Llevaba casada con mi marido 20 años en los que habíamos formado una familia de esas que, desde fuera, parecen lo más. Nuestros hijos eran ya casi adultos. Uno con 18 estaba a punto de entrar a la universidad y el otro, con 16, iba a empezar bachillerato.
Más testimonios reales en whatsapp, totalmente privado, vente con nosotras
Ese verano fue el final de todo. Los chicos no paraban en casa y yo, después de muchos años, empecé a sentir esa soledad de la que te hablan las madres. En casa no había ruidos y yo tenía mucho tiempo libre. Mi marido, que siempre ha sido un culo inquieto, iba del trabajo a tomarse algo con sus amigos y echar una partida de mus o póker y yo dedicaba mis tardes de verano a leer, a la piscina y a tomar algo de vez en cuando por ahí.
El matrimonio no iba ni bien ni mal. Nos habíamos convertido en compañeros de piso. Nos teníamos cariño, pero ya no había ni pasión ni amor de ese que hace que te des besos porque sí. Con los chicos ya mayores nuestros temas de conversación eran, cada vez, menos.
Los fines de semana él solía salir con la bici y hacer rutas y yo aprovechaba para ir a ver a mis padres a su casa, echarles una mano y, de paso, quedar con algunos amigos de los de toda la vida a tomar algo. Mis padres viven en un pueblo a 20 minutos del mío.
Uno de esos fines de semana de julio, una de mis amigas de la infancia hacía una barbacoa por la noche para celebrar sus 50. Se lo dije a mi marido y él pasó de ir, así que yo me quedé en casa de mis padres para ir tranquilamente y no tener que volver en coche.
Supongo que a muchos nos han marcado nuestros amores de la adolescencia… Y ahí estaba él: Josito. Pese a su metro noventa y sus más de cien kilos, siempre llevaría el diminutivo. Los años no le habían tratado mal: se fue a vivir a Alemania por trabajo y había vuelto ese verano para arreglar algunos asuntos de la herencia de sus padres. Y, más de 25 años después, nos volvimos a ver en esa fiesta.
Nos dimos un abrazo y empezamos a contarnos la vida. Tenía una hija y se había divorciado hacía más de 10 años. En Alemania le iba muy bien y no tenía pensado volver a España más que a pasar los veranos como un guiri más. Yo le hablé de mis hijos, de mi trabajo y le mencioné a mi marido.
Bebimos mucho, bailamos mucho y nos olvidamos del mundo. Y nos liamos como lo habíamos hecho cuando teníamos 18 años. Nos fuimos a la casa de la que él se estaba deshaciendo y recuperamos la fogosidad que crees que se pierde con los años. Lo disfrutamos mucho.
Claro que me sentí culpable a la mañana siguiente, pero fue un lío de una noche. Los dos lo sabíamos y no le dimos más vueltas. Sin embargo, algo en mí cambió al volver a casa. No podía ver a mi marido: se me hacía aburrido, monótono, un desastre… Cada cosa que antes era una chorrada ahora se había vuelto un mundo: su falta de colaboración, sus idas y venidas, su ausencia de detalles…
Y empecé a saltar por todo y por todo discutíamos. La convivencia se hizo insufrible y yo me sentía abocada a vivir una vida de conformismo con alguien a quien ya no quería. Y boicoteé mi matrimonio: hice sentirse tan incómodo a mi marido que acabó hasta las narices. Mis hijos le veían como un desquiciado y yo era la víctima de sus desplantes.
La relación fue rompiéndose poco a poco hasta que un día vino y me pidió el divorcio. Y yo, que lo llevaba esperando meses, lo firmé deseosa de hacerlo efectivo para volver a ser esa persona que había perdido en el camino.
Mis hijos culpaban a su padre de falta de lucha, de conformismo y a mí siempre me han tenido por una madre abnegada abocada a una relación desigual. Y yo, para qué negarlo, no será quien les saque de su engaño.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]
