Hola, soy madre. Y hoy vengo a confesarme.
No, no he hecho nada ilegal. Pero seguro que ciertas buenas madres me juzgarán y me condenarán a la hoguera por esto: mis hijos comen ultra procesados y comida basura más veces de las que me gustaría admitir.
Cocinar no me gusta. Nunca me gustó. Hay gente que se relaja cocinando. Que disfruta cortando verduritas con cuchillos de acero inoxidable. No es mi caso.
Lo de ser ama de casa se me da fatal. Yo cocino porque mis hijos no han desarrollado aún la habilidad de alimentarse por ósmosis. Cocinar me da pereza, me estresa y me recuerda que aún no soy rica como para tener a alguien que lo haga por mí. Así que sí, hago lo justo para que coman. Y eso muchas veces se traduce en platos que no pasarían ni la primera fase de MasterChef Junior.

Y que conste que lo he intentado. He buscado recetas en Google para que mis hijos no coman siempre lo mismo, pero soy de esas a las que se les quema hasta el arroz cocido, se me queda son agua y se pega al fondo de la olla.
Bienvenidos al menú semanal: nuggets, salchichas y menestra de bote
Las cenas en mi casa son muy básicas: sota, caballo y rey. ¿Una noche sin ideas? ¡Pues una tortilla francesa! ¿No tengo ganas de pelearme con mis hijos para que cenen? ¡Nuggets de pollo! ¿No tengo ganas de vivir, digo de cocinar? ¡Salchichas!
Al menos dos o tres veces a la semana intento que cenen algo de verdura, y les pongo menestra o judías verdes, de esas que vienen en un bote de cristal que es solo calentar un poco en una sartén y ya.
El pescado, cuando entra, es congelado. Y muchas veces empanado. Las típicas baritas de merluza de Pescanova a mí me salvan una cena. Sé que no es lo ideal, pero tengo la sensación de que por lo menos, mis hijos están comiendo pescado.
Además de los procesados salados, tengo que confesar otra verdad incómoda: mis hijos también comen más azúcar del que deberían. No hay día que no pidan galletas en el desayuno o la merienda, o que se emocionen con una bolsita de chuches de algún cumpleaños. El chocolate, por supuesto, es una debilidad que compartimos toda la familia, y aunque intento no comprarlo para no comérmelo yo, al final alguna tableta cae en el carro de la compra.

Como ya os he comentado, no se me da bien cocinar, así que lo de hacer un bizcocho casero o galletas en el horno para que los niños coman dulces pero con menos aditivos, está totalmente descartado.
Menos mal que comen en el comedor del colegio
¿Y por qué hablo tanto de las cenas y no de las comidas? Porque, afortunadamente, mis hijos comen en el comedor del colegio. Y oye, con todo lo que se dice de los menús escolares, tengo que decir que están bastante bien. Mucho más equilibrados que lo que comíamos nosotros en los 90, cuando el concepto de comida saludable era una rodaja de tomate al lado del filete empanado. Allí al menos tienen verduras, legumbres, fruta, y los fritos han desaparecido del menú. Esto a mí me da una tremenda paz mental, saber que en el cole están comiendo sano y que una comida decente al día sí hace. Aunque en casa luego cenen pan con lo que pillemos, por lo menos hay cierto equilibrio.
A veces es una cuestión económica
No todo es pereza. Muchas veces, el tema no tiene nada que ver con la falta de ganas, sino con la economía. Vivimos tiempos difíciles, y en los últimos años, comer fruta y verdura se ha convertido casi en un lujo. Si alguna vez he ido a la frutería con la intención de llenar el carro de productos frescos, me he dado cuenta de que lo que antes era asequible, ahora es inalcanzable para muchas familias. Los precios de la mayoría de los alimentos han subido de manera alarmante (ya sabéis, la guerra en Ucrania y todo lo demás), y aunque los nuggets de pollo congelados tampoco son baratos, la fruta está ahora en máximos históricos.

Si tu economía no es la más desahogada, a veces resulta impensable gastarse cinco euros en tres aguacates o pagar sesenta céntimos por una manzana. Y si multiplicas eso por la cantidad de fruta y verdura que consumiríamos una familia de cuatro, de repente, la cesta de la compra se dispara. A veces, es complicado equilibrar la calidad de la comida con el presupuesto familiar.
Sé que no soy la madre perfecta, ni mucho menos, pero estoy haciendo lo mejor que puedo con los recursos y las circunstancias que tengo. Así que, sí, admito que mis hijos comen salchichas y nuggets más veces de las que me gustaría, pero se lo preparo con amor.
Mientras tanto, trato de no sentirme tan culpable por lo que cocino, porque cuando sean mayores, no se van a acordar de cuántas veces cenaron tortilla. Pero sí de que todas las noches cenábamos juntos en familia.