Llevaba nueve meses saliendo con Aitor cuando decidí que ya no podía más con sus celos ni con su forma peligrosamente tóxica de entender el amor. Nos conocimos en la universidad cuando yo me encontraba inmersa en una dolorosa ruptura con mi anterior pareja y él llegó a mi vida como ese chico perfecto que parecía ser distinto a todo cuanto yo había conocido. Lo que no sabía entonces, y aprendí por desgracia demasiado tarde, es que las personas como Aitor sencillamente se comportan exactamente como saben que tú deseas que se comporten para tenerte pillada y, una vez montado el teatrillo, si han conseguido enamorarte, muestran su verdadero rostro.

Los primeros meses me hizo sentir como una princesa. Sé que suena triste, pero nunca antes me habían tratado tan bien como él lo hizo durante aquella época: flores, detalles sin motivo, muestras de afecto constantes, incluirme en su círculo de amistades como una más, apoyarme en cada una de mis metas personales, hacerme sentir bonita, capaz y muy querida… No obstante, aquella especie de cuento de hadas no tardó en torcerse y terminó convirtiéndose en una película de terror, donde los celos, el desprecio y el engaño se tornaron protagonistas de la historia.

Con todo, no encontré el valor de poner fin a aquella relación hasta pasados unos meses, cuando me culpó a mí por haberme sido infiel. Y no sólo eso: para él, yo también era la culpable directa del trato cada vez más vejatorio y humillante que recibía por su parte. Me costó mucho tomar aquella decisión, de tan enganchada como estaba, pero creí que dejarlo con mi ex pondría fin a todos mis problemas. Sin embargo, cuando vi su reacción y la del resto de su familia, supe que aquello no había hecho más que empezar. Durante semanas, su hermana se dedicó a bombardearme con mensajes y llamadas en las que me insultaba y amenazaba con agredirme por haber roto con él, mientras que sus padres me montaban el pollo en plena calle cada vez que me veían. De tal palo…

Con el tiempo se cansaron de no conseguir ninguna reacción por mi parte y finalmente me dejaron en paz. Así pude pasar página. Unos dos años después empecé a salir con el que a día de hoy es mi pareja y me di cuenta de lo equivocada que estaba en cuanto a mi concepto de estar enamorada, querer y ser querida. Pronto nos fuimos a vivir juntos a un pisito de alquiler y comprobamos que la convivencia nos iba de maravilla, que nos adaptábamos genial el uno al otro y que no era ninguna tontería empezar a plantearnos comprar nuestra propia casa.

Después de muchas decepciones, búsquedas interminables y casas de lo más cutres, por fin encontramos el piso perfecto y nos enamoramos de él nada más verlo, así que dimos el gran paso. Con toda la ilusión y también con miedo, firmamos y nos convertimos en propietarios de una casa que, aunque estaba hecha para nosotros, escondía un secreto inesperado que descubrí demasiado tarde.

Siempre he oído que tres mudanzas equivalen a un incendio, pero en mi caso fue mucho peor. No sólo tuve que soportar el estrés propio del cambio de vivienda, sino que nada más poner un pie en el portal de nuestra nueva casa conocí a mis nuevos vecinos, con los que iba a convivir por bastante tiempo. Se abre el ascensor y, ¿quién aparece? Mis exsuegros.

Pensé que aquello debía ser una broma y recé porque sólo estuvieran de visita y no tuviera que verles la cara cada día. Nos quedamos los tres blancos como la cal, saludándonos con un casi imperceptible “hola”. Pero sentí todo el odio del mundo sobre mí y supe que, aunque yo había rehecho mi vida y me había olvidado de aquella etapa, ellos continuaban albergando rencor. Ese día me dije que, de haber sabido que vivían en aquel edificio, no habría comprado el piso… pero luego pensé que el problema lo tenían ellos, no yo.

Fui bastante ilusa. Creí que, aunque todavía me tenían una ojeriza increíble, lo dejarían estar y todo se reduciría a poner cara de seta en el ascensor. Pero no: prefirieron contarle a todos los vecinos que “la nueva” era una golfa que le había destrozado la vida a su hijo. Y no contentos con eso, “alguien” empezó a rayar mi coche y el de mi chico, a llamar al telefonillo a altas horas y a meter notitas con insultos en el buzón. No tenía pruebas, pero tampoco dudas de quiénes eran.

Harta de la situación y de no poder disfrutar de un momento tan especial como es empezar una nueva vida, saqué el tema en una reunión de vecinos. Obviamente era mentira, pero opté por tirarme un farol: comuniqué que tenía pruebas de quién había rayado mi coche y que llevaba semanas con una cámara instalada dentro, pero que lo olvidaría todo si cesaban en su empeño de hacerme la vida imposible.

No me hizo falta decir más. Trataron de disimular, pero se les notaba nerviosos y, sorprendentemente, después de aquella advertencia, la cosa se calmó. Hasta hoy no hemos vuelto a tener ningún problema: no nos hablamos, pero la convivencia es pacífica. La antipatía (ahora mutua) está ahí, pero espero que dure lo máximo posible sin más sobresaltos.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.