Somos (éramos) amigos desde el colegio. Presumía de amigos de “toda la vida”. Algunos se han ido incorporando con los años, instituto, algún compi de curro, pero la esencia del grupo nació en nuestra infancia. Han pasado casi 40 años desde que saltábamos las vallas del polideportivo para jugar a fútbol después de clase y, por desgracia, nada queda de aquella época. Ojo, lo entiendo. Es comprensible, la vida pasa. Por inercia, cumplimos los principios básicos de la tradición aristotélica sobre el ciclo de la vida: nacer, crecer, reproducirse y morir.

Nacer, crecer… morir

El tema es que yo soy la excepción. He sido el único que se ha saltado uno de los pasos: reproducirme. No ha sido por falta de ganas ni tampoco por desinterés o carencia de implicación. Lo he intentado todo: opté por una relación larga, de más de diez años, que acabó con la infidelidad de mi novia con un colega; también por una aventura que terminó alargándose por dos años y acabó cuando descubrí que estaba casada; líos de una noche que, por estricta definición, no han pasado de ahí o por aplicaciones de móvil que me han dado más disgustos que alegrías. De esta manera, después de tanto fracaso acumulado, he sucumbido a la idea de que después de nacer y crecer a mí lo que me esperar es morir soltero y sin hijos. Sin reproducción válida en la ecuación.

Sin embargo, tengo un perro. Me encantan los animales y si no tengo más es porque ya estoy engañando a mi casero. “No se permiten animales”, rezaba el contrato de alquiler. Y yo ahí, con un dogo de Burdeos de 90 kilos esperándome en el coche. De igual modo, firmé el documento que excluía a mi gran amigo y compañero de vida, asumiendo las posibles consecuencias de saltarme las normas y meterle en mi casa. De momento, cero problemas. Al menos, con el casero. Con mi grupo de amigos, la cosa es bien distinta. Peor.

Ellos sí han cumplido con los estandartes del ciclo de la vida. Se han reproducido. Algunos, varias veces. Incluso, con varias mujeres. El que menos retoños tiene, suma dos. Entre todos han tenido los que me corresponden a mí para mejorar la media de natalidad. Al principio, fue genial. Es más, soy el padrino de la gran mayoría de los enanos y yo encantado de dejarme medio sueldo en monas de Pascua en Semana Santa. Ningún problema. Tengo la nevera llena de rayones a los que llaman dibujos, y los muestro con orgullo, como si fuese una expo en el MoMA. A mí los críos no me molestan, son niños y acepto que vengan con mis amigos, ya no solo porque deben ser corresponsables, sino para que disfruten también del ocio. Es decir, no me importa cambiar el plan inicial de ver ‘La Matanza de Texas’ por ‘La Patrulla Canina: la película’ si así los chavales se pueden sumar. No obstante, debo ser un auténtico pringado por a mis amigos y sus novias parece ser que yo sí les supongo una jodienda.

Sus niños vs Mi perro

Antes de seguir, te contextualizo: mi grupo de amigos, el mismo que te acabo de decir que conozco desde el colegio, tenemos la costumbre de pillarnos una casita rural aprovechando el festivo del 1 de noviembre. En el pasado, ya suena a prehistoria, organizábamos una fiesta de Halloween terrorífica y después disfrutábamos de una jornada de juegos de mesa, entre anécdotas y birras. Es una fiesta que, por cuestiones obvias, ha ido evolucionando. Ellos han ido sumando a chicas y niños y yo… a mi perro. Y resulta, que sus hijos no sobran, no. Sobra mi perro.

“Es un perro muy grande, asusta a los niños”, “Es una raza peligrosa” (spoiler: no, no lo es)”, “Huele a perro”, “Ensucia con sus pelos y babas”, “Ronca”. De verdad, os prometo que tengo respuestas no aptas para menores a todas sus excusas de mierda. Mi perro es el ser más noble que conozco. Esos chiquillos le han hecho “perrerías” y él se resigna. No es que quiera atacar a sus niños, sé que son niños, pero son más peligrosos ellos que mi perro. Ensucian más y, joder, no veáis cómo huelen algunos. Pues, al no ceder y dejar atrás a mi perro, me invitaron a no ir este año a la casa rural, me “des-invitaron”. Me sacaron del grupo de WhatsApp y ni me enteré de la localización de la casa de este año.

Me hicieron elegir entre ellos y mi perro y, por supuesto, elegí a mi perro.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.