Monogamia en tiempos de reguetón
Llevo más de 10 años en una relación de pareja monógama que me hace feliz. No es el sitio para resaltar sus cualidades, así que me limitaré a decir que él es mi mejor amigo. Tenemos una comunicación fluida, buen sexo, nos divertimos juntos, nos dejamos espacio, compartimos valores y tenemos un horizonte común. Diría que es una relación plena y satisfactoria, pero entonces, ¿por qué deseo que, en algún momento, un tío al que no conozco me empotre en el baño de una discoteca?

Me he preguntado por qué me pasa y he pensado en un momento concreto. Resulta que cuando estoy moviendo caderitas al son de la música urbana latina, sintiéndome sexy y libidinosa, suenan letras como:
“Tengo un par de malas intenciones, pero miéntele a tu jevo [novio] que no quiero interrupciones”.
“Ese novio que tiene me enfrenta, pongo cara de malo y se sienta”.
“La otra noche contigo la pasé bien, pero yo me enteré que te debes a alguien”.
“Me pide pistola la mujer del patrullero, y la del bombero me está pidiendo fuego”.
También las cantan ellas, claro:
“Rosas sin tarjeta se las mando a tu gata”.
“Para mí tan solo hay uno, pero si te hace feliz saber que estuve con otro, vamos a decir que sí”.
Quizás el reguetón desate algunas de mis fantasías no monógamas más salvajes y banalice la infidelidad. Pero no voy a entonar aquella famosa frase de que la culpa es del reguetón, que es un género que me encanta y el que más escucho en la actualidad. No lo idealizo, pero creo que hay un sesgo xenófobo en parte de la crítica al reguetón. Despellejan a Maluma por sus letras machistas, como si no hubiéramos tenido que aguantar a Natalia Jiménez cantando “Por ser tu mujer soy capaz de morir en tu cama” o a Extremoduro escribiendo “Abre la puerta, que soy el diablo y vengo con perras”.

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¿Está la monogamia en peligro de extinción?
Constato que no soy la única que alguna vez ha temido pasarse la vida viendo la misma polla. Lo digo así porque se trata únicamente de un tema sexual, no emocional. Lo que me planteo a veces es eso, que me empotren fuerte en un callejón o cabalgar a otra persona, pero no ir al cine con otro, agarrar su mano espontáneamente por la calle o desahogarme cuando tengo alguna preocupación. Se trata, únicamente, de fantasías sexuales.
El otro día escuchaba en un podcast a un chica que también tiene una relación estable con su pareja desde hace años, y compartía su deseo de que la coja entre coche y coche un tipo que no sea su novio. Igual que una amiga me confesó que, a veces, se imagina que se folla tíos que no son marido.
Quizás la moral conservadora que ha imperado hasta el momento nos haga sentir culpa o preocupación cuando se tienen este tipo de pensamientos, pero seamos realistas: es prácticamente imposible que, durante años y años, no te atraiga sexual o emocionalmente una persona que no es tu novio, por idílica que sea tu relación.
Al margen de eso, sí que creo que hoy día estamos sometidos a más estímulos que amenazan la pareja o la monogamia. La publicidad, el cine y la televisión muestran hasta la saciedad imágenes sugerentes de cuerpos que incitan al deseo, y que la mayoría de las veces tienen a mujeres como protagonistas.
Es un modelo que luego nosotros mismos reproducimos en redes sociales, donde nos gusta compartir lo que nos hace sentir deseados y atractivos, y donde estamos altamente expuestos. Las posibilidades de contactar con alguien hoy día son mucho mayores que hace unos años, así que es más fácil que se produzca la secuencia fatal para la pareja: ver a alguien que te atrae, hablarle con fines amistosos, que las conversaciones fluyan, que haya química, que se produzca una infidelidad emocional que dé paso a lo físico y que ponga fin a una relación que iba bien.
A esa alta exposición podemos sumar otros estímulos como el auge de las relaciones abiertas. Se presentan como novedosas, aunque no lo son, y dan deseos de probar. No puedo hablar en profundidad de ellas porque no he estado en ninguna, aunque confieso que he llegado a plantear la posibilidad (con respuesta negativa de la otra parte). Las veo como un arma de doble filo: generan una curiosidad que podría poner en peligro la relación si no se gestiona bien, pero quizás sean un revulsivo a la rutina. El debate está servido.
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La hipersexualización de la sociedad
Si el fin de la monogamia elimina la necesidad de permanecer en una relación tóxica por puro convencionalismo, que descanse en paz y gracias. La moral conservadora que las fuerza es la que motivó que una amiga, siendo madre adolescente, tuviera que escuchar a su suegra pedirle mil veces que, por favor, aguantara al sinvergüenza de su hijo. No por evitarle el mal de amores al chiquillo, sino por el qué dirán.
Otra cosa es que se vean amenazadas parejas estables y felices por la cantidad de estímulos sexuales externos que recibimos, pero la hipersexualización de la sociedad ya genera consecuencias muchísimo peores que la presunta e improbable extinción de la monogamia: desigualdades, perpetración de cánones de belleza que generan complejos y problemas en la salud mental de niños y niñas. Sobre todo estas últimas, a las que vemos con 11 o 12 años convertidas en mujercitas y en poses sugerentes. Se necesita mucha conciencia y mucha educación para evitar las consecuencias de quemar etapas en la infancia y vivir ciertas experiencias antes de estar preparados para ello.

Termino volviendo a las relaciones de pareja monógamas o la monogamia, las que motivaron este post. Al final es lo que ya sabemos, que implican renuncias y que hay trabajarlas día tras días para que funcionen. Si merecen el esfuerzo, toca protegerse de estímulos y saber poner límites a las amenazas externas. Si no, deja a tu novio/a y ábrete un Tinder. Pueden pasar varias cosas: que emprendas la vidorra sexual que esperabas, que te des cuenta de que todo era mejor en tus fantasías o incluso que vuelvas al amor monógamo.
Anónimo