El sueño de su vida nunca había sido ser funcionario. Le parecía ridículo soñar con madrugar cada día, con tener un horario cerrado, obedecer órdenes “de arriba” y poder salir a comer los fines de semana. Para él las palabras estabilidad, seguridad y futuro sonaban absurdas. Él quería ser… Lo que fuera, pero algo grande.

Su teoría siempre había sido que daba igual lo que consiguiera, siempre y cuando aquello fuera lo mejor. ¿Camarero? El mejor. ¿Comercial? El mejor. ¿Soldador? El mejor. No había categorías para el tipo de empleos, pero sí para la calidad de quien los practicaba, y ahí era donde debía destacar. Así que cada vez que conseguía destacar en un puesto, se aburría y lo abandonaba, pues siendo el mejor, aprovecharse era ser mediocre y no tener metas en la vida.

Con esta idea de la vida, se casó y tuvo dos niñas preciosas. Su falta de equilibrio horario llevó al matrimonio a la decisión de que su mujer debía dejar de trabajar, pues él podía ser empresario dueño de un viñedo hoy donde pasar largas temporadas fuera de casa, como trabajar en una fábrica de madera en horario nocturno a las afueras. Él siempre tenía trabajo, pero cada poco tiempo era diferente y eso no le permitía a ella conciliar, pero le daba igual, pues al final les iba bien y para ella era muy gratificante ver lo feliz que él era consiguiendo nuevos retos, nuevas metas.

Llegó un momento en que nadie sabía muy bien a qué se dedicaba. Tenía trabajo, si, pero hacía tiempo que apenas entraba dinero en casa. Él siempre estaba de viaje y cada poco le pedía a su mujer que llamase a sus suegros (los padres de él) de su parte para que le mandasen dinero. No pasaba nada, era un contratiempo, pronto volvería con un negocio en pleno auge…

Pero aquellas épocas de bonanza habían acabado. Sus hijas estaban terminado el instituto su madre no sabía cómo podrían pagar lo que cuesta una carrera (matrículas, libros…) si apenas tenían para comer. Ella quiso volver a trabajar, pero su currículum estaba prácticamente en blanco y, en plena recesión, cuando la gente con carreras estaba vendiendo palomitas en los cines, no podría encontrar un trabajo que les permitiese vivir bien.

Entonces él volvía de sus viajes amargado, triste y enfadado, pues mientras ellas estaban en casa calentitas, él debía salir a buscarse la vida para que ellas estuviesen tranquilas. Él, que luchaba cada día por ellas, que se desvivía por sus dos hijas… Aunque nunca supo cuantos años exactamente tenían, ni qué querían estudiar, no sabía el nombre de ninguna de sus amigas ni de su pediatra, que era la misma de siempre. Jamás las llevó al parque ni al cine ni a patinar, no sabía nada de aquellas niñas, solamente que debía pelear duro por ellas.

Un amigo le ofreció un trabajo en una oficina. No era gran cosa, pero trabajaría 40 horas, de lunes a viernes y tendría suficiente para vivir. Él se ofendió. ¿Qué mérito tenía aquello? Madrugar como un pringado, estar rodeado de papeles y de cuentas toda la semana para llegar a casa con la comida caliente. Aquello era de mediocres, aquello era de hombres sin ilusión ni autoestima… Aquello… Le llevó al divorcio.

Su mujer no soportó un minuto más de quejas por lo mal que lo trataba la vida, por lo mucho que luchaba, peleaba, y cualquier verbo bélico que se te ocurra por sacar a su familia adelante, cuando había dejado trabajos en los que ganaba un pastizal porque no suponían un reto suficientemente estimulante para él. Era un hombre egoísta y egocéntrico que solamente pensaba en su triunfo personal y en destacar por ser un guerrero, ignorando las necesidades reales de la familia que decidió tener.

Su mujer se fue son sus padres y un par de años después abrió un negocio que fue viento en popa hasta su jubilación. Las niñas hoy en día son una abogada y la otra maestra y no tienen apenas trato con su padre, que sigue surcando los mares en busca del negocio que lo saque de aquel barco a la deriva que le espera: la pensión no contributiva.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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