Nunca quise tener hijos y, por suerte, encontré a una pareja que tampoco. Desde pequeña tenía un ovario poliquístico de esos que te auguran dificultades para quedarte embarazada, así que, no sé si por gusto, o por obligación, pero me cerré a la maternidad. 

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Mi pareja era como yo: cero hijos. Y juntos vivíamos la típica vida de jóvenes con un buen sueldo y sin hijos: viajes, caprichos y una vida de cero preocupaciones más allá de nuestros trabajos. Y lo disfrutábamos de lo lindo. 

Precisamente por mi ovario poliquístico, tomaba la píldora. Así que las probabilidades de que me quedara embarazada eran prácticamente nulas. Tanto es así, que, cuando me quedé embarazada, me enteré de bastantes semanas. 

Sí, me quedé embarazada y nunca sabremos cómo. No había cogido apenas peso y, pese a sentirme cansada y con ciertas molestias, lo achaqué todo a mi hipotiroidismo y ciertos problemas digestivos que siempre me han acompañado. 

Me enteré en una visita al médico de cabecera porque, precisamente por ese cansancio, creía que tenía que ajustarme la medicación de la tiroides. Y no, lo que me dijo es que estaba embarazada. Fue lo más duro e inesperado que alguien me habría podido decir. 

Imaginaos, la primera pregunta fue cómo, pero luego se sumaron el desde cuándo, el por qué y el qué coño iba a hacer ahora. 

Cuando se lo dije a mi pareja se quedó igual. Todavía estábamos a tiempo de abortar, y nos dimos un par de días para pensarlo. Y, en mi cabeza, en esa en la que nunca había existido un hueco para los hijos, la idea dejó de sonar tan mal… Tenía casi cuarenta años, había viajado, tenía un buen trabajo, una pareja a la que quería y… todo eran señales de que ese bebé estaba ahí porque tenía que estar. 

Eso mismo pensó mi chico y así me lo dijo: era un milagro y, si había llegado a nuestras vidas, era por algo. Y pasamos de cero a cien. Queríamos a ese hijo con toda nuestra alma y lo que nunca había entrado en nuestro plan de vida se hizo imprescindible. 

Viví el medio-embarazo mejor del mundo. Y digo medio porque me enteré ya tan adelantada que me perdí la primera parte. Todos a nuestro alrededor estaban tan felices como nosotros.

El parto fue inesperado, como todo lo que ha rodeado a nuestra hija. Sin epidural y con mucha intensidad. Tan animal como instintivo y tan brutal como tierno.

Es una niña y se llama Clara. Nació de la nada y ahora lo es todo. Y no concebimos nuestra vida sin ella, aunque nunca la quisimos. Fue ella la que llegó sin preguntar y nosotros, por suerte, supimos escuchar las señales. 

Nunca he creído en Dios, pero creo que el universo es sabio y nos hizo el mejor regalo del mundo. No digo que la maternidad y la paternidad sean fáciles, no lo son, pero, en nuestro caso, ha sido sorprendente. 

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