Sé que me voy a meter en un fregado innecesario, pero siento que debo soltar mi unpopular opinion al mundo exterior. Estoy hasta el chichi del maltrato que sufre el café a diario en todas las pseudocafeterías pijas de diseño.
Sí, el café. Ese maravilloso líquido marrón que es un bálsamo para el corazón y el espíritu. Con su dulce aroma que te reconforta como el abrazo de un ser amado. Con su amargo sabor que te despeja la mente y te da un chute de energía genial con el que no temes enfrentarte a los sinsabores del día a día y a los demonios mortales de la rutina. ¿Qué necesidad habrá de vejarlo pública y constantemente?
Cuando pido un café en un bar o en una cafetería es porque quiero un café. Y punto. Solo un café. No necesito que un barista motivado me monte una performance para servirme un puñetero café con un dibujito de un corazón en la espuma ni que me haga un interrogatorio que ni la KGB para saber cómo lo quiero.
Hay veces que se me llevan los demonios cuando escucho a ciertos clientes pedir un café o un café con leche. Que me tengo que morder la lengua para no meterme donde no me llaman. Pero es que me ponen de una mala hostia tal que me hace suplicar por la extinción de la raza humana.
Está el que quiere que se lo pongan con mucha espuma. O el que no quiere espuma ninguna. Que si con leche de avena, pero que sea bio. O de cebada. O de arroz. O de almendra. Me cago en mi vida. ¡Que eso no es leche! Que la leche es de origen animal, no vegetal, copón bendito.
Que si la leche templada a cuarenta y un grados. O fría. Si quieres algo frío, tómate un refresco, que el café tiene que estar caliente. Que si en vaso de cristal. O en taza grande. O en taza pequeña. O con dibujo. O sin dibujo. Como si eso fuese a modificar el sabor.
¿Y qué decir de las mil y una variedades que se han inventado, mezclando con abominaciones el líquido milagroso que es el café? Cappuccino (como los curas capuchinos), mocaccino (eso es un tipo de calzado, el mocasín, ¿no?), macchiato (las manchas te las haces en la ropa), americano, irlandés (que yo no voy a hablar con el café)… Incluso hay un café al que le llaman hawaiano. ¿Qué coño es un café hawaiano? Juro por Dios que si veo a alguien echándole piña al café, lo sacrifico en el acto para que deje de sufrir.
Y luego están los camareros que pertenecen a la misma tribu. Que tú pides un café y te hacen tantas preguntas que se te quitan las ganas de tomarte nada que te haya servido esa persona. No quiero que me preguntes si quiero azúcar. Ni blanco ni moreno. Ni, obviamente, sacarina, faltaría más. El café no lleva azúcar. ¡Nunca! Y si alguien tiene que echarle azúcar al café, que lo haga a escondidas, en silencio y con deshonor. Vergüenza y oprobio eternos sobre esa persona.
No quiero que me hagan un cuestionario tipo test interminable para servirme un café.
—¿Con leche?
—¿Desnatada?
—¿Entera?
—¿Caliente o fría?
—¿En vaso o en taza?
—¿Con cucharilla larga o corta?
No. Mira, yo solo quiero un café. ¿Es que es mucho pedir?