Os envío esto para dejarlo salir de alguna manera, porque me está matando por dentro. Sé que es una manera cobarde, pero tal vez me ayude igualmente. O me dé el valor siquiera de plantearme hacerlo de otro modo. Porque resulta que llevo años con este comecome interior y, no sé por qué, en vez de acostumbrarme, lo que ocurre es que cada día lo llevo peor que el anterior. Lo que hace no mucho era solo una especie de deseo raro reprimido, ahora es una necesidad que me consume. Y la estoy dejando consumirme porque no tengo ni idea de cómo superarla. Porque no fue hasta más allá de los treinta que me reconocí a mí misma lo que era. Y lo que soy es… pues que soy gay, pero sigo casada con un hombre.

Ha sido toda una vida luchando contra lo que el cuerpo me gritaba mientras mi cerebro se empeñaba en ignorarlo. Ya no quiero seguir así, sin embargo, me siento atrapada. Siento que llevo tanto tiempo en el cajón de arriba del armario, que ahora ya no debería salir de ahí. Me mortifica no haber tenido la valentía de quererme con todo, pues lo que hice fue reprimir y esconder y negar. Desde la adolescencia hasta hace bien poco. Supongo que tenía mis motivos, que el tipo de entorno en el que crecí no me ayudó. Pero tampoco quiero echar balones fuera. No soy la primera ni la última lesbiana criada por un padre homófobo. Seguro que tampoco soy la única que vio cómo les hacían la vida imposible a otros homosexuales en el instituto.
Dudo mucho que yo sea la única que, después de tardar meses en hacer acopio de valor, intentó hacer una prueba con alguien que, por lo visto, le había enviado señales equivocadas. Supongo que fui yo quien las interpretó mal, no sabía ni qué señales enviaba yo ¿cómo iba a saber qué decían las de los demás?
Después de aquel intento, de las burlas y de la vergüenza, nunca volví a dejar salir esa parte de mí. Seguí siendo la chica que mis padres creían que era, seguí saliendo con chicos y creo que hasta me dije que todo había sido un desvarío. Para cuando conocí al que terminaría siendo mi marido estaba tan convencida, que no dudé. Seguro que estaba enamorada. Él era tan bueno conmigo, me trataba tan bien. Estaba bien con él, me sentía protegida y en casa. Me convencí de que aquello era todo lo que se podía esperar del sexo, del amor y de las relaciones de pareja en general. Me conformé. En el fondo, lo llevaba bien.

No entiendo por qué de pronto se ha vuelto insoportable. Por qué no puedo seguir como hasta ahora, instalada en una farsa que solo me hacía daño a mí. Y tampoco tanto… creo. El caso es que ahora sufro. Me siento mal conmigo y con los demás. De pronto tengo la sensación de que mi autoengaño también hace mal a otros. Al menos a los que me quieren. En especial a mi marido. Ese al que me cuesta mirar a la cara cada día un poco más. Porque si hay alguien a quien mi realidad haría daño, es a él. Mi marido me quiere, me quiere de verdad. Con todas mis mierdas, mis complejos y mis traumas, que acepta aun sin terminar de entenderlos.
Pero no sé si podría quererme si le digo que llevo engañándole desde que le conocí. No quiero perderle, no quiero perder al que ha sido y es el mejor amigo que he tenido jamás. El problema es que también me quiero a mí y quiero conocer a mi versión más real. Dejar salir a esa chica que he tenido secuestrada tanto tiempo, porque ya no sé por cuánto más podré sujetarla.
Envíanos tu historia a [email protected]