Están los maridos que pasan 20 kilos de todo, de la limpieza, de los quehaceres, los que no se meten en nada… y después está el mío, que pasa de la limpieza y de los quehaceres también, pero que al contrario de los anteriores, hay que pedirle opinión para todo lo que tenga que ver con la casa tipo decoración o compra. Y hasta ahí lo entiendo, porque la casa es de los dos, el problema es que nunca nos ponemos de acuerdo porque nuestros gustos son totalmente opuestos: yo por ejemplo soy más clásica y él tiene ese punto de modernidad que yo a veces considero que cruza la línea de lo choni.
Desde que nos fuimos a vivir juntos, hace ya más de tres años, vamos arrastrando este problema. Cada uno vivía de alquiler antes de conocernos, con lo cual juntamos los muebles y enseres de los dos y la casa común empezó siendo una mezcla de estilos. Con el tiempo yo pensaba que iba a poder ir cambiando algunas cosas para adaptarlas a mi gusto, pero no hay manera. Por ejemplo, hay un cuadro de un buda que no pega nada, que me trae por la calle de la amargura y no consigo quitarlo ni cambiarlo de sitio, porque siempre que lo sugiero, él salta diciendo que ni se me ocurra.
La vajilla que él traía no me gusta tampoco, es así de fácil. Tiene unos dibujos geométricos súper feos y yo querría una vajilla lisa, sencilla. Pues nada, cada vez que sale el tema o que lo comento, se ofende muchísimo porque dice que por qué hay que desechar su vajilla cuando a él sí le gusta. Ídem con algunas decoraciones y muebles, no consigo hacerle entender que nos tienen que gustar a los dos y no sólo a él. Llegados a este punto, cuando decidimos ir a comprar algo que nos guste a los dos para sustituir algo suyo, tipo vajilla por poner un ejemplo, se cierra en banda y casualmente, nada de lo que le propongo le gusta. Lo hace queriendo para no ponerse de acuerdo conmigo y no darme la razón, y yo lo sé y me enerva. Salir a comprar cosas que nos gusten a ambos es sinónimo de que él va predispuesto a decirme a todo que no y a su consiguiente bronca asegurada.
Me revienta no poder tener libertad para tener mi casa como me gustaría. Por ejemplo, me encantan los libros, quiero poner una librería y él dice que no, que ahogaría el salón y que no da su visto bueno porque además es mucho dinero. Porque esa es otra, cuando él quiere algo nunca hay problema de dinero y cuando lo quiero yo, salta con que no podemos gastarlo.
Tenemos siempre una guerra viva con esto y es agotador. Siento como que al final él es quien manda en la economía y en la composición de la casa, su palabra final es la decisiva. Estoy hasta los cojones de no poder tomar una sola decisión, desde fuera sé que parece fácil solucionarlo, pero os prometo que no lo es para nada. A no ser que me divorcie y entonces sí, ponga mi casa como me salga de las narices.
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