Mi adolescencia estuvo marcada por la rebeldía. He necesitado tiempo y distancia para darme cuenta de las veces que fui un “rebelde sin causa”. Me presento: siempre he aprendido mejor a base de errores. He tenido mucha suerte con mis padres, pero no ha sido hasta más tarde que me he dado cuenta.
De chaval, cualquier regla estaba para romperla, cualquier límite estaba para dudarlo. Desafiaba cualquier postulado que no consideraba correcto y cuestionaba a la autoridad. Mi padre siempre ha sido una persona autoritaria y cuadriculada, y mi madre me quiere más de lo que puede. Fuera de esos márgenes buscaba definir mi identidad, pero acababa volviendo al mismo lugar de donde venía.
Muchos años y lecciones después, me vi en mi fantasía adulta ahora realidad. Compartía piso con dos de mis mejores amigos. Salía con la chica de mis sueños. Tenía un trabajo que me permitía seguir hacia adelante y, lo más importante, era dueño de mi propia libertad.
En pocos meses, se pinchó esa burbuja. Me echaron del trabajo y mi supervivencia se hacía más precaria cada mes. Con la falta de ingresos, la ilusión de mi independencia se convirtió en condena. Todos los días pensaba, procuraba y preparaba algo de comida y cena. Siempre que iba a la compra faltaba algo y, cuando lo recordaba, andaba justo de pasta. Comí mucha pasta también. Un invierno especialmente duro, pensando que con más mantas podía ahorrar en calefacción, eché especialmente de menos a mis padres.
Nada como volver a sentirse malito como cuando era pequeño para bajarle los humos a uno. Cuando un apagón dejó sin luz durante casi todo el día a la mayoría del país, enseguida pensé en ir a ver a mis padres. Sabía que ellos estarían bien, pero sentía la necesidad de comunicarles que yo estaba bien. Después de años evitando dar explicaciones y mantener una comunicación abierta, me veía yendo a buscarles nada más haberme ido.
Nunca olvidaré el regalo tan especial que me hizo mi padre cuando me fui de casa: un “kit de supervivencia” con patatas fritas, chocolate y mis aperitivos favoritos. Además de los comestibles, había un sobre cerrado. En él ponía: “Abrir cuando todo lo demás falle”. Pasé bastante más tiempo del que debía queriendo abrir el sobre sin aventurarme. La ocasión no lo merecía.
Un día en el que todo se me hacía demasiado cuesta arriba, me vi llorando a moco tendido sin saber muy bien qué hacer. Queriendo hablar con mis padres, pero sin atreverme a hacerlo. Acabé abriendo el sobre para emergencias y allí encontré un pañuelo de papel. Me soné los mocos, sequé las lágrimas y acabé riéndome de la situación. Era lo que mi padre quería. Sabía que, en algún momento, me daría cuenta de que no puedes enfadarte con algunas cosas, pero que está bien saber llorar.
Tampoco puedo olvidar lo que mi madre siempre ha afirmado: que lo más importante en la vida es la familia y la salud. En cuanto me ha faltado una, he integrado lo vital que son las dos. Del mismo modo que su respuesta estrella cuando me veía lamentarme —“no te preocupes, ocúpate”— al principio me sonaba a cantinela redundante, pero ha acabado siendo uno de mis mantras más aplicados.
Me guste o no, mis padres tienen razón en muchas más cosas de las que admito aquí. También he sabido valorar con el tiempo que de verdad han querido lo mejor para mí, y eso tampoco significa estar de acuerdo en todo.
Tío Vivo.
