Ser madre de tres frikies es un deporte extremo. No es solo que tengan intereses particulares: cada uno vive en su propio universo paralelo, con reglas, obsesiones y códigos secretos que yo, con toda mi buena voluntad, intento descifrar día tras día. Y sí, yo también soy algo rara: me pierdo horas en hobbies absurdos, me visto con combinaciones que asustarían a un psicólogo y tengo obsesiones que nadie entiende. Así que, de casta le viene al galgo.
Empecemos por el mayor. Si alguien cree que el Pacífico es solo un océano, no ha visto a mi hijo escondiéndose detrás de mí para sobrevivir a la vida escolar. Desde pequeño se fascinó por la lógica, la astronomía y la filosofía improvisada: con seis años me hacía entrevistas sobre la vida, el universo y todo lo demás, con un rigor que haría temblar a Stephen Hawking. Recuerdo una de sus preguntas: “Si el tiempo es relativo, ¿puedo llegar antes a casa si corro muy rápido?”. No había forma de esquivarla.
Luego llegó Star Wars, y con él una pasión que sería eterna. Cuando decidió ser padawan, dejó crecer una trenza dorada que se convirtió en su tesoro. Todos los días se la cepillaba con un mimo que me hacía pensar que un día escribirían un tratado sobre el cuidado de trenzas Jedi. Incluso tuvimos un gato llamado Obi-Wankenobi (Obi para los amigos). Hasta que, en la ESO, las niñas descubrieron que trenzarle la melena era un entretenimiento. Su solución: cortar la trenza y decir “problema resuelto”. Y así, sin drama, mi padawan adoptó la normalidad aparente, aunque dentro de mí sigue siendo un Jedi de corazón.
El mediano es otra historia: un cerebro en expansión constante. Desde pequeño fue expansivo, literal y figuradamente. Saltitos, descalzo, regateando zapatos como si fueran obstáculos de la vida. Con el tiempo, convirtió su pasión en un ritual familiar llamado “TENGO UN DATO INTERESANTE”, que puede ir desde la reproducción de los cangrejos ermitaños hasta la historia de los mosaicos romanos. Pero también tiene un lado dramático: si alguien no está presente en la mesa, el dato no se comparte hasta que aparezca, con la paciencia de un monje zen obsesionado con la precisión histórica.
El dato curioso es que su mente puede ir desde lo más cotidiano hasta lo más absurdo: teorías sobre insectos, debates sobre religión, inventos imposibles. Recuerdo uno sobre cómo los romanos habrían reorganizado la policía moderna con sus legiones. Nadie podía interrumpirle, y todos acabábamos participando, asintiendo o contradiciéndole, mientras él nos miraba con la satisfacción de un profesor de universidad particular.
La pequeña, en cambio, habita un mundo de purpurina, maquillaje y dioses antiguos. Su universo combina conflictos con amigas, rimel waterproof y cultura grecorromana. Puede pasarse horas explicando cómo Atenea se enfrentó a Ares, mientras corrige la curva de sus rizos con productos especiales. Su capacidad para mezclar historia, idiomas y estética es simplemente increíble: habla inglés perfecto, se está enseñando alemán, y escucha atentamente los datos interesantes de su hermano mediano. Todo esto mientras se maquilla, arregla cabello y ajusta su outfit, pensado y repensado según la materia que toque dar en el instituto.
Un detalle que no se puede pasar por alto: mi hermano también es friki y nos da pistas de que esto de la rareza familiar viene de lejos. Hace música con inventos propios, como una balalaika construida con una caja de puros, y ha llegado a producir arreglos para Dark Soul alemán. Así que algo en nuestro ADN familiar asegura que el frikismo no es opcional: se hereda, se contagia y se cultiva.
Vivir con estos tres frikies significa que cada día es una aventura. Desayunos con debates sobre la relatividad del tiempo, excursiones con referencias a universos fantásticos, y cenas que parecen asambleas científicas donde todos los temas son posibles: desde mitología griega hasta la vida secreta de los pingüinos emperador. Cada conversación puede convertirse en un espectáculo, y cualquier intento de normalidad es rápidamente saboteado por un comentario brillante o un dato imposible.
Pero no todo es intelectualidad: hay momentos de pura comedia familiar. Como cuando el mediano decide demostrar que los canguros saltan mejor que los gatos, mientras el mayor intenta explicarle la estrategia militar de los Ewoks, y la pequeña dibuja mapas de los dioses griegos sobre la mesa del salón, usando purpurina como tinta sagrada. Yo observo, entre fascinada y aterrorizada, y pienso: “Sí, esto es mi vida, y no la cambiaría por nada”.
Porque ser madre de frikies es aprender a disfrutar del caos, de la curiosidad infinita y de las pequeñas excentricidades que hacen que cada uno sea único. Mis tres hijos son extraordinarios, disparatados, inteligentes, locos y dulces, y juntos forman un ecosistema familiar imposible de aburrir. Y yo, rara como soy, solo puedo sonreír, seguir el ritmo y recordar que en nuestra familia, el frikismo no es un defecto: es una forma de mirar el mundo con ojos más grandes, más curiosos y más apasionados.
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