Me llamo Maribel, tengo 60 años y no tengo hijos. Siempre he sido maestra porque me encantan los niños, pero los de los demás. Nunca tuve hijos porque fui un alma libre: cada verano me lo he pasado en un país, cada euro que he ganado ha sido para mí y todo lo que tengo es un piso, dos gatos y muchas experiencias. Pero, a la hora de la verdad, estoy sola.
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No tuve hijos porque no quise, quería vivir mi independencia. Quería ser distinta, romper las normas y vivir mi vida. Y lo hice, pero me arrepiento. Entendedme, no me arrepiento de conocer medio mundo, de haber tenido tiempo para mí, de no haber dependido de nadie… Pero sí de estar sola.
Tengo tres sobrinos mayores pero, mea culpa, nunca les hice mucho caso. No he sido la tía guay que se iba con ellos al cine o que les regalaba cosas geniales, siempre fui muy egoísta tanto con mi tiempo como con mi dinero. En ese momento sólo pensaba en mí.
A raíz de un cáncer que he logrado superar, me he dado cuenta del error que es estar sola. Mis dos hermanas y mis sobrinos tienen su vida y mi egoísmo anterior me ha pasado factura. La enfermedad ha sido para mí un revulsivo: no me gusta la persona que soy y sé que si hubiera tenido hijos sería otra muy distinta. Muchas pensaréis que lo pienso por estar sola y es así, pero tengo remordimiento de conciencia.
No he sentido a un niño en mi vientre, ni he sabido lo que es un parto, jamás conoceré esa sensación de enamoramiento de un hijo ni el miedo a perderlo. Nadie me llamará mamá y nadie me dirá un te quiero tan desinteresado como profundo. No he pasado malas noches por llanto ni de espera de un adolescente. Tampoco sabré lo que es alegrarme por unas buenas notas ni tener que lidiar con una adolescencia rebelde. No sé “lo malo”, pero tampoco lo bueno. Y, por lo que dicen, lo bueno pesa infinitamente más.
Soy una señora con un pie en la jubilación y sin planes de futuro. No voy a tener ningún nieto al que llevar al parque ni cuidar cuando esté enfermo y sus padres tengan que trabajar, no voy a tener regalos en los que ponga “para la mejor abuela”, ni jamás tuve nada por el Día de la Madre. En mi baúl sólo hay huecos vacíos de recuerdos compartidos en familia y, repito, sé que he sido la única culpable.
Si volviera a vivir nuevamente la vida sería mucho menos egoísta y pensaría más en los demás. Sería sincera conmigo misma y vería en los hijos no una vía de escape, sino de crecimiento. Buscaría sumar, no llevarme los números. Viajaría menos, pero patearía muchos parques. Y sería madre, sobre todo sería madre.
Anónimo
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