Me acerco a los 40, no tengo hijos ni previsión de tenerlos, pero me hubiera gustado ser mamá. No tengo pareja, mi situación económica es regular, así que ya he asumido que no seré madre.

Es una confesión que me duele, que me pesa, y que rara vez me atrevo a decir en voz alta. Porque sé lo que viene después: una avalancha de comentarios bienintencionados pero que molestan, del estilo de “todavía estás a tiempo”, “hay muchas maneras de ser madre”, “disfruta tu vida y de tu libertad”. Como si no fuera consciente de todo eso, pero mi vida no ha seguido el camino que alguna vez imaginé.

Y es que duele. Duele ver a mis amigas con sus bebés en brazos, con sus maridos al lado y disfrutando de una estabilidad emocional. Duele, no porque las envidie de mala manera, sino porque es la vida que yo quise tener y nunca tendré. Y duele más aún cuando las escucho quejarse sin parar.

 

 

Sé que ser madre no es fácil. Sé que la maternidad es agotadora, que los niños demandan mucho, que la conciliación es una utopía y que muchas veces se sienten invisibles, relegadas a un segundo plano en sus propias vidas. Pero hay algo que no puedo evitar: cuando se quejan de sus bebés, de sus maridos, de su falta de tiempo, de su cansancio, de su pérdida de identidad… siento un nudo en la garganta. Porque yo daría lo que fuera por estar en su lugar. Por perderme un poco a mí misma en el caos de un hijo. Por dormir menos porque un pequeño me necesita. Por tener una pareja a mi lado que me quisiera, que me respetara y que me hiciera sentir la mujer más afortunada del mundo.

Y este ese el motivo por el que he dejado de quedar con mis amigas mamás, por mi salud mental. Ha sido una decisión que he tomado de forma racional y consciente. Porque escucharlas constantemente quejarse de la vida que yo hubiera querido tener, me hace daño.

Antes, hacía el esfuerzo de quedar con ellas. A veces a solas, otras venían con los niños o sus parejas. Muchas veces me sentía fuera de lugar. Sus conversaciones giraban en torno a la lactancia, los pañales, las guarderías, los cólicos. Yo no tenía nada que aportar. Me quedaba en silencio, escuchando, asintiendo, fingiendo interés mientras por dentro me iba sintiendo cada vez peor. Y cuando me tocaba el turno de hablar, veía sus miradas vacías, el poco interés que tenían en mí. Veía sus caras juzgándome, porque mis problemas les parecían nimios al lado de los suyos.

Así que, poco a poco, he dejado de buscar esos encuentros. No porque no las quiera, o porque no tenga ganas de verlas, pero me duele y ahora mi máxima prioridad soy yo misma.

Quedar con ellas es recordarme lo que no tengo. Me hacen sentir que hay una barrera invisible entre nosotras, que ya no hablamos el mismo idioma. Porque cada vez que me quejo de algo de mi vida, del estrés del trabajo, de mis problemas personales, recibo un “bueno, pero al menos tú duermes”. Como si mis preocupaciones fueran menores, como si mis dolores fueran menos válidos porque no tengo hijos.

Sé que esto no es culpa suya. Sé que la maternidad es un mundo que absorbe y cambia la perspectiva de todo. Sé que no es personal. Pero eso no hace que duela menos.

Me gustaría poder hablar de esto con ellas, pero no sé cómo. No quiero que piensen que las juzgo, que las envidio de manera insana o que minimizo sus problemas. No quiero que me digan «pues búscate un novio y ya está» como si fuera tan sencillo.

Me hubiera encantado encontrar una pareja y formar una familia, pero no ha sido así. Y no descarto algún día encontrar un hombre que me haga feliz, pero, seamos realistas, ya madre de forma natural no voy a poder ser.

Solo quiero que entiendan que a veces, cuando se quejan, hay alguien al otro lado que escucha y siente un vacío enorme en el pecho. Que me cuesta verlas con sus bebés y sus vidas caóticas y no sentir que yo me he quedado en el camino. Que intento ser la amiga comprensiva, pero que hay días en los que me cuesta horrores.

Tal vez algún día lo hable con ellas. O tal vez siga alejándome poco a poco, dejando que la vida nos lleve por caminos distintos. No lo sé. Lo único que sé es que duele. Y que desearía que, por un momento, pudieran verlo desde mi lado.

 

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