Nunca soñé con ser madre. Era algo que no contemplaba en mi vida de adulta. Si me preguntaban de adolescente cómo me veía dentro de diez años, hablaba de viajes, de proyectos, de libros por leer y por escribir. Yo quería una casa llena de libros y gatos.

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En esa imagen de mi futura yo no había cunas, ni bodas, ni un hombre a mi lado. Siempre fui una chica muy independiente y solitaria.

Entonces conocí a mi pareja. Un chico atento, maduro y con una sensibilidad especial. Siempre me trató como a una reina y me dio una estabilidad emocional que nunca antes había sentido.

Pero pronto llegó el gran dilema: él quería ser padre. Y lo decía sin tapujos. Era un deseo profundo que él tenía. Hablaba de enseñarle a montar en bici, de llevarle al fútbol, de contarle cuentos antes de dormir. Yo le escuchaba y pensaba: “Qué bonito querer algo así”.

Él sabía que yo nunca había tenido el deseo de ser madre y nunca me presionó. Pero yo vivía con una carga sobre mí. Pensaba mucho en el tema. Yo lo quería con locura y no quería perderlo. Pero en el fondo sabía que si no teníamos hijos sería algo que a él le faltaría toda la vida.

Yo nunca me había planteado mi vida con hijos, era algo que no deseaba con todas mis fuerzas. Pero tampoco era una puerta cerrada con llave. Pensaba que quizás algún día me sonaría aquel reloj biológico del que tanto habla la gente. Y en ese momento, estaría preparada para ser madre.

Y el reloj biológico sonó. Decidí que sí, que iríamos a por un bebé.

No sé si fue por instinto, por decisión propia o que inconscientemente me forcé a mí misma por miedo a perder a mi pareja. Porque cuando el positivo llegó, no lloré de emoción. Lloré de miedo.

Durante el embarazo me moví entre la ilusión ajena, vértigo y desconcierto. La gente celebraba, tocaba mi barriga, me decía que mi vida iba a cambiar para mejor. Yo sonreía. Por dentro pensaba: “¿Y si no?”.

El día que nació mi hijo conocí al verdadero amor de mi vida. Me enamoré de él y pensé que todo iba a estar bien. Que un ser tan perfecto, tan maravilloso, había llegado a mi vida para traerme paz y alegría.

Pero el primer día en casa solos con el bebé ya fue demasiada responsabilidad de golpe. Yo lo miraba con ojos de amor puro, pero pensaba: “¿Qué hago ahora contigo?”.

Las primeras semanas fueron el infierno. No dormía. No comía bien. Lloraba sin saber por qué. Mi cuerpo ya no era mío, mi tiempo ya no era mío. Todo giraba en torno a él. Y aunque lo cuidaba, lo protegía y lo alimentaba, por dentro me sentía una impostora. Como si estuviera interpretando el papel de madre sin haber ensayado nunca.

Me vino grande la maternidad. Enorme.

Si la maternidad ya es dura cuando es algo que deseas con todas tus ganas, imaginaos enfrentarte a algo así cuando nunca lo habías querido. Me sentía sobrepasada por algo que había elegido. Y eso era lo que más culpa me daba. Mi marido no me obligó. Fui yo quien tenía la última palabra y dije que sí. ¿Con qué derecho me sentía desbordada?

Recuerdo una madrugada, sentada en el sofá con mi hijo en brazos, llorando los dos. Él por hambre o por gases o por algo que yo no sabía identificar. Yo por agotamiento, por miedo, por añoranza de la vida que había dejado atrás.

Pensé: “Esto no entraba en mis planes”. Y según lo pensé, me arrepentí. Porque amo a mi hijo con locura, y cuando me venían esos pensamientos fugaces de “Ojalá nunca te hubiera tenido”, me sentía la peor madre y peor persona del universo.

 

Mi pareja estaba feliz. Cansado, sí, pero feliz. Le salía natural. Se levantaba por la noche, cambiaba pañales, hacía planes de futuro con una sonrisa. Yo le miraba y me preguntaba por qué a mí me costaba tanto. Llegué a pensar que había algo defectuoso en mí. Que tal vez no estaba hecha para esto. Que quizá hay mujeres que nacemos sin el gen de la maternidad.

Con el tiempo entendí que lo que me vino grande no fue mi hijo, sino la idea romántica de la maternidad. Esa promesa de plenitud que alcanzas cuando te conviertes en madre. Que la maternidad es muy dura. Te pierdes a ti misma para centrarte en una personita que el día de mañana no querrá que lo controles.

A veces pienso en la mujer que fui antes y la echo de menos. Añoro tener tiempo para mí, pasarme horas leyendo, ducharme con calma, sentirme guapa cuando me miro al espejo… No me arrepiento de nada porque, aunque no entraba en mis planes tener hijos, ahora mi hijo es parte esencial de mi historia.

Eso sí, si pudiera volver atrás, no sé qué decidiría. Esa es mi verdad incómoda. Quizás no elegiría ser madre. Es complicado decirlo en voz alta, pero es lo que siento.