Los dos sabemos que somos perfectos el uno para el otro. Lo siento en cada mirada que cruzamos, en cada risa compartida y en esa cómplice manera de entendernos sin palabras. Llevamos meses conociéndonos y ha sido como vivir en una nube, una burbuja hecha de música, películas, paseos largos y confesiones nocturnas. Todo parecía fluir sin esfuerzo, tan sencillo como respirar, como si el universo hubiera alineado todos sus astros solo para nosotros.
Pero esa nube, esa burbuja, no era inmune a la realidad. Y ahora, la realidad nos ha caído como una losa. Porque mientras yo me he entregado de lleno a lo nuestro, él parece mantener una barrera invisible que me tiene al margen de su vida. No me presenta ni a su familia ni a sus amigos, y me duele. Me duele porque yo sé que lo nuestro es real, porque quiero estar en cada parte de su mundo, quiero conocer a la gente que le importa y que ellos me conozcan a mí.
La verdad es que llevo semanas intentando encontrarle una explicación que no duela. Quizá sea demasiado pronto, me digo. Quizá sea alguien reservado, que no quiere apresurarse, me repito. Pero luego llega esa otra voz, la que sé que es la verdadera, la que me dice que quizá el problema soy yo. Porque a pesar de todo lo bonito que hemos vivido juntos, yo sigo siendo consciente de la falta que me atraviesa.
Porque me falta una pierna, y aunque yo haya aprendido a vivir con ello, a veces siento que el mundo no lo ha hecho.
No soy ingenua. Sé que la gente tiene prejuicios. Sé que el mundo está lleno de miradas que juzgan, que se preguntan por qué o cómo alguien puede enamorarse de alguien como yo. Lo he visto antes, lo he sentido antes, y me temo que esta vez no es diferente. Sé que quizá él tenga miedo de cómo lo vería su familia, sus amigos, de cómo lo juzgaría el resto. Y eso duele, porque me hace sentir que, por mucho que diga que me quiere, al final no puede llevarme con él a todos lados. Que su amor es real, pero también lo es su miedo.
En mi cabeza la solución parece fácil: si somos perfectos el uno para el otro, deberíamos enfrentarnos juntos a lo que venga, sin importar lo que otros piensen. Pero el corazón es mucho más frágil y también lo es el orgullo. Porque la parte de mí que tanto he trabajado para aceptar, la que me hace diferente, es también la parte que me hace vulnerable. Y cuando noto esa distancia, cuando veo que no me lleva al resto de su mundo, siento que esa diferencia se convierte en un peso que nos separa.
Quizá él no sea consciente de lo que su actitud provoca en mí, quizá simplemente esté esperando el momento adecuado, el que nunca parece llegar. Pero mientras tanto, aquí estoy, atrapada entre lo que siento por él y lo que siento por mí misma. Entre el deseo de seguir construyendo esto tan bonito y la necesidad de protegerme de lo que parece ser un rechazo silencioso.
Y yo me pregunto: ¿es el miedo suficiente razón para mantenernos a escondidas? Porque aunque no quiero presionar, tampoco quiero ser el secreto que guarda. Porque me merezco ser parte de su vida pública, me merezco ser presentada y querida sin reservas, con mis cicatrices, con mi historia y con todo lo que soy.
Así que aquí estoy, esperando una señal, una palabra, algo que me haga sentir que soy suficiente. Porque yo sé que lo soy, pero también necesito que él lo sepa, y que esté dispuesto a demostrarlo.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]

