Hay una frase que llevo escuchando toda mi vida, que se repite como un mantra. Pero es que hace unos meses me quedé en el paro y ahora la escucho casi a diario. No hay día en que alguien no la pronuncie. Podría ser algo como “Carpe Diem”, porque la gente de mi alrededor me desea que disfrute el momento, aproveche los meses de paro para estar tranquila con mis hijos. O “Hakuna Matata”, porque la gente vive su vida y te deja vivir la tuya en paz. Pero no, la frase que llevo unos meses escuchando es:

“Estudia una oposición”

No es una pregunta o una sugerencia, es una afirmación. Porque, por lo visto, todo el mundo se cree con derecho a decirte lo que tienes que hacer.

Os voy a contar mi situación: estudié periodismo hace ya unos años, estalló la crisis del 2008 y no encontré trabajo de lo mío. Y desde entonces llevan sugiriéndome que estudie uno oposición. Desde mis padres, que me lo dicen por mi bien; pasando por mis amigas, que se toman la libertad de mandarme las próximas convocatorias de oposiciones por WhatsApp, que poco más y me apuntan ellas al examen; y hasta la vecina del quinto, que me la encuentro ayer y me suelta:

“¿Y por qué no estudias una oposición? Mira a mi primo Jose Luis, ahora es funcionario y vive como un rey”

Es curioso, porque el Jose Luis ese parece un ser mitológico. Todos tienen un primo, ese tipo que estudió dos años para sacarse una plaza de bedel y ahora disfruta de 14 pagas, cafés de dos horas y vacaciones eternas.

Lo peor de todo es que encima insisten, no les parecen coherentes tus argumentos para no estudiar una oposición. Por lo visto ser funcionario es lo mejor del mundo, y punto. ¿Y qué quieren que estudie? ¡Da lo mismo! No importa si es bombero, policía, o administrativa, el caso es opositar.

Pues mira Mari Carmen, estudiar una oposición no creo que sea lo mío. Eso de memorizar leyes y reglamentos como si fuera un papagayo no me motiva. Y, llámame loca, pero tener el mismo trabajo de por vida, tampoco es que me parezca una opción muy atractiva.

Como os decía, estudié periodismo. Si hubiera querido un horario de mañana y un trabajo estable habría estudiado Magisterio. Yo soñaba con viajar, con ser corresponsal, con estar hoy aquí y mañana allí. Que también os digo, a estas alturas de la vida, con 40 tacos y madre de dos hijos, todos esos sueños se han ido por la borda. Me conformaría con trabajar como freelance y escribir desde mi casa. En cualquier caso, me resisto a sentarme a estudiar una oposición.

Que si, que sería ideal tener un trabajo con horario compatible con mi vida familiar, pero con dos niños pequeños en casa no tengo tiempo a veces ni de ducharme, como para ponerme a estudiar. Que hay mamás que lo hacen, que pueden sacar adelante a dos niños, cocinar, tener la casa impoluta y además, por las noches, estudian la oposición. Ole por ellas si no necesitan dormir, pero para mi las horas de descanso son sagradas.

La cosa se pone peor cuando te cruzas con un opositor de verdad. Tengo una amiga que estudió Derecho, acabó la carrera y se puso a opositar para abogada del Estado. Treinta y nueve años tiene la criatura y aún no ha sacado la plaza. Media vida lleva estudiando. Nunca ha trabajado, nunca ha cotizado, lo único que ha hecho en su vida es estudiar. Eso sí, cuando se saque su plaza, allá cerca de los cincuenta años, pues empezará a vivir como una reina, o lo que es lo mismo según mi vecina Mari Carmen, como viven todos los funcionarios.

Aun así, ella te dice cosas como “es duro, pero merece la pena”. ¿En serio? Yo, que no soy capaz de memorizar mi propio número de la Seguridad Social, no entiendo cómo alguien puede estar más de veinte años seguidos estudiando.

Que vale, lo de mi amiga puede ser un caso especial, pero no conozco a nadie que no haya estado mínimo tres años estudiando para prepararse una oposición. Prepararse, que no digo sacarse. Y no es solo el tiempo, también el dinero que conlleva, porque tampoco conozco a nadie que se haya sacado una oposición sin apuntarse a una academia.

Un día lo intenté, lo juro. Entré en una web de academias para opositores. Vi las opciones: auxiliar administrativo, inspectora de Hacienda, técnica de turismo. Todo sonaba tan… apasionante… Me imaginé a mí misma sentada delante de un ordenador en una administración pública mientras pensaba en mi jubilación. No, gracias.

La gente tiene la mala costumbre de decirte qué hacer con tu vida. No importa si les pides consejo o no; siempre tienen una opinión. “Haz oposiciones”, “cómprate un piso”, “ten hijos” … Es como si tuvieran una lista de tareas pendientes para ti. Y lo peor es que se indignan si no las cumples.

Así que, a día de hoy, sigo en paro, pero no, no voy a estudiar una oposición. Prefiero buscar algo que me apasione, quizás hacer un curso para seguir formándome en el campo de la comunicación, que es lo que realmente me gusta. Me da igual si no es estable, me da igual si en el periodismo hay mucho intrusismo. Prefiero fracasar en algo que me apasiona y seguir intentándolo, que triunfar en algo que ni fu ni fa.

Mientras tanto, sigo con mi búsqueda. Porque si algo tengo claro es que, aunque Jose Luis viva como un rey, yo no nací para ser funcionaria. Y, sinceramente, estoy bien sin opositar. Aunque el resto de la humanidad no me lo perdone.