Carolina, o Carol para todo el mundo excepto su madre, que insistía en llamarla por su nombre completo cuando estaba enfadada, miraba la tostadora como si fuera el causante de todos sus males. El pan se había quedado atascado otra vez, y Álvaro, su marido desde hacía doce años, estaba absorto mirando su móvil, probablemente algún vídeo de gatos tocando el piano. 

—Álvaro, la tostadora está rota —dijo Carol, cruzándose de brazos. 

Él levantó la vista con esa expresión que mezclaba sorpresa e incomodidad, como si acabara de ser pillado copiando en un examen. 

—¿Otra vez? —dijo, dejando el móvil sobre la mesa con evidente pesar. 

Carol le miró alzando una ceja. Era la misma tostadora que llevaba meses pidiendo que arreglara. Claro, siempre había algo más urgente que hacer, como montar ese proyector para «cine en casa» que aún seguía en su caja después de tres años. 

—¿No puedes simplemente comprar otra? —propuso Álvaro, tratando de sonar razonable. 

—Claro, como compré las cortinas que tú ibas a instalar. Y el taladro para colgar los cuadros que siguen en el suelo —replicó ella, señalando con un gesto todo lo que no funcionaba en su casa. 

Y ahí estaba: la chispa que encendía la misma discusión reciclada de siempre. Pero esta vez, Carol no tenía ganas de seguir. Se dejó caer en una silla y suspiró. Álvaro, sorprendido por el silencio, levantó la mirada. 

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Pasa que ya no sé por qué estamos juntos —soltó Carol. 

La frase flotó en el aire como una bomba a punto de estallar. Pero en lugar de responder de inmediato, Álvaro simplemente se levantó, cogió un cuchillo de mantequilla, y liberó el pan atascado con un movimiento limpio. 

—Pues ya está, tostadora arreglada —dijo, intentando suavizar el momento. 

Carol no pudo evitar reír. Era tan Álvaro. Siempre buscando la solución más rápida, pero nunca la más profunda. Y, aunque la risa fue breve, ambos supieron que algo en su matrimonio se había roto mucho antes que la tostadora. 

Después de la conversación de la tostadora, Carol decidió que necesitaban ayuda profesional. Álvaro, con la misma energía entusiasta que utilizaba para montar muebles de IKEA (es decir, ninguna), aceptó a regañadientes. 

Terminaron en el despacho de un terapeuta de pareja que tenía un acuario con peces de colores y un sofá que olía a vainilla. 

—Yo soy el doctor Ferrán —dijo el terapeuta, un hombre calvo y bajito que sonreía demasiado para el gusto de Álvaro. 

—Qué bien, porque necesitamos un milagro, Ferrán —dijo Carol, sin molestarse en ser sutil. 

Álvaro carraspeó, incómodo. 

—No está tan mal, ¿no? Solo tenemos un par de… diferencias. 

—Álvaro, discutimos por la temperatura del aire acondicionado —señaló Carol. 

—Es que diecisiete grados no es temperatura de hogar. Es de morgue.

Ferrán les observó con una calma que resultaba irritante. 

—Está claro que hay muchas emociones aquí. Vamos a empezar con un ejercicio. Álvaro, dime tres cosas que te enamoraron de Carol. 

Álvaro se rascó la cabeza, como si estuviera resolviendo un sudoku. —Bueno, siempre llega puntual… —empezó. 

—Eso no es romántico —interrumpió Carol. 

—Vale, pues… tu risa. Y que no te importa decir lo que piensas. 

Carol lo miró de reojo, un poco desconcertada. Era la primera vez en meses que decía algo bonito sin ironías de por medio. 

—Bien, Carol. Ahora tú —dijo Ferrán. 

Carol se lo tomó más en serio. 

—Me gusta que siempre encuentres el lado divertido de las cosas. Y… cómo te preocupas por los demás, aunque no siempre lo demuestres bien. También me gusta que… 

Se detuvo. 

Quería decir «que me hacías sentir segura», pero la verdad es que hacía tiempo que no se sentía así. 

Ferrán asintió con gravedad, como si fuera el Dalái Lama. 

—¿Veis? Todavía hay cosas que os conectan. 

Ambos salieron de la sesión sintiéndose un poco mejor… y un poco peor. 

Como parte de los ejercicios de la terapia, Ferrán les recomendó un «viaje de reconexión». Carol eligió Valencia porque era su ciudad favorita de la infancia. Álvaro no discutió, aunque preferiría haberse quedado viendo una maratón de películas de acción en casa.

El viaje comenzó como todo en su matrimonio últimamente: con discusiones. Discutieron sobre qué música poner en el coche, sobre dónde parar a comer, e incluso sobre si la gasolinera tenía los mejores croissants del mundo, como afirmaba Álvaro. 

Pero, entre pelea y pelea, hubo momentos de calma. Como cuando se rieron de un cartel que decía «Se venden gallinas ecológicas» y empezaron a imaginar cómo sería montar una granja. 

En Valencia, caminaron por el barrio del Carmen, comieron paella frente al mar y, por un rato, parecía que todo iba bien. Pero la verdad era que los silencios pesaban más que las risas. 

El viaje a Valencia seguía avanzando entre altibajos. Tras un paseo agradable por la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Carol propuso ir al mercado central. Quería comprar unas especias que recordaba de su infancia, y Álvaro, poco entusiasmado, accedió porque, según él, “al mercado se va a comprar cosas, no a sacar fotos”. 

El mercado estaba abarrotado. Carol disfrutaba del caos, regateando con los vendedores y probando trocitos de jamón que le ofrecían como si fuera una reina. Álvaro, en cambio, parecía un cactus en medio de un campo de flores. 

—¿Podemos irnos ya? Esto parece el plató de un programa de cocina — protestó Álvaro mientras esquivaba una señora con un carrito lleno de verduras. 

—¿Qué prisa tienes? —replicó Carol mientras olía una bolsita de canela. 

—Ninguna, pero llevo quince minutos sujetando esta bolsa de limones, y ya no siento los dedos. 

—Pues suéltala en el suelo, que seguro que alguien la recoge —respondió Carol, con sarcasmo.

El tono fue subiendo hasta que un vendedor intervino, ofreciéndoles probar unas naranjas para “rebajar el ácido”. Ambos rieron, pero la tensión seguía ahí, como un murmullo constante. Carol sabía que esas pequeñas discusiones eran solo la punta del iceberg de todo lo que no estaban diciendo. 

Salieron del mercado con una bolsa de especias, dos tarros de miel artesanal y una conversación pendiente que ninguno quería abordar. 

Esa noche decidieron salir a cenar. Habían leído en internet sobre un pequeño restaurante en el barrio de Ruzafa, conocido por su ambiente acogedor y su cocina fusión. 

La cena empezó bien. El vino ayudó a suavizar las asperezas del día, y, por un momento, parecía que todo estaba en su lugar. Rieron recordando anécdotas de los primeros años de su relación: la vez que Carol se quedó atrapada en el baño de un restaurante o cuando Álvaro confundió las llaves del coche con las de su vecino y pasó una hora intentando abrir un coche ajeno. 

Pero, justo cuando el postre llegó a la mesa, Carol se puso seria. 

—¿Tú crees que aún somos nosotros? —preguntó, moviendo distraídamente la cuchara sobre el plato. 

Álvaro suspiró. Sabía que esa pregunta venía en camino, pero no estaba preparado para responderla. 

—No lo sé, nena. A veces pienso que seguimos juntos por costumbre. 

Esa confesión fue como un golpe en el pecho. Pero, en lugar de enfadarse, ella sintió alivio. Era la primera vez que su marido decía algo sincero sobre su relación en mucho tiempo. 

—Yo también lo siento así —admitió ella. 

No hubo lágrimas ni reproches. Solo un silencio cargado de comprensión. La noche que prometía ser un intento de reconexión terminó siendo un paso hacia la verdad que ambos evitaban. 

A la mañana siguiente, decidieron ir a la playa de la Malvarrosa. No era una playa especialmente bonita en invierno, pero les apetecía caminar sin rumbo. La arena fría bajo sus pies y el sonido de las olas les ofrecían un respiro de todo lo que habían estado cargando. 

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos en la playa? —preguntó Carol, rompiendo el silencio. 

Álvaro asintió, sonriendo. 

—Sí, fue en Cádiz. Me quemé tanto que parecía una langosta. 

Ambos rieron, pero la nostalgia les dejó un sabor agridulce. Habían tenido buenos momentos juntos, momentos que ahora parecían pertenecer a otra vida. 

—Cariño, no creo que podamos arreglar esto —dijo Carol de repente, deteniéndose en la orilla. 

Él se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos. 

—Lo sé. Pero eso no significa que haya sido un fracaso, ¿Sabes? 

Carol se sorprendió por su respuesta. Por primera vez, no sentía que estaban en lados opuestos. 

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó. 

—Nos despedimos, pero bien. Como amigos. Sin rencores. 

Las olas rompían suavemente contra la orilla mientras ambos se quedaban en silencio, mirando el horizonte. Era un final, pero también un principio. 

 

De vuelta a casa, se enfrentaron a lo inevitable: repartir las cosas. Era sorprendente cómo doce años de vida en común se resumían en cajas y maletas. Carol se quedó con los libros; Álvaro, con la cafetera. 

Se rieron al darse cuenta de que nadie quería el proyector, así que decidieron donarlo. Mientras que la tostadora maldita, la cual ninguno quería tocar terminó en la basura. 

El último día, Álvaro pasó a recoger sus últimas cosas. Había un aire extraño en el apartamento, como si ambos estuvieran ocupando un espacio que ya no les pertenecía. 

—Bueno, creo que ya está todo —dijo Álvaro, cerrando la cremallera de su maleta. 

Carol asintió, con una sonrisa triste. 

—Gracias por hacer esto fácil. 

—Gracias a ti por no lanzarme la tostadora a la cabeza —bromeó él. 

Ambos rieron, aunque sabían que ese sería el último chiste que compartirían bajo ese techo. 

En la puerta, se abrazaron. Fue un abrazo largo, sin palabras. Ninguno quería soltar al otro, pero sabían que tenían que hacerlo. 

—Eres mi mejor amigo, Álvaro —dijo Carol, con los ojos brillantes. 

—Y tú la persona más importante que ha pasado por mi vida —respondió él, con la voz entrecortada. 

Se separaron, y Álvaro salió por la puerta. Carol se quedó allí un rato, mirando el vacío que él había dejado. Sabía que lo echaría de menos, pero también sabía que era lo correcto. 

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz. 

¿Se volvieron a ver? Por supuesto, siguieron teniendo el mismo grupo de amigos. Y quedaban a tomarse algo de vez en cuándo.

Incluso terminaron alguna vez en la casa del otro, enredados entre unos labios que se conocían mejor que a ningún otro. Y entre caricias y gemidos, se preguntaban si un regreso sería posible, aunque jamás dieron el paso. 

Sus corazones estaban más tranquilos de aquella forma, con la certeza, de que no volverían a hacerse daño.

 

Themis

**Relato de ficción**