. Todos nos decían que ese año no se nos ocurriera comprar nada, pero es que nos apetecía mucho, y al final lo importante no es el regalo en sí, sino el detalle de haber pensado en algo que pueda gustar a la otra persona. Reconozco que me partí la cabeza e hice millones de cuentas calculando el presupuesto y buscando los regalos, pero al final lo conseguí cuadrar bien.

La mañana de Reyes fuimos primero a casa de mis padres. Allí se reúne cada año toda mi familia para intercambiar los presentes y ya por la tarde fuimos a ver a la familia de mi marido. El día estaba siendo precioso, no imaginaba lo pronto que se torcería. Cuando llegamos a casa de mis suegros nos recibieron con sonrisas y abrazos, como siempre, y pronto empezaron a llegar los tíos de mi marido. Estaba deseando darles los regalos, así que empezamos nosotros. Mi suegro no es una persona muy efusiva, por lo que no me llamó demasiado la atención que no se expresase mucho al abrir el suyo, pero mi suegra fue bastante más clara.
Abrió su regalo, miró la pulsera de plata que había dentro y sin decir nada cerró la caja. Desenvolvió los bombones y simplemente dijo sin mirarnos « Anda, muy rico el chocolate. Bueno, ¡ahora voy a darle el mío a mi hermana!» , y se fue a buscarla. Me quedé fría, la verdad. Sé que mi suegra es bastante pija, por lo que en su regalo habíamos hecho un sobreesfuerzo económico para intentar regalarle algo de su estilo. Pero se ve que no habíamos cumplido sus expectativas. Aunque no me esperaba una reacción tan maleducada por su parte.

La cosa no quedó ahí. Poco después se nos acercó con un paquete envuelto y se lo dio a mi marido. Entonces me miró a mí sonriendo y dijo «hija, para ti no tengo nada porque no sabía qué podría gustarte. Como cada vez vienes menos por aquí, con tanto trabajo, pues ya casi ni te conozco». Encajé la bofetada sin mano que me acababa de dar con una sonrisa y le dije que no pasaba nada, que no hacía falta ningún regalo. Porque yo siempre he sido muy señora, y si ella esperaba que yo reaccionase de mala manera, iba lista.

Poco después nos marchamos. Cuando estuve a solas con mi marido le pregunté si sabía de qué iba esto. Llevaba cinco años celebrando la navidad con su familia y jamás me habían hecho un desprecio así. Me dijo que las últimas veces que él fue a verlos su madre se había quejado de que yo no le acompañase. Al parecer le parece mal que trabaje los fines de semana. No entiende que, por desgracia, yo no elijo mi horario laboral.
Al día siguiente, mi marido la llamó para decirle que no le parecía bien cómo se había comportado. Pues su respuesta fue que no le apetecía ni regalarme nada ni verme, porque si no puedo ir los sábados a cenar tampoco hace falta que esté con la familia el día de Reyes. Así que bueno, para los próximos Reyes hemos decidido ahorrarnos la visita a su casa. Yo no acostumbro a ir donde no se me quiere y él dice que no piensa tolerar que su madre vuelva a tratarme así. Al menos me reconforta ver que mi marido me ha dado el lugar que merezco.

Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.