Cosas que odio de las interacciones sociales: que pretendan darme charla insustancial cuando estoy leyendo y con los cascos puestos. Que pretendan que me ría de comentarios sin gracia (sí, la machistada, justo eso que pensáis) y si no lo hago, la amargada sin sentido del humor sea yo. Y que pretendan ligar conmigo en lugares y momentos que no son adecuados para ello.
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Partamos de la base de que casi cualquier lugar puede ser propicio al amor, a la creación de una amistad, vale. Pero hay sitios donde los intentos de acercamiento pueden estar de más y si la persona a quien intentas arrimarte te hace saber que estás dando contra un muro, por lo menos no intentes quedar de digno, derrótate, que sales mejor. ¿Cuáles son esos sitios “sagrados” donde no creo que sea buena idea entrarle a una persona? Pues cada quien tendrá los suyos, pero a mí no me gusta que intente hablarme un desconocido en una biblioteca, por ejemplo, porque allí voy a escribir, estudiar o leer. Lo último que me apetece es que llegue nadie a darme conversación y me haga perder el ritmo. Tampoco me gusta mucho que quieran pegar hebra conmigo en el gimnasio, yo allí voy a hacer mis series, mis máquinas y ya, no estoy cerrada a mantener una charlita, pero no estoy de humor para trabar una conversación. Y otro sitio donde me gusta estar completamente a mi bola, es el cine.
Desde muy pequeña siempre me ha encantado el cine y -aunque hay películas que se pueden ver perfectamente en casa sin perder nada de la experiencia- opino que el cine, donde mejor se ve, es en el cine. Como una es asocial y también de gustos algo gafapastas (sí, el combo completo), no está por la primera vez que se me antoja ver una película de esas que luego sólo encuentras en Filmin y lees la sinopsis levantando una ceja en plan “¿y esta píldora la habrá visto alguien?”, sí, la he visto yo. Eso significa que muchas veces voy sola al cine. Y para evitarme el mayor número posible de inconvenientes (gente, volver tarde, hacer demasiada cola…) suelo ir a la primera sesión, esa de las tres o las cuatro a la que nunca va nadie.
Pues allí fui a ver un viernes por la tarde una película francesa. Era sesión sin numerar y el multicine vacío como mis bolsillos a fin de mes. Saco mi entrada, hago un poco de tiempo hasta la hora de entrar, llegan un par de personas más y al fin subo a la sala. Me cojo la mejor butaca, bien centradita y a esperar que se apaguen las luces, toda feliz.
Toda feliz hasta que llega un landrú con jersey atado al cuello que teniendo toooooooooda la maldita sala vacía y a su disposición, ¿dónde elige sentarse? A MI LADO. Ni una butaca de cortesía dejó el tío, no, no, pegadito. Y ni se ha sentado cuando empieza “holaaa, ¿qué? ¿A ver la peli?”. No, cielo, si te parece he venido aquí a por cuarto de aceitunas. Con las mismas, me levanté y me pasé a la fila de delante.
“¿Qué pasa, huelo mal o qué?” me dijo, encima con mucha soberbia. Y yo soy muy pacífica, pero las borderías y que pretendan tomarme por idiota, digamos que me irrita bastante. “No hueles, macho, APESTAS”, le solté. Se levantó de su butaca y se sentó más atrás todavía, refunfuñando. Y yo pude ver la película en paz, que, dicho sea de paso, me gustó muchísimo.
Sé que pude resultar borde, lo sé. Pero me temo que si no llego a pararle los pies, hubiese tirado el dinero de la película, y no está el precio del cine como para eso. Cuando voy al cine, quiero ver la película y nada más, no quiero hablar con desconocidos durante la proyección.
Delice