Hacía años que Gloria había terminado su carrera como educadora. Desde que se incorporó al mercado laboral, nadie le había dado la oportunidad de demostrar que su vocación y su formación eran perfectas para ejercer su profesión como una empleada más que cualificada. Pasó años en trabajos de mierda y, llegada la maternidad, se conformó con un contrato fijo en un curro que no la mataba.
Desde hacía unos años, su nueva pareja la animaba a actualizarse en su carrera y buscar la forma de cumplir lo que, en su momento, era un sueño, su objetivo profesional. Ella, sin mucha ansia, le hizo caso y recuperó, al cabo de los meses, el interés y la ilusión por la carrera que, siendo mucho más joven, la había llenado de esperanza.
Terminó un máster y actualizó con muchas ganas su currículum, pero siguió vendiendo artículos de moda en unos grandes almacenes. Hasta que su pareja encontró un trabajo increíble en otra ciudad. Eso les suponía un nuevo reto, o se iban juntos y buscaba un nuevo trabajo (quedándose mientras en paro, renunciando a su independencia económica y a su ciudad, amigos, etc), o se iba él solo y empezaba de nuevo “Los juegos de la conciliación” ella sola con su hijo, arriesgándose a unas consecuencias laborales parecidas y a poner en riesgo su relación, ya que ninguno de los dos estaba muy por la labor de una relación a distancia, tras tanto tiempo viviendo juntos.
Tenían un tiempo para tomar la decisión e hicieron lo posible para llegar a una conclusión conjunta pero, aunque ella sabía que sería injusto que él renunciase al trabajo de su vida por un contrato indefinido en un trabajo horrible, sentía mucha pena por tener que irse lejos de sus amigos, de su rutina, de la que tanto le había costado en convertir en SU casa…

Finalmente, siendo coherentes y justos con sus posiciones, se mudaron los tres a una ciudad nueva que les ofrecía una vida bastante diferente de la que estaban acostumbrados a vivir. Ella al llegar se deprimió bastante, pues debía volver a construir su hogar, algo que era tan importante para ella, el sentir que su casa es suya, el que su hijo esté cómodo, que hagan ambos un nuevo círculo de amistades…. Además ella, al venirse sin trabajo, tenía pocas oportunidades de conocer a gente nueva en un lugar donde todo empezaba de cero.
Para estar entretenida y buscar una rutina y nuevos objetivos personales, cada mañana, tras llevar al niño al colegio, paseaba por la ciudad en busca de empleo, entrando en los pequeños comercios, yendo a las grandes empresas, y más tarde, llegaba a casa y se tomaba muy en serio la decoración de aquel piso frío e impersonal que habían conseguido alquilar.
Pero entonces, una mañana de paseo, una mujer que trabajaba en una mercería, la llamó al verla pasar. Gloria había ido allí a charlar con ella unos días antes sobre su búsqueda, como a la antigua usanza, y ella le había pedido que le dejase un currículum por si se enteraba de algo. Hoy en día, con todo ese rollo de la protección de datos, ya apenas se entregan folios con tus datos personales, pero aquella mujer le había caído en gracia y se lo había llevado en cantada. ¡Y menos mal! Esa señora conocía a una vecina de su edificio que estaba montando una asociación, pero no estaba muy segura de qué. Unos días después de la visita de Gloria, la vecina se pasó por la mercería para comprar unas telas para forrar unas sillas en su nuevo local alquilado, cuando salió el tema de que, lo que le estaba costando era encontrar a alguien que encajase con ella para el puesto de educador de su asociación. Se presentaban personas con mucha experiencia, pero que no proponían nada que contribuyese del todo al proyecto que ella tenía. Buscaba a alguien a quien realmente le gustase su profesión, con formación pero, sobre todo, con implicación. Entonces, aquella señora tan maja, recordó que tenía un currículum de una educadora en alguna parte y se lo enseñó. La vecina asintió sonriendo y le dijo que aquello, en principio, era lo que buscaba, pero que necesitaba conocerla y ver si congeniaban. Así que esa mañana, salió corriendo tras de Gloria para avisarla de que esa tarde la llamaría su vecina.

Así fue. Gloria conoció a Mónica y, casi al momento, podrían empezar a completarse las frases la una a la otra, fue reamente una “amistad a primera vista”. El enamoramiento fue mutuo, de Gloria por el puesto de trabajo y de Mónica por el interés y la implicación de Mónica.
Ahora Gloria es cofundadora de una conocida asociación subvencionada por el estado que ocupa un lugar indispensable para la sociedad, relacionado con la neurodivergencia en menores. Trabaja de lo suyo en un puesto que reconoce su talento y donde percibe un sueldo más que justo, trabajando codo con codo con su mejor amiga Mónica, con la que comparte mucho más que oficina.
Ella, su pareja y su hijo, son más felices ahora de lo que hubieran sido nunca en aquella ciudad en la que dejaron mucho atrás, pero no podría desarrollarse como lo que ella quería ser. Hoy piensa qué hubiera sido de ella de haberse aferrado a aquel sueldo de mierda, trabajando de lunes a sábados vendiendo bolsos en una empresa en la que no era más que un número. Ciertamente aquella mudanza había sido lo mejor que le había pasado en el mundo.
Luna Purple.
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