Hace ocho meses que di a luz. Sabía que mi vida iba a cambiar radicalmente, pero no podía imaginar hasta qué punto la maternidad le da la vuelta a tu día a día como si de un calcetín se tratase. Todo son emociones intensas: la ilusión, el amor, la alegría, pero he de reconocer que no todo es positivo, pues la preocupación ha aumentado hasta límites insospechados. Las dudas sobre si estamos tomando las mejores decisiones para él y si lo estamos haciendo todo bien siempre están presentes. Es como si cada fibra de mi ser estuviese siempre en alerta y dedicada a garantizar que el entorno de mi bebé es seguro y cómodo. Esto me supone un nivel de estrés bastante alto que estoy aprendiendo a manejar.
Por suerte no estamos solos en esto. Tanto mis padres como los de mi pareja están enamorados de nuestro chiquitín y se ofrecen siempre a quedarse con él para darnos un pequeño respiro. Soy consciente de que somos muy afortunados al poder contar con ellos, pero con mis suegros hay un problema que me ha tenido la cabeza caliente desde que supe que estaba embarazada. Se que puedo confiar plenamente en que mi bebé está bien atendido, cuidado y querido estando con ellos, pero es que fuman muchísimo. Son de esos fumadores empedernidos que aún no se han acabado un cigarro y ya están encendiendo el siguiente, especialmente mi suegro.

Yo he sido muy cuidadosa con mi salud desde que supe que estaba embarazada y ahora que el bebé está fuera de mí quiero seguir evitando que se exponga a cualquier sustancia nociva siempre que sea posible. Y me parece que esto es perfectamente evitable con un poco de voluntad por parte de mis suegros. Pero ellos no están dispuestos a dejar de fumar, se lo sugerimos poco después de la noticia del embarazo y dijeron que no nos preocupásemos, que fumarían siempre lejos del bebé y que no pasaría nada.
Para evitar problemas, pasé el embarazo dejando a un lado este tema para no generar mal rollo en la familia. Pero a los cuatro meses de nacer el niño, surgió la primera ocasión de dejarle con ellos una noche mientras salíamos a cenar con unos amigos. Les pedí que no fumasen durante ese tiempo, y me dijeron que no me preocupase y disfrutara de la cena.
Cuando le recogimos, a mi bebé le olía a tabaco hasta el pelo. Me puse furiosa y le dije a mi marido que esto no podía volver a pasar. Él dijo que me entendía y que comparte mi postura al respecto, pero que quizás lo estaba llevando demasiado al extremo, que mientras fumen lejos de él no pasaba nada. Pero es que ese pestazo a tabaco que traía el niño demuestra que evidentemente estuvo expuesto como fumador pasivo, que no había sido suficiente la precaución que pudieran tener al fumar, y que el ambiente era perjudicial para él.

Así que tomé la decisión de hablarlo claramente con ellos. Mi marido no abrió la boca pero me apoyó en mi discurso, al menos lo suficiente como para que me escuchasen atentamente. Les dije que no quería ofenderles, que les estaba agradecida por la ayuda y que estaban invitados a nuestra casa cuando quisieran a ver a su nieto (donde solo se puede fumar en la terraza o el balcón), pero que no íbamos a dejarle más con ellos mientras fumasen. Se lo tomaron bastante mal al principio, el drama fue espectacular, pero de eso hace ya dos meses y quiero pensar que poco a poco van entendiendo que no es nada personal. Y de hecho, mi suegra se ha pasado al vapeo, que según dice está en su camino para dejar de fumar definitivamente.
No sé si mis suegros dejarán los cigarrillos o no algún día, solo sé que, como madre, mi obligación es garantizar el bienestar y la salud de mi hijo siempre que esté en mi mano, y que los demás lo entiendan o no, es secundario.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.