Por anónimo

Cuando tienes amistades íntimas de la infancia que duran, se convierten al cabo de los años como de la propia familia. Ya lo dice el dicho “Los amigos son la familia que se elige”. Sobre todo si, como en mi caso, tu familia es muy pequeña y pasas mucho tiempo sola. Al final estas amigas de la infancia acaban ocupando un lugar muy cercano e importante en tu propia vida.

Cuando trasciendes y superas las crisis típicas de la edad adulta inicial, la difícil adolescencia y pasas los treinta en adelante ¡Ya son de la familia! En ese momento te crees que esas personas que te han acompañado a lo largo de los años son tus personas, tú tribu y que nada ni nadie os podrán separar. ¡Hasta que llegan los hijos!

En nuestro caso ahora estamos más bien en la cuarentena que en los treinta, y somos amigas desde el jardín de infancia prácticamente. Hemos pasado por “etapas complicadas y distanciamientos” sobre todo cuando me fui a vivir al extranjero por estudios y las veía menos. Pero siempre he estado ahí para ellas. Siempre las he invitado allí en dónde yo estaba.

Mis amigas y yo somos muy diferentes, pero tenemos puntos en los que irremediablemente nos unimos, sobre todo en aquello que hemos pasado y el conocimiento de las historias de cada una. ¡Así es más fácil! Yo siempre he estado ahí para ellas, o eso considero, soy la mayor del grupo y siempre he tenido el rol de “protectora”. Mi vida ha sido muy fácil en algunas áreas pero difícil en otras, he prosperado en el área laboral y económica, he tenido muy buenas experiencias, grandes viajes y aventuras. Sin embargo, nunca he llegado a formar una familia, ni a estar más de cinco años en relación; vamos que en el terreno amoroso me ha ido más bien regular o dicho sin tanta floritura, “como el culo”.

Cuando llegaron los primeros hijos, los primogénitos, no supuso un gran problema puesto que teníamos “un acuerdo” de que los hermanos y hermanas de ambas ejercerían de padrinos y madrinas. Yo me quedé fuera de la ecuación en ese momento, y estuve perfecta con ello. A los primogénitos siempre les he dedicado tiempo, regalos de bautizo, cumpleaños, fines de semana, invitaciones y otros detalles. ¡Me dicen la tita! Y yo, los trato como mis sobrinos.

Con la llegada de los primeros niños, ahí ya cambiaron muchas cosas en el modo de relacionarnos. Obviamente, los niños eran la prioridad y entraban otras personas – los maridos. Ya venía unos años observando como “mis amigas del alma” se comparaban entre ellas y se picaban mucho, como competían entre sí. Yo siempre ponía paz entre ambas, o intentaba poner cierto equilibrio.

Para que os hagáis una idea, a mis amigas les he dejado dinero, pasan las vacaciones en mis viviendas de la playa sin nada a cambio y les ayudo a cuidar a los niños cuando estoy disponible.

Recientemente ambas han empezado a pensar en tener el segundo hijo, y el ambiente de competición empezó a calentarse más. Al final acabaron embarazadas prácticamente al mismo tiempo. Las reuniones de amigas  empezaron a ser más tirantes y tensas “lanzándose cuchillos invisibles” pero que me dolían hasta a mí. Llegó un punto en dónde mi vida, como mujer sin hijos, dejó de importar, así como mis experiencias, necesidades, mis problemas… perdiéndose muchas etapas de mi vida y decisiones que he estado tomando últimamente sin que ellas mediasen en ellas. Así empecé una especie de duelo de amistad y de sentir su ausencia real.

Recientemente me he llevado un disgusto enorme. Sabía que ambas estaban “peleadas” y enfrentadas, porque ambas están embarazadas y se supone que quieren que sea madrina de sus segundos hijos. Su obsesión es tal, que creo que adelantarían el parto solo por competir entre ellas, porque se les ha ocurrido una idea un poco estúpida de que debería ser madrina del que nazca antes. Durante la última discusión  el ambiente empezó a caldearse y por primera vez en nuestra historia de amistad, y seguramente por las hormonas, salieron comentarios que a día de hoy aún no consigo superar.

  • ¡Eres una falsa porque la quieres hacer madrina por interés! – dijo una
  • ¡La que tiene interés eres tú, que el otro día dejaste caer que tu hijo se quedaría con el apartamento de la playa el día de mañana! – respondió la otra
  • ¡Y tú que le metes a tus hijos en las manos porque te ayudó a pagar la habitación del niño! – dijo la otra
  • ¿A caso no me dijiste que te vendría muy bien su apartamento de la playa? – saltó la otra
  • ¡Si, y tú que dijiste que como estaba sola, soltera y sin hijos que le darías buen uso al piso del centro que lo tiene cerrado! – respondió la otra parte

Yo las miraba atónita. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mis amigas estaban movidas por el puro interés ¿Desde cuándo se habían convertido en “eso”? ¿O llevo años no queriendo ver lo más evidente?

Acto seguido, después de veinte minutos o media hora lanzándose todo tipo de puñaladas en dónde mi catastro de propiedades parecía que estaba al día, decidí levantarme de la mesa e irme de mi propia casa. No creo que pueda perdonarlas, ha supuesto un auténtico trauma para mí.

Lo peor de todo es que llevo meses esperando por un niño en adopción, y que tengo muchas papeletas de que en breve pueda convertirme en madre adoptiva. He decidido que este va a ser mi nuevo objetivo, y que seguramente, tendré que buscarme una nueva tribu a la que pertenecer.

Y así, es como hemos arruinado toda una vida de amistad. Gracias por leerme.