En todas las series, películas y conversaciones de bar hay algo que se da por hecho: que todo el mundo tiene ganas. Ganas de sexo, de intensidad, de lo físico. Y si no las tienes, es que algo te pasa. Estás rara. Estás mal. Estás “bloqueada”. Y a lo mejor no estás nada. A lo mejor simplemente eres así.
Yo, por ejemplo. A mí no me gusta el sexo. No me disgusta, no lo rechazo con agresividad, no tengo traumas que me impidan disfrutarlo. Simplemente… no lo necesito. No lo busco. No lo echo de menos. Lo que sí echo de menos, a veces, es el contacto. La caricia. El abrazo por la espalda. Dormir entrelazados. Que me acaricien la cabeza sin esperar nada a cambio. Eso. Eso sí lo necesito.

Lo que no se dice en voz alta
Durante años creí que tenía que disimular. Que eso no se podía contar. Que si no me apetecía tener relaciones con mi pareja era porque algo estaba roto. Porque yo no quería lo suficiente. O porque estaba cansada. O porque tenía que “trabajármelo”. Y así me pasé media vida forzándome a encajar en una idea de deseo que no era la mía. Una donde el sexo era sinónimo de amor, y donde no tener ganas era casi una forma de rechazo.
Pero no lo era. No lo es. Lo que pasa es que nadie me lo dijo.
“¿Y tú cuánto hace que no…?”
A las mujeres se nos educa para ser deseadas, pero también para desear. Y si no lo haces, parece que te falta algo. Como si fueras una versión incompleta. En cenas de amigas, cuando alguna dice “es que llevamos meses sin hacerlo”, todas entran en modo CSI: “¿Y eso? ¿Y por qué? ¿Y no tienes miedo de que se canse?”. Como si el sexo fuera el único pegamento posible entre dos personas.

Yo también lo pensé durante un tiempo. Sentía que tenía que compensar con cenas, detalles, atenciones… como si le estuviera fallando. Pero no le fallaba. Solo era distinta.
Un día, hablando con una terapeuta, solté algo sin pensarlo: “No es que no quiera tener sexo. Es que a veces solo quiero cariño. Piel sin presión. Mimos sin meta”. Se lo dije con la voz temblorosa, esperando una cara rara. Y me dijo: “Es completamente válido”.
Ahí empezó todo.
Ponerle nombre ayuda (aunque no lo resuelva todo)
Descubrí palabras nuevas: “demisexualidad”, “grises del deseo”, “intimidad no sexual”. Descubrí que no era la única. Que hay muchas personas que sienten lo mismo y lo viven en silencio, por miedo a no encajar, a no ser suficiente. Empecé a entender que mi manera de querer no es menos válida que la del resto. Es la mía. Y que no tengo por qué forzarme a entrar en un molde que me aprieta.
¿Quiere decir eso que mi pareja y yo lo tenemos todo resuelto? No. Pero hablamos. Mucho. Hemos aprendido a negociar los afectos. A buscar otras formas de conexión. A construir una intimidad más allá de lo obvio. A veces cuesta, claro. Pero también cuesta el otro modelo. Ese que se da por hecho y que tampoco funciona siempre.

No me falta nada. Solo vivo distinto
No me falta pasión. Me sobran ganas de compartir, de reírme con alguien, de dormir enredada, de que me den un beso en la frente al pasar. No me falta fuego: me sobran brasas. De esas que no queman, pero dan calorcito todo el rato.
Quizá esto no salga en las películas. Quizá no tenga banda sonora épica ni escenas de sábanas revueltas. Pero es real. Es honesto. Es amor del bueno.
Y si tú también lo sientes así, que sepas que no estás sola. No estás mal. No estás rota.
Solo estás viva. Y eso, créeme, ya es muchísimo.