Es sabido que el amor y sexo no siempre caminan al mismo ritmo, es el eterno dilema de aspirar a que ambos confluyan… y cuando lo conseguimos, intentar que perdure en una relación, para que cuerpo y alma queden satisfechos y completos.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Nosotros como pareja teníamos ambas cosas. Con nuestros altibajos, con nuestras etapas de agobio por la economía, la crianza de los niños, las preocupaciones cotidianas de sobrevivir y de ir progresando poco a poco. Hemos pasado juntos muchas dificultades, sacando adelante un negocio y criando dos hijos sin ayuda, con la familia lejos y precisamente todo ese bagaje nos ha hecho fuertes. Nunca hemos perdido esa chispa de complicidad de hacernos demostraciones de cariño: un beso, una caricia y nuestra vida sexual aunque ha atravesado sus ciclos, como todo, en general ha sido siempre intensa y bastante satisfactoria, porque siempre hemos desprendido una sensualidad y una química evidente.
Somos una pareja, que llegados a la cuarentena aún estamos de buen ver, mi marido es un tío atractivo, que se ha cuidado, además es divertido y picarón, cocina superbién, me echa una mano en casa en todo, es un padre excelente y para rematar un amante solícito, siempre ha buscado darme a mí placer antes que el suyo, pero desde el primer día que nos conocimos. Yo siempre he sido una mujer preocupada por arreglarme y sentirme guapa, y jamás me ha faltado un halago de su parte. Con esto no digo que él sea perfecto, ni yo tampoco. Tenemos nuestros roces, nuestros días de no poder con todo…
Con los niños ya más crecidos, cuando estábamos volviendo a disfrutar de más tiempo para nosotros, llegó la fatídica noticia: con 46 años a mi marido le detectaron cáncer de vejiga. El diagnóstico era claro y la única esperanza era operar: eso implicaba realizar una urostomía. Para los que no lo sepáis, se trata de una cirugía donde se realiza una abertura en el abdomen que se conecta a una bolsa exterior que recoge lo que el cuerpo elimina (en este caso para evacuar la orina). Es una intervención que suele ser más habitual en personas más ancianas mientras las que afectan al aparato digestivo (colostomías), hoy día se dan en personas cada vez más jóvenes, aunque os sorprenda. Aprovecho para puntualizar que es una discapacidad que no se ve, pero que obliga a muchas de estas personas a usar los baños de minusválidos por este motivo, aunque no los veáis cojear…
Cuando te lo cuentan, te quedas en shock, pero mi marido supo afrontarlo con valentía y decisión. Aprendió a cambiarse la bolsa y a vivir con ella enseguida, salió adelante como un campeón y lo único que debe evitar es hacer sobreesfuerzos o deporte de impacto, por lo demás, no se nota que la lleva y procura vestir con prendas cómodas, llevando una vida prácticamente normal.
Pero resulta que la extirpación de la próstata también iba en el lote…y trajo una consecuencia que ninguno de los dos habíamos contemplado: la disfunción eréctil. Y diréis: “Bueno, receta de pastillita azul y solucionado”. Pero resulta que este fármaco funciona si están preservados los nervios erectores, que pasan abrazando la próstata. Y entonces, cuál es la única solución?: una inyección intracavernosa. Sí, un preparado que se tiene que pinchar en el miembro y que encima viene en dos viales que han de ser mezclados. Así que imaginaros la situación: la relación sexual hay que programarla, es engorroso porque hay que saber pincharse bien y esperar unos minutos y luego puede que no resulte efectivo al cien por cien porque al fin y al cabo no es algo natural…
Total, que con este panorama, en diario acabamos tan rendidos por el trabajo que se torna casi imposible programar el asunto… Y a eso se añade la falta de intimidad cuando tienes unos preadolescentes que se acuestan casi a la hora que te vas tú a dormir y que tampoco tienen edad aún para salir mucho los fines de semana.. . Y no hay familia ni amigos a quién dejarlos. Total que las ocasiones son muy contadas. Casi nulas…
Es muy duro que de un plumazo, toda esa vida íntima se vea condicionada por algo tan injusto… Mi marido es tan detallista que me compró hasta juguetes sexuales, para que no me sintiera frustrada y pone todo su empeño en darme placar de otra manera…, vamos que no le cuesta nada bajar al pilón, y yo acabo complaciéndole igual. Pero ha llegado un momento que me da palo, evito comprometerlo y muchas veces me hago la dormida si me acaricia para no excitarme. Porque total, “eso” no va a reaccionar y a ciertas horas pues es comprensible que no se le apetezca levantarse a ponerse “la banderilla”. Cuando el sexo oral era el preludio de un buen empotramiento después, era ideal. Pero ahora es un fin en sí mismo. Y no es por ser desagradecida ni frívola, ni porque no me guste el placer que me da y solo piense en follar y ya. Pero el hecho de sentirle dentro, a la vez que te besas, te acaricias, o yo cabalgarle, tenerle bajo mi ritmo, mirarnos a la cara con deseo… lo echo tanto de menos… Por eso, muchas noches lloro en silencio de pura frustración, porque esa conexión física y emocional se ha perdido y duele, duele mucho pero no quiero que él se sienta culpable ni obligarle a nada… Antes le echaba mano cuando venía incluso a comer a casa algún día, sabiendo que la respuesta iba a ser inmediata, que “eso” reaccionaba gracias a mí, me sentía poderosa, deseada… Esos “aquí te pillo, aquí te mato” eran tan gratificantes…
Ahora la ansiedad me atenaza, egoístamente, quizás, pienso en ahogar mi deseo y así no despertar el suyo para no herir su ego. Ni siquiera hago uso ya de los juguetes sexuales. Me siento fatal, no quiero ser una ansiosa y me he ido apagando, supongo que cuanto menos tienes, menos lo echas de menos… Claro que esta situación está abriendo una distancia entre nosotros que él percibe y empieza a sentirse inseguro. Me ha llegado a decir que no esté con él por compasión ni por ser el padre de sus hijos, que si tengo que buscar a alguien que me de un placer que él no puede, que lo entendería, aunque le jodiese… Y no puedo aguantar la congoja. Porque no he dejado de quererlo ni desearlo. Es un hombre seductor, me encanta como me acaricia, me sigue gustando besarle, tocarle…. y por supuesto lo quiero y lo respeto. Ni se me ha pasado por la cabeza buscar nada con otro hombre. A pesar de los pocos encuentros sexuales que tenemos y que a veces el medicamento no hace el efecto deseado del todo… Pero no quiero obligarle a que se ponga un implante peneano, que es la otra posibilidad que le han dado. Lo veo muy arriesgado porque no sabemos qué efectos tendrá eso de introducir un cuerpo extraño en el miembro, además que ya sería irreversible… no se podría volver a la inyección. Que quizás no hace tanto efecto porque claro, hay que ponérsela más a menudo y la logística que hay que montar pues nos condiciona mucho…
Tengo miedo de que esto nos vaya minando como pareja, cuando nunca nos hemos dejado de querer. Porque no somos dos ancianitos de 80 años para ya conformarnos, tenemos nuestras necesidades y deseos por supuesto, pero es muy duro encontrarse este obstáculo que más bien parece un sacrificio, un castigo para dos personas jóvenes y sexualmente activas como nosotros. No escribo esto para pedir consejos ni juicios de valor, ni para justificarme con nada, solo quería desahogarme para que veáis que muchas veces la vida te pone dificultades que ni imaginabas, pero hasta él me dice, en su infinito optimismo: “Por lo menos estoy vivo y no he perdido una mano o una pierna, aunque me falten otras piezas…”. Siempre está ahí para animarme, para reírse de sí mismo, con sus ocurrencias de que “la tiene de fogueo”… Y nunca ha dejado de ser sincero y leal conmigo. Es imposible no quererlo.
Envía tus movidas a [email protected]