Si me hubieran dicho que la peor experiencia sexual de mi vida la iba a vivir cuando estaba más delgada que nunca, me hubiera reído en su cara. Porque sí, porque siempre he sido gorda y siempre he follado sin problemas. Me he desnudado sin miedo, sin excusas y sin necesidad de que la luz estuviera apagada. Y nunca, nunca, ningún tío me había hecho sentir mal por mi cuerpo. Hasta que adelgacé.

Perdí más de 40 kilos en un año, no porque quisiera, sino porque la vida me pasó por encima con la sutileza de un camión sin frenos. Fue una mezcla de ansiedad, problemas personales y que de repente mi relación con la comida se convirtió en un campo de batalla. La cuestión es que adelgacé, y con ello vino un cuerpo nuevo que yo no reconocía del todo. Mi culo seguía ahí, mis tetas también, pero mi piel decidió que no estaba lista para este cambio y se quedó donde estaba, colgando en algunas zonas y arrugándose en otras.

Y así llegamos al momento cumbre de esta historia: mi primer polvo post-cambio radical. Yo estaba en plan ‘bueno, un cuerpo es un cuerpo, la piel cuelga un poco, pero aquí lo importante es pasarlo bien’. Y entonces, en mitad del momento, el tío se quedó parado. Me miró con una cara que no auguraba nada bueno y soltó un «hostia… no me lo esperaba así».

¿Perdón?

¿»Así» cómo? ¿Así de buena? ¿Así de flexible?  Porque si iba por ahí, yo seguía dentro.

Pero no, su cara decía otra cosa. «Es que… la piel… no sé, se mueve mucho», añadió como si fuera un puto experto en elasticidad dérmica. Y ahí me quedé yo, con el chumi dando palmas, el ego hecho polvo y las ganas de mandarle a la mierda creciendo a cada segundo.

Sé que terminé vestida más rápido que nunca y que me fui sin darle demasiadas explicaciones. Él ni siquiera intentó arreglarlo. Y lo peor es que durante días le creí. Empecé a mirarme al espejo con otros ojos, a ver lo que él había visto y a sentirme menos deseable por primera vez en mi vida. Con 40 kilos más nunca me pasó. Es fuerte, eh.

No fue solo por esta experiencia concreta, hubo más cosas que al final solo pude solventar con un año completito de terapia. Solo así fui capaz de volver a ser la que era, ahora con menos kilos y más pellejos, pero la persona divertida y echada para ‘alante que siempre he sido.

Así que aquí estoy, follando de nuevo, con piel colgandera y todo. Y el próximo que me vea desnuda y tenga algo que decir, más le vale que sea un «joder, qué ganas tenía de verte así».

 

Anónimo